Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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Wittgenstein en español
Esther Díaz

 

Presentación realizada en las Jornadas Wittgenstein en español, organizadas por UNAM y UNLa, realizadas en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, los días 11 al 15 de mayo de 2009, compiladores Rivera, Silvia, y Tomasini Bassols, Alejandro, Remedios de Escala, UNLa, 2009.

 

He aquí un libro en pugna con las compulsiones que suelen movilizar la manera tradicional de hacer filosofía. Esas compulsiones son de origen y también de permanencia. Pues operaron en el comienzo de la filosofía y siguen actuando en varios discursos filosóficos con pretensión trascendental. En estas páginas en cambio -a pesar de la diversidad de las miradas de los nueve autores que las componen- se encuentra una voluntad de inmanencia que rechaza las ilusiones metafísicas otorgándole cierta semejanza a los diferentes escritos. Para decirlo en palabras de Wittgenstein, cierto aire de familia, a pesar de la diversidad.

Los compiladores de Wittgenstein en español, Silvia Rivera y Alejandro Tomasini Bassols, anuncian en el prólogo que todo el libro palpita al ritmo del intento de mostrar la naturaleza redundante de las construcciones filosóficas usuales, para dejarlas de lado y aportar, desde múltiples perspectivas, a la construcción de un nuevo horizonte filosófico. La propuesta resulta tanto más atractiva para nosotros –hispanohablantes- en tanto la discusión se produce en el mundo de la filosofía practicada en español.

Durante mucho tiempo se creyó que las categorías absolutas explicaban. Pero la radicalidad de la filosofía desplegada aquí pone en tela de juicio no solo la idea de universal, sino también la de explicación entendida como abstracción totalizante. En los diferentes escritos sobrevuela la noción de que el perpetuo desafío del filósofo es la lucha contra los sinsentidos, los usos espurios del lenguaje y las malas interpretaciones. Porque no se puede realizar actividad filosófica si primero no se allana el camino.

Me abocaré a ciertos aspectos de algunos de los artículos que componen esta obra estableciendo posibles relaciones entre ellos. Dejaré sin analizar por lo tanto varias cuestiones que pueblan y enriquecen el libro, cuestiones que me convocan y conmueven, pero que por obvias razones de disponibilidad temporal no puedo desarrollar en esta oportunidad. No obstante, la injusticia se mitiga un tanto si consideramos que todos y cada uno de los trabajos, sin menoscabo de la peculiaridad de sus temáticas, funcionan como un juego de espejos en el que las palabras de Wittgenstein se retoman y se recrean, se preguntan y se responden, se mantienen y se transmutan.

Enuncio en primer término cuál es el tema, en segundo lugar cómo pienso desarrollarlo y por último por qué me parece interesante tratarlo. El tema es la propuesta de una epistemología que busca despegarse de una reflexión concentrada únicamente en la historia interna de la ciencia y en el reduccionismo metodológico. Despliego la temática a partir de tres artículos (de los que componen el texto), uno que propone una alternativa diferente respecto de la epistemología hegemónica, y otros dos que refieren, cada uno de ellos, a una ciencia social: la psicología y la antropología respectivamente.

Considero finalmente que estas nociones ameritan ser tratadas porque los desajustes e inequidades, provenientes de un uso irresponsable de la tecnociencia, demandan una filosofía de la ciencia que extienda sus consideraciones más allá de los internalismos científicos, involucrándose en tópicos éticos y políticos,  atendiendo a cuestiones normativas de las ciencias en general y a cuestiones específicas de las ciencias sociales en particular.

Comienzo con el artículo “Proposiciones y reglas: aspectos de la filosofía de la ciencia de Wittgenstein”, en el que Silvia Rivera propugna una lectura epistemológica diferente a la brindada por la posición heredada, tratando de abrir nuevos rumbos para la filosofía de la ciencia. Hay aquí una intensión manifiesta de ubicarse en el plano de la historia, teniendo en cuenta que en el capitalismo tardío –o poscapitalismo globalizado- la razón científica se ha constituido en modelo de la racionalidad, cuyas consecuencias trascienden los muros del quehacer filosófico e inciden en las prácticas sociales. En función de ello, una epistemología coherente no debería mostrar indiferencia por los avatares de la tecnociencia ni por las tensiones éticas y políticas en las que se inscribe. Se entiende por tensión una relación entre polos opuestos que revisten una interdependencia recíproca. La autora considera que las tensiones que se presentan en el Tractatus tienden a disolverse en obras posteriores de Wittgenstein, dando lugar a un nuevo ejercicio epistemológico alejado de la mera teoría y posicionado como filosofía práctica.

El comienzo de esas disoluciones puede detectarse en los señalamientos de los límites de la concepción semántica de la verdad y en otros aspectos que, según Silvia Rivera, ya se presentan en la obra temprana de Wittgenstein. Donde se comienzan a desarrollar aspectos pragmáticos, especialmente en el análisis de las proposiciones que refieren a leyes científicas. Allí la lógica se manifiesta como el marco que define los límites de lo posible y muestra su temple práctico. Pues el carácter normativo propio de las reglas está presente en todas las proposiciones, instalando un “movimiento entre lo descriptivo y lo prescriptito, entre la teoría y la praxis” (162).

La primacía de la praxis sobre la teoría se detecta, por ejemplo, en que no se trata de utilizar el lenguaje para describir hechos, sino para construir modelos de representación que unifiquen nuestra manera de describir el mundo. No es que el mundo sea de determinada manera y las proposiciones lo reflejaran como un espejo que permitiera conocerlo, sino que los enunciados sirven como herramientas para la interacción. Las proposiciones científicas son reglas que orientan nuestras conductas. Carecen de contenido cognoscitivo, pero nos orientan hacia una descripción unificada del universo. Esto abre posibilidades para establecer  nuevos criterios de evaluación de los enunciados científicos evitándonos caer en el reduccionismo verdadero-falso. Tales criterios deberían tener en cuenta la eficacia y la utilidad. Una teoría se impone a otra “porque tiene más fuerza” dice Thomas Kuhn, o porque es más eficaz o útil, podríamos agregar.

Una regla se diferencia de una proposición descriptiva por la función que le otorgamos en cada juego de lenguaje y en cada forma de vida. Wittgenstein propone una alternativa para marcar el carácter normativo de las proposiciones matemáticas. Se trata de reproducir sus enunciados en forma imperativa. Por ejemplo, en lugar de decir “2 más 2 es 4” (como si esta proposición respondiera a un hecho reflejado en las palabras) decir “que 2 más 2 sea 4”, porque se trata de una regla que nos indica cómo actuar. 

Ahora bien, mientras de lo descriptivo predicamos que es verdadero o falso, de lo normativo decimos que es adecuado, o útil, o pertinente o justo, o sus contrarios. Por lo tanto -y arriesgándome más allá que lo que dice el artículo- se podría estipular que algo puede ser considerado verdadero pero no justo, falso pero útil, verdadero pero no adecuado y así sucesivamente. Es en este punto –fértil y controvertido- donde se accede a uno de los senderos posibles para la apertura epistemológica a la que nos invita la autora que señala, entre muchas otras consideraciones, que un análisis atento de la obra de Wittgenstein posibilita la inclusión de la ética y la política en el núcleo duro de la ciencia.

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Pues bien, continuando en la línea de una filosofía de la ciencia no convencional, abordo ahora el trabajo de Emilio Rives Iñesta, que realiza su análisis relacionando a Wittgenstein con la psicología. Mejor dicho, utilizando técnicas y métodos instaurados por el filósofo para esclarecer algunos aspectos de una disciplina social que, según el autor de este artículo, deambula entre equívocos, nudos y enredos, a punto tal que todavía no se habría constituido como ciencia. Estos enmarañamientos conceptuales son perseguidos en el presente trabajo casi hasta sus orígenes filosóficos. Pues se parte de la concepción aristotélica del alma. Se pasa luego a las visiones platónicas y judeocristinanas, que desarticulan al alma como potencia vital para convertirla en prisionera del cuerpo. A continuación se hace un alto en la postura cartesiana del alma, como el fantasma que anima la maquinaria humana y se arriba finalmente al declinar del siglo XIX y su ordenamiento en varias nociones bajo el denominador común de “psicología”.

Las múltiples “disciplina de la mente, el espíritu, la experiencia, la conciencia, la actividad nerviosa superior, el comportamiento, el aparato intrapsíquico, la cognición, la personalidad y otros ‘objetos’ de conocimiento [... propios de la] diversidad de psicologías, pueden considerarse [según Ribes Iñesta] experiencias paradigmáticas independientes e incompletas de un proyecto de ciencia no concretado” (268). Con la intención de contrarrestar tanto desconcierto, el autor apela al “segundo o tercer Wittgenstein” (según sus propias palabras) para despejar nebulosas y formular preguntas y argumentos que permitan develar el sentido de los conceptos y las expresiones. Esa búsqueda de sentido se realiza desde el lugar que las distintas proposiciones ocupan en el contexto del lenguaje como formas de vida, es decir desde instancias pragmáticas.

Se apela a la desmitificación wittgensteniana de los términos mentales como pretendidas descripciones de actividades internas, así como a la desarticulación del supuesto de la existencia de un mundo privado y su posible autoconocimiento. Una vez que se establece que los términos mentales no denotan entidades ocultas en el interior humano, se habilita el camino para la búsqueda de significados en el uso mismo del lenguaje, inserto en las prácticas sociales y consustanciado con ellas.

En sintonía con la propuesta epistemológica comentada en primer término, en este escrito se destaca que aunque las reglas pueden abstraerse desde el ejercicio de los juegos del lenguaje, estos no se construyen a partir de reglas, ya que los fundamentos de los juegos, como de las reglas que los articulan, residen en la propia práctica. El lenguaje se asimila a las palabras, pero ellas siempre están grávidas de acciones respecto de las cosas y de las personas. No existe diferencia entre conducta lingüística y no lingüística, a no ser por su forma, pero no por su función. Para avalizar estas aseveraciones, el autor realiza una especie de genealogía de las palabras, las significaciones y las formas de vida del infante que va estrenando su interacción con el mundo.

A posteriori de un minucioso examen, se reafirma que  los términos psicológicos no nombran entidades subyacentes, sino que adquieren sentido al ritmo de las circunstancias en las que son utilizados. No identificamos nuestras sensaciones al expresarlas, sencillamente las comunicamos. En este enfoque la actividad filosófica se caracteriza por deshacer entuertos de nuestro entendimiento, sin obtener como resultado una teoría. El logro es la disolución de los entrelazamientos terminológicos espurios. En función de ello, Ribes Iñesta expresa su convicción de que la psicología se asemeja a un embrión, que se asfixia por un complicado anudamiento de su propio cordón umbilical, y que no podrá nacer si no lo desanudamos.

Cuando se finaliza la lectura de este artículo, y en coincidencia con una epistemología que contemple la eficacia como criterio de validación, tal como se planteó anteriormente, se disparan ciertas preguntas. Porque si todavía la psicología no nació como disciplina científica y simplemente está en proceso de parto, ¿cómo es posible que en la práctica clínica se obtengan resultados positivos? Por otra parte, si de esta confusión lingüística y por lo tanto conceptual surgen tratamientos útiles, ¿qué excelencias habrá que esperar de una psicología liberada de sus enredos? Y por último, el desentrañamiento de esos nudos ¿corre por cuenta de los filósofos, de los psicólogos (o pseudopsicólogos), o de ambos?

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Abordo ahora algunos aspectos del escrito de Witold Jacorzynski sobre la antropología social. Uno de los interrogantes aquí es en qué consiste el método de Wittgenstein para los antropólogos. Desde el comienzo mismo de estas consideraciones está presente la condición normativa. Ver al investigado es verlo siguiendo reglas. No se entiende al otro desde una supuesta identificación sino mediante métodos que faciliten el encuentro con sus costumbres, sus creencias, sus palabras. “Comprendemos las palabras si  percibimos su ‘fisonomía’. Actuamos ‘hacia el alma’ si respondemos con una conducta humana frente a lo que percibimos como la conducta humana” (244). De este modo el otro se convierte en prójimo, desaparece así la noción del otro cultural vigente en la etnología clásica.

Los métodos de esta nueva antropología toman distancia de historicismos e interpretacionismos. Pero resultan cruciales para los nuevos antropólogos que, como dice Wittgenstein, estén intranquilos, por ejemplo, a causa del amor. A ellos les ayudaría muy poco una explicación hipotética. Si se observa a alguien besando la imagen de su amado no correspondería suponer que esa persona cree que en la imagen está el amado. Tampoco correspondería formular ninguna otra hipótesis sobre ese comportamiento. El filósofo impugna el recurso a la explicación denunciándolo como un mito moderno. La explicación, en la ciencia tradicional, se realiza a partir de hipótesis generales que tienen la función de subsumir los casos particulares, otorgándole sentido a partir precisamente de su generalidad.

En contraposición a esas generalidad, Jocarzynski despliega cuatro principios extraídos de consideraciones post Tractatus. En primer lugar, el principio del análisis  gramatical, luego los principios de perspectivismo,  de representación perspicua y de antiesencialismo. El principio del análisis gramatical consigna que el sentido de las expresiones de una cultura está entretejido en la gramática. Y la gramática  se define como el uso de los elementos culturales en los juegos de lenguaje. El sentido no reside en las interpretaciones del investigador o del investigado, sino en ese todo formado por el lenguaje y las acciones con las que está entretejido. Un juego de lenguaje se juega como parte de una forma de vida y ésta se caracteriza por habitar el fondo de cada lenguaje; se podría enunciar así: realizar actividades, determinar acerca de lo verdadero y lo falso, presentarse de múltiples formas -animal o humana- y ser aceptada como dada, de modo tal que pudiera decirse “así simplemente es como actúo” (253). Una forma de vida no puede ser explicada.

Por su parte el segundo principio (el del perspectivismo) está vinculado al del análisis gramatical en tanto considera el significado como uso, aunque asume además que la percepción y  las descripciones de los hechos dependen de un punto de vista particular, de una visión del mundo. La perspectiva puede alumbrar modos de ver, maneras de pensar, imaginar o describir, entre otros modos posibles.

Respecto de la noción wittgensteiniana de “ver como” dice Jacorzynski: “Manet pudo ver el prado como tonalidades de verde, que van a jugar con el pálido beige de la mujer desnuda desayunando” (256) y ofrece otros  modos de ver un mismo hecho, en este caso, el prado. Un futbolista podría verlo como cancha deportiva, un capitalista como campo de inversiones. Los ejemplos podrían seguir y, cada uno de ellos, respondería a algunas de las posibilidades de ver como.

El autor considera que los antropólogos están condenados a ver como en la etapa de su ignorancia acerca de lo que están investigando. El camino a seguir, en la actividad del antropólogo, sería la posibilidad de cambiar la perspectiva conceptual según los diferentes juegos de lenguaje que se vayan dando en el hecho investigado. Incluso no solo debería esperarse esto de los antropólogos, sino también de los psicólogos, quienes tendrían que poder mostrar que el cambio de perspectiva respecto de un mismo hecho enriquece el análisis y es empíricamente posible. En la antropología se produce una duplicidad del ver como, porque el investigador ve a los que ven. Por ejemplo, si está frente a un acto de adoración tratará de ver lo que ve el adorador. Y ambas visiones son significativas porque, como dice Wittgenstein: “toda perspectiva es significativa para el que la ve como significativa” (256).

El tercer principio, el de la representación perspicua, se ubica en el nivel metodológico de la presentación de datos y se relaciona también con el principio anterior. Porque en el proceso de conocer, algunas perspectivas pueden ser más transparentes o adecuadas que otras, ya sea por su capacidad de dejar al descubierto algún aspecto fértil de lo analizado o porque permite articular conexiones vinculantes.

Las teorías científicas que se imponen en lugar de otras se destacan por señalar algún nuevo aspecto de los fenómenos estudiados, esto es, son más conspicuas para facilitar la comprensión ampliando el abanico de relaciones. En este sentido se podría decir que la teoría de la relatividad  es más fructífera que la mecánica clásica. Por su parte, la nueva antropología aspira a ser más esclarecedora que la tradicional. A diferencia de esta última, la antropología aquí propuesta se orienta al agrupamiento de  materiales fácticos, que posibiliten reconocer y articular relaciones múltiples, considerando que la perspectiva del nativo puede ser parte de la perspectiva del antropólogo y viceversa, sin perder de vista la tensión en la que ambas se sostienen, se transmutan y se recrean.

Finalmente el cuarto principio (el de antiesencialismo)  consiste en  determinar condiciones vinculantes entre diferentes aspectos de un conjunto investigado. Son los parecidos de familia que superponen y entrelazan  semejanzas. En esta concepción coexisten el rechazo por los esencialismos y el estímulo para los estudios comparativos. Metodológicamente se pueden instrumentar analogías entre diversas perspectivas y relacionar los componentes de un conjunto, señalando aspectos  compartidos, ya que no se trata de buscar esencias sino de  establecer comparaciones para obtener afinidades o similitudes.

Justamente, al comienzo de mi exposición me referí al aire de familia que encuentro entre los distintos artículos que componen este libro. Considero que uno de los rasgos que persiste -a través de la originalidad de cada trabajo- es el esfuerzo por abrir nuevos y fecundos espacios filosóficos. Para terminar, imaginemos a los futuros lectores de la obra presentada. Quienes hayan frecuentado los métodos y las técnicas inauguradas por Wittgenstein recorrerán estas páginas sin esfuerzo y, además del placer de la lectura, tendrán la posibilidad de acordar, diferir o confrontar con los destacados especialistas que componen la obra. En cambio, quienes se acerquen por primera vez al filósofo de las formas de vida y los juegos de lenguaje deberán atravesar un primer momento de zozobra, ante la singularidad de las expresiones y la magnitud de los conceptos. No obstante, tan pronto como el lector entra en sintonía con este peculiar modo de análisis y capta la dimensión de sus alcances, es atrapado por la intensidad de una actividad filosófica radicalmente renovadora y sugerente.

 

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