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PSICOLOGIA › REFLEXIONES A PARTIR DEL TERREMOTO
La voluntad de vivir
A partir de los sucesos en Japón, y
tomando en cuenta el último texto que escribió Gilles
Deleuze, la autora se refiere a “una vida”, esa que
“atraviesa al sujeto” y que “se diferencia en su desnudez,
en su intensidad, en su exceso de potencia”.
Publicado en Página 12,
del jueves 31 de marzo de 2011

Por Esther Díaz *
Japón se conmocionó. Maremotos, terremotos, tsunamis.
Incluso las centrales atómicas fueron zamarreadas por las
fuerzas naturales. Grietas, fuga de radiación, confusión,
descontrol, devastación. Miles son los muertos, millones los
irradiados. A once años de comenzar el siglo, la hecatombe
de Japón parece actualizar los fantasmas del milenio.
Sin embargo, después de los terremotos naturales, bélicos,
ideológicos y nucleares, la vida sigue su rumbo. Se filtra
por las fisuras de las rocas, surge de árboles
achicharrados, brota de los vientres de embarazadas muertas,
se solaza en las entrepiernas de los jóvenes, se reproduce
entre las cenizas, la basura, la carencia y la opulencia, se
expande en la espesura de otras vidas queriéndose a sí
misma, luchando por imponerse, viboreando entre los
peligros, resistiendo.
“La inmanencia: una vida...” (en Dos regímenes de locos, ed.
Pre-Textos) es el título que eligió Gilles Deleuze para un
último y breve escrito que envió a la prensa poco antes de
morir por decisión propia. Para hablar de “una” vida (y no
de “la” vida) en primer lugar pone en pie de igualdad
inmanencia y vida. No introduce un verbo entre ambos
sustantivos: la inmanencia no es una vida, menos aún la
vida. Inmanencia y vida se juntan y separan mediante un
enigmático signo, los dos puntos. La vida está en el entre,
en la relación, en el agon entre ella y la otredad, en el
vacío trascendental en el que irrumpe. Vida desnuda de
códigos culturales, morales o jurídicos, vida como potencia.
Beatitud plena. Suspendida, porque en suspenso siempre está
una vida, como esos tres puntos que, en el título, también
permanecen en suspenso.
Una vida circula por un puro flujo de conciencia
a-subjetiva, se explaya en una duración sin yo liberada de
sujeto y de objeto pero siendo, permaneciendo en la
inmanencia. Deviniendo. Libre de atributos o preconceptos.
Vida no personal, aunque sea habitada por personas. Mi vida
soporta calificaciones, como la de cualquier ser vivo. Pero
en tanto vida es indefinida. Persiste interceptando el caos
como un plano. Se percibe en los bordes de la muerte o en la
actualización de un acto absurdo y la mayoría de las veces
ni se percibe, fluye.
Una vida –como una sonrisa– necesita condiciones de
existencia que la sostengan y se da en un campo
trascendental, aunque no trascendente. Acaece en la
materialidad aquí y ahora. No se trata de un trascendental
kantiano necesario, a priori y universal. Se trata de un
trascendental sin trascendencia, histórico, condiciones de
posibilidad de lo viviente. Una vida es materialidad
incorporal sobre la que se monta y se pliega la vida
individual.
Dice Deleuze que nadie ha narrado mejor que Dickens lo que
es una vida, cuando relata (en Nuestro amigo común, ed.
Espasa Calpe) que un vil sujeto despreciado por todos
agoniza. Quienes lo rodean lo asisten con desdén. Pero
cuando su respiración se torna tan tenue que parece cesar,
sus asistentes comienzan a preocuparse, tratan de
reanimarlo, atisban el menor signo vital. Es como si todas
las aborrecibles particularidades del malhechor se hubieran
esfumado y persistiera, como surfeando sobre las olas de la
muerte, simplemente una vida.
En ese momento todos se empeñan en salvarlo, de manera que
en lo más álgido de su agonía el depravado siente que algo
dulce lo penetra. Pero a medida que se recupera, quienes lo
rodean se tornan cada vez más esquivos y el malhechor, al
mismo tiempo que la vida, recupera su grosería y su
crueldad.
Entre su vida y su muerte hubo un momento en el que no fue
más que una vida. La vida del individuo le cedió lugar a una
vida impersonal, aunque singular, de la que se desprende un
acontecimiento puro liberado de los accidentes de la vida
interior y exterior, de la subjetividad, de los objetos.
Vida de pura inmanencia. Vida singular de un hombre que ya
no tiene nombre, pero no se confunde con ninguna otra vida.
Una vida sin cuerpo, como la sonrisa sin gato del mundo
maravilloso de Alicia.
Pero es obvio que una vida no se limita al momento universal
de la muerte individual. Una vida está en todos lados,
atraviesa al sujeto viviente, mide tal o cual objeto vivido.
La singularidad o los acontecimientos constitutivos de una
vida coexisten con las vicisitudes de la vida
correspondiente, pero una vida se diferencia en su desnudez,
en su intensidad, en su exceso de potencia sin
representación. Deleuze ilumina su concepto aludiendo a los
bebés. Ellos están atravesados por una vida inmanente que es
pura potencia. Aún no están definidos y no poseen
individualidad, pero poseen singularidad: una sonrisa, un
gesto, un mohín. Y en la medida en que adquieren rasgos
individuales se van determinando. Se van cargando con
culpas, con ilusiones, con anhelos, con miedos, con
determinaciones empíricas. La vida individual es inseparable
de esas determinaciones que se apoyan y sostienen en una
vida.
Este concepto nos conduce a una comprensión posible de la
intensidad vital que se impone después de las catástrofes
reales. Pues tanto la vida subjetiva como la colectiva se
determinan no solamente por sus condiciones empíricas, sino
también por los códigos vigentes, las culpas impartidas, el
miedo a la materialización de los fantasmas. Esa carga
abominable que, en la metáfora nietzscheana, nos asemeja a
un camello.
Una vida no se moldea con códigos epocales, morales,
sentenciosos, resentidos, vengativos o justos. Busca
reafirmarse existiendo. Se derrama, rebasa, chorrea
intensidad. De lo contrario, ¿cómo sobrevivir después del
espanto?, ¿cómo hacer poesía después de los campos de
exterminio?, ¿cómo volver a amar habiendo soportado a un
golpeador?, ¿cómo hacer el amor después de la violación o
del robo de niños?, ¿cómo seguir habitando en una isla
después del terremoto?, ¿y en la costa después de un
tsunami?, ¿y en un país en el que las centrales nucleares
eclosionan?, ¿cómo vivir en las estribaciones de la herida?
Incluso cabe preguntarse, ¿es propio de la racionalidad
tecnocientífica arriesgar vidas montando centrales atómicas
sobre un tembladeral?
Pero la vida y la muerte nunca son en sí mismas problemas
científicos. Porque la ciencia se maneja con la verdad y la
vida es del orden del error. Los conceptos que articulan una
vida son los medios por los que un ser extrae información de
su entorno y lo estructura. Se vive en una relativa
movilidad y no inmovilizando el estado de las cosas. Se vive
en una vorágine que no tiene punto de vista fijo, que se
desplaza para nutrirse, que establece relaciones, que más
que buscar la verdad procura la reafirmación de la
existencia. En la vida, según Foucault, el error constituye
el centro de los problemas (Ensayos sobre biopolítica.
Excesos de vida, ed. Paidós). Vida: atropello, saltos
cuánticos, error y azar, resistencia a lo inerte.
Lo viviente subsiste en un estado supremo de afirmación de
la existencia en el que hasta el dolor –cualquier tipo de
dolor– está incluido continuamente como medio de
potenciación. Lo viviente quiere desplegar sus excesos.
Donde hay vida hay súbitas explosiones de fuerza. La
voluntad de vivir es, según Nietzsche, voluntad de poder
(Fragmentos póstumos, ed. Norma). Una voluntad no racional
sino impulsiva que no es patrimonio exclusivo de lo humano,
ya que atraviesa lo orgánico y lo inorgánico. Se manifiesta
en la intensidad de la ola descomunal que brega por
imponerse a todo lo que se le cruza en el camino, o en el
movimiento de un pequeño gusano surgiendo de un cadáver.
Esta voluntad de reafirmación incita incluso a los
voluntarios japoneses que tratan de enfriar la furia de las
partículas atómicas, aunque su vida les vaya en ello, pero
que aspiran a que una vida continúe independientemente de
ellos. Reafirman así la posibilidad de que, más allá de los
miedos, se realice el prodigio no tanto de seguir vivo, sino
de que la vida siga siendo.
* Doctora en filosofía. El texto forma parte de un artículo
que se publicará en la edición de abril de la revista
Imago-Agenda.
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