Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

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¿A qué ritmo corre el tiempo en cuarentena?

Temporalidades alteradas

No hay un sólo modo de experimentar el tiempo y esa frase que no se escapa del lugar común se torna concreta cuando se numeran los días que han pasado y siguen pasando de aislamiento obligatorio con rutinas inventadas e insomnios rebeldes, con todo lo que se niega a arrancar y que a la vez se da por terminado. Entre todo eso, heterocronías, dice la filósofa punk, burbujas distintas de tiempo en las que poder sentir pasiones alegres.

Por Esther Díaz

Brilla, brilla ratita aislada, cantaba el Sombrerero. ¡Vaya forma estúpida de matar el tiempo! ¡Que le corten la cabeza! -gritó la Reina de Corazones. ¡Qué barbaridad! ¡Vaya fiera! -exclamó Alicia. Y desde entonces, añadió el Sombrerero, el tiempo cree que quiero matarlo y no hace nada por mí, ahora son siempre las seis de la tarde, me dejó ahí.

Hace meses que los contemporáneos del coronavirus atravesamos el espejo y nos metimos en el país de las maravillas, también de los horrores. Contagios, tumbas anónimas, soledad de los márgenes, odiadores anticuarentena, esos que no son de hoy ni de ayer y nadie sabe qué caverna los parió.

Experiencias inesperadas del aislamiento: desde comprobar que nuestra percepción del tiempo se altera, hasta sentir -como el Sombrerero- que la repetición nos condenó a la monotonía. Pero hay tiempos diferentes y alternos, los denominaré heterocronías, no en sentido biológico sino existencial. Se trata de la posibilidad de que nos sintamos afectados por pasiones alegres habitando diferentes burbujas de tiempo.

En El día de la marmota, Phil, el personaje interpretado por Bill Murray, se encuentra atrapado en un ciclo temporal. El mismo día se repite una y otra vez. Cuando suena el despertador a las seis de la mañana, está en la misma habitación de hotel de la que debería haberse ido. Sale y ve la misma gente. Le dicen las mismas palabras. Ocurren las mismas cosas. Las demás personas no se dan cuenta. Phil quedó cautivo del eterno retorno sin solución de continuidad

Tarkovski, el escultor del tiempo cinematográfico entiende que la creatividad requiere soledad, que es la más natural de las tareas que tenemos a mano, pues sólo en ese estado logramos cultivar momentos fecundos. Cada persona necesita aprender desde la infancia cómo pasar el tiempo consigo misma. No significa que deba ser solitaria, sino que no debiera sentirse mal en soledad. La gente que se aburre con su propia compañía es muy vulnerable en lo que a autoestima se refiere.

El 20 de marzo de 2020 se fracturó nuestro sostén temporal. De un tiempo homogéneo, escandido por horarios fijos y casilleros preestablecidos pasamos a un tiempo liso como la pampa, monolítico. Desconcierta un tanto la desaparición de límites. ¿Qué mes? ¿Qué día? ¿Qué hora?

El país se convertía en barrio cerrado o en villa miseria (según los privilegios o las carencias), en convento o prostíbulo, en infierno o edén. Por aquí y por allá no faltaba pánico ni serenidad. Según la covid iba descendiendo de los aviones internacionales y contagiaba a los desprotegidos de cabotaje brotaron tiempos múltiples.

El tiempo suavemente musicalizado de las cínicas cinco estrellas. El tiempo del hospital -devastado por el neoliberalismo- con filas de espera desde las cuatro de la mañana y gracias si se consigue turno. No fuimos conscientes hasta qué punto se había quebrado la armonía del universo y todavía no apreciamos las experiencias -duras y fértiles- de este acontecimiento planetario. Las temporalidades alteradas funcionan como derivas utópicas enclavadas en la realidad. Utópicas porque no ocurren objetivamente, sino en nuestra imaginación perceptual. Derivas porque cada singularidad transita sus propias heterocronías. Temporalidades diversas en las que moramos, capas cronológicas

Enunciados de la vida en cuarentena. Tiempo escaso, ¡no doy abasto! Tiempo sobrante, ¡qué aburrimiento! Tiempo desesperante, ¡no puedo ver a mis seres queridos! (¡pobre el tío -crítico de la prudencia estatal- que no puede conocer a su sobrina brasileña!). Tiempo cruel, ¿cómo paro la olla? Tiempo creativo, ¡aprendí a dibujar en aislamiento! Tiempo saludable, ¡exhumé la bicicleta fija! Tiempo del ocio, ¡por fin, despreocuparme! Tiempo para el amor, la calentura, la saturación, el sufrimiento, la creatividad, la meditación, la solidaridad con el débil y, en algunos casos, el desprecio por la vida ajena.

Las vivencias del tiempo van cambiando con cada nueva etapa de crisis. Remolinos de tiempo. Las heterocronías semejan Las ciudades invisibles de Italo Calvino. De la memoria, del cielo, escondidas, del intercambio, del deseo. Más de cincuenta (¿o sin-cuenta?). Y otra que reside en nuestra interioridad: la del tiempo intransferible. ¿Cómo se percibe el tiempo? ¿Qué es ese algo invisible que nos atraviesa, nos afecta, incide sobre el planeta?

El tiempo -material que nos forma y conforma- es nuestro horizonte de sentido. Es el fondo sobre el que se recortan (y acortan) nuestras vidas. Nada lo detiene. Implacable, omnipresente, irreversible. Lento en la niñez, veloz en los adultos, cansino en la vejez.

Como el Sombrerero, como la mayor parte de la población mundial hacemos cosas para matar el tiempo. Y mientras lo matamos lo conservamos. Apelando, o no a la virtualidad, cantamos, bailamos, cuidamos, militamos, coqueteamos, vemos series on line y -si somos gamers- para no perder tiempo en ir al baño, nos ponemos pañales.

La denuncia de las inequidades no debería detener su reloj en cuarentena. No solo las coyunturales -propias de la pandemia- también las históricas que se mantienen, como las formas de violencia contra las mujeres y travestis. Sucedió hace sesenta años y no logro olvidar. Tenía veintiuno, estaba embarazada. Cuando aquella joven médica me ordenó de mala manera que abriera las piernas desnudas y apoyara los pies en los estribos de la camilla -rodeada de gente que me miraba con displicencia- sentí una vergüenza indescriptible. Desde mi timidez le pedí si podía alcanzarme una sábana “por favor, señora”. Me miró fiero, metió dos dedos con violencia hasta el fondo de mi vagina, “¡doctora, a mí se me dice doctora!”, me espetó mientras me mantenía unos centímetros colgada de sus dedos. Años después supe que eso se llama violencia ginecológica; otras de las “normalidades” a las que nuca quisiera regresar. Regresemos más bien al país de las maravillas y sus locos remolinos de tiempo. Entremos en puntas de pie así escuchamos a Lewis Carroll “Alicia estaba ya tan acostumbrada a que en aquel mundo soñado todo cuanto le sucedía fuera extraordinario, que le pareció estúpido e insulso que la vida retornara al camino normal.”

https://www.pagina12.com.ar/274155-temporalidades-alteradas

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