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ESTHER DÍAZ |
Doctora en filosofía |
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Siglo XIX. En una remota región -montañosa y hostil- subsiste una
cultura ligada a ritos y costumbres ancestrales. Allí la vida y la
muerte se aceptan como lo que son: naturaleza ineluctable. Sus
códigos respecto de las personas mayores son similares a las
costumbres esquimales de aquel mismo período histórico: se asume la
desaparición de los ancianos. La comunidad no tolera una agonía
lenta, dolorosa y costosa. Las personas mayores -cuando se quedan
sin dientes- saben que su tiempo ha llegado. Entonces, el hombre
joven de la casa, carga sobre su cuerpo al anciano desdentado, que
por lo general es uno de sus progenitores, y lo transporta hasta un
valle tenebroso. El lugar está alejado de las viviendas, es un
“moridero” a la intemperie. Allí pululan los cadáveres insepultos.
Allí se recuesta al que ya no tiene armas para triturar los
alimentos. El joven se despide honrando a los dioses y el anciano se
entrega al reposo final que, faltando agua y sobrando viento,
no tardará en llegar. Esta es una sinopsis de
La balada de Narayama, de Shohei Imamura.
Hoy a los viejos ya no se
los abandona en la soledad de un valle, se los deposita en el
aislamiento de un geriátrico. Es verdad que actualmente difícilmente
se muere sin dientes, ya que la tecnología provee -a quienes pueden
pagarlo- una “tercera dentición”. Sin embargo, no hemos dejado de
descartar a los mayores, sencillamente lo hacemos de otra manera.
Quizás lo que persiste es la soledad afectiva que se registra tanto
en el valle de Narayama como en el geriátrico. Pero el progreso no
solamente descarta personas envejecidas (aunque paradójicamente se
hace lo imposible para que cada vez vivamos más tiempo y parezcamos
menos viejos), nuestro sistema también descarta teorías. Por
ejemplo, en filosofía de la ciencia, las teorías hegemónicas han
despachado al valle de Narayama a las teorías que disienten con la
versión oficial en epistemología. Se pretende que esa disciplina
debe acotarse a formalismos lingüístico-metodológicos. Esta
pretensión resulta hoy tan arcaica como las prácticas narradas por
Imamura. 1. Testigo
modesto y exclusión En sus inicios modernos la
ciencia fue reducida a experimento, en la epistemología tradicional
se la reduce a lenguaje o a conocimiento. En los tres casos se elude
la complejidad social y cultural de la que emerge. Donna Haraway
encara sus estudios sobre la tecnociencia atendiendo a la
complejidad, antes que a reduccionismos. Se autodenomina
“epistemóloga feminista y socialista”. Denuncia el patriarcado de la
ciencia pretendiendo pensar más allá de la problemática de la mujer
blanca ilustrada de clase media, a la que pertenece. Analiza el
fenómeno tecnocientífico en relación con diferentes etnias y
estratos sociales. Trabaja con materiales aportados por revistas
científicas de primer nivel atravesadas por intereses de mercado. Y
desarrolla una incisiva crítica a la maquinaria experimental de la
ciencia moderna, en tanto dispositivo de exclusión. A partir de este bagaje,
múltiples son las herramientas teóricas desde las que se realiza el
análisis. Pues Haraway se acerca a la epistemología desde el arte,
la biología, la comunicación, el antirracismo, las manifestaciones
mediáticas, el humor, lo blasfemo, la ironía, la realidad y la
ficción. Nos detenemos ante uno de sus análisis. Es sobre una
pintura de Lynn Randolph, titulada “La mestiza cósmica”.[i]
Representa de manera no convencional a una virgen de Guadalupe, que
apoya uno de sus pies en EE.UU. y el otro en México. Esta Virgen es
reverenciada como símbolo de rebelión contra las personas ricas y
poderosas, evoca la unión de las razas y es mediadora entre lo
humano y lo divino, entre lo natural y lo tecnológico. La mestiza cósmica alude
también a una científica de nuestra época y lleva en su cuerpo las
marcas de una hibridación que se acentúa más y más según se
profundiza la globalización. De una de sus manos se desprende una
serpiente, símbolo de la naturaleza y de la otra un telescopio,
símbolo tecnológico. Hay cierta ironía en esta imagen en la que se
mezcla el neo-hippismo y la tecnociencia. El testimonio de la
mestiza, en tanto científica, no se da en un aislado laboratorio
alejado del mundanal ruido, como pretendía la ciencia moderna, sino
sobre la superficie misma del planeta. Está parada sobre un globo
terráqueo. La perimida “objetividad científica” justificada de
manera trascendental propia de la modernidad le deja paso a esta
testigo situada, hibridada y global. Proponer a una mujer
mestiza, que evoca a una Virgen milagrosa, como modelo de solidez
científica es una de las blasfemias de Haraway. Quienes se dedican a los
“estudios de la ciencia” denominan testigo modesto al testigo
“imparcial” que el siglo XVII entronizó como paradigma del varón
científico virtuoso.[ii]
La moral represora impuesta por la naciente burguesía, a propios y
ajenos, se erigió como paradigma ético del varón que adhiere a la
forma de vida experimental. Su modelo había sido heredado del
paternalismo en general y del cristianismo en particular. Se
pretendía que el testigo fuera un elemento neutral de la razón
científica, y que no estuviera comprometido con nada que no fuera la
verdad en estado puro y “natural”. El testigo modesto es una
refiguración materializada para que la imparcialidad –o modestia-
sea visible: debe dejar hablar a los hechos mismos. Robert Boyle
estableció esta figura masculina para que testificara acerca de la
eficacia de sus experimentos con la bomba de vacío. Es dilemático que el
sujeto de la ciencia sea invisible y a la vez pueda atestiguar la
objetividad de los experimentos. Es como si el observador imparcial
se desmaterializara, desapareciera de la escena empírica, para que
el experimento se manifieste en su prístina verdad. Aunque en
realidad ese sujeto está presente en la experiencia. Pero es como si
habitara una especie de cultura de la no cultura, ya que no
debe contaminarse con las emociones, valoraciones, poderes, ni
afectos de la comunidad, aunque pertenece a ella y es garante del
conocimiento. Debe integrar la cultura en estado aséptico, donde los
hechos contingentes se pueden establecer con la autoridad de una
verdad necesaria. El testigo modesto
modesto: -
no debía agregar nada de sí a su testimonio de lo
experimental, -
debía ser una especie de ventrílocuo de los objetos, -
hablar por los hechos, -
ser objetivo, garantizar claridad, -
representar una especie de espejo del mundo, -
certificar que los conocimientos se corroboren con los
hechos, -
pertenecer al género sexual masculino (se daba por obvio). Las pocas mujeres que
fueron aceptadas como observadoras de la bomba pertenecían a la
nobleza, pero de todos modos no aparecen en los testimonios
escritos. Se decidió que no era conveniente que participaran
mujeres. En un momento dado el experimento comenzó a realizarse a
altas horas de la noche para que ellas no insistieran. Como una de
las pruebas consistía en poner animalitos vivos en el dispositivo
para mostrar que la falta de oxígeno los mataba, se alegaba que la
sensibilidad femenina era débil para presenciar esos fenómenos.
Además la mujer, por ser “dependiente”, no es libre como lo requiere
la ciencia. No debería olvidarse que en ese tiempo comenzó la
cacería de brujas. Resulta paradigmático de
la sensibilidad social de esa época que Molière se burlara,
desde sus exitosas obras de teatro, de las mujeres que pretenden
acceder al conocimiento. Si bien el tema atraviesa el discurso
machista en general, sus obras Las preciosas ridículas y
Las mujeres sabias se ocupan específicamente de volver objeto de
escarnio a las mujeres que intentan salirse de roles tradicionales
y desean educarse. En el final de las obras se las castiga con la
soledad. En una época en que la mujer dependía de un buen matrimonio
para subsistir, las mujeres cultas de Molière no eran requeridas por
ningún hombre sencillamente porque eran ridículas. Como contrapartida tenemos
al varón culto, respetable y prestigioso. Robert Boyle construyó en
sí mismo a ese sujeto idealizado por la forma de vida experimental.
Creó una tecnología material, literaria y social que
testimoniaba -se supone que imparcialmente- acerca del rigor de la
ciencia. La tecnología material es el artefacto llamado “bomba de
vacío”, producido por Boyle como perfeccionamiento de bombas
anteriores. Ese dispositivo mecánico distaba mucho de ser natural,
pero la astucia de la nueva forma de vida consiguió que quienes
observaban la máquina juzgaran que se percibía un fenómeno natural.
Una especie de naturaleza de la no naturaleza. La técnica literaria
consistió en reforzar la ideología que rodeaba al experimento y
difundirlo mediante una escritura pormenorizada, neutra, sobria y
precisa. Boyle solidificó la solemnidad, la ascesis emocional y el
extrañamiento en el discurso científico. Se supone que ello
garantiza objetividad. La tecnología social
suscitada en torno a la bomba se dispuso fijando las normas que
regirían la comunidad científica, formada por varones blancos,
nobles o burgueses, castos, recatados, medidos, veraces, moderados,
en fin, modestos. Boyle era hijo de un conde y gozaba de solidez
económica.
2. Construcción de
objetividad
Boyle pretende establecer los hechos con independencia de la
política, la economía y la religión. He aquí la naciente
“neutralidad científica”. Supone que la cultura y la sociedad no
interfieren en la percepción de los puros hechos naturales. Extraña
ironía, ya que la bomba de vacío constituía un complicadísimo
dispositivo técnico-teatral accionado por sirvientes ocultos detrás
de los elementos visibles del experimento. Boyle utilizaba
valoraciones religiosas neutralizadas para determinar las
características del testigo y detentaba poder sobre sus asistentes
para que operaran desde el anonimato. Además, realizó el gesto
fundador de la objetividad moderna al exhumar la idea clásica que
separa al conocimiento experto de la mera opinión. Legitimó una
forma de vida con valor trascendental, sin apelar a lo trascendente.
Sus tres tecnologías: la bomba de vacío, los escritos sobre ella y
las prácticas sociales que generó para mostrar su experimento
funcionaban como “cosas dadas”, no como dispositivos construidos: -
el experimento se “naturalizó” convirtiéndose en
naturaleza de la no naturaleza, -
separó a los agentes humanos del producto: los operadores
debían ocultarse, -
construyó una cultura de la no cultura, en la
que supuestamente el científico no se contamina con la sociedad. La prueba acontecía en lo
público, aunque se privatizaba porque no cualquiera podría
testificar. Cincuenta era el número de asistentes permitido. Se
excluía a mujeres, etnias no blancas, estratos sociales bajos, es
decir a quienes no revestían las características establecidas para
ser un testigo imparcial. Según Thomas Hobbes –contemporáneo de las
exhibiciones de Boyle- el estilo de vida experimental era reprobable
por su condición de práctica privada. La comunidad científica, a
pesar de constituirse desde el secreto (o el hermetismo) aspira a
ser validada públicamente. El ideal a alcanza por los
experimentadores británicos era un hombre cuyos relatos pudieran ser
acreditados como espejos de la realidad. Ese sería un hombre
modesto. Sus despojados informes sobre un experimento determinando
patentizarían su modestia. Boyle era “dueño” de la fuerza de trabajo
de sus servidores que, en consonancia con el poder disciplinario que
se estaba instalando en todos los dispositivos sociales de la época,
eran intercambiables, anónimos e invisibles. De ese
modo los testigos modestos observaban lo que el científico –testigo
por excelencia- había dispuesto que se pudiera observar y, en
consecuencia, testimoniar. Además, los “imparciales” podían estar
presentes de manera real (asistiendo) o virtual (leyendo). La
escritura de Boyle se había desplegado según una manera desnuda de
enunciar los experimentos. Ello permitía que se “hiciera salir los
hechos” desde la narración. Esos hechos, a fuerza de repetirse -real
o virtualmente- terminaban “naturalizándose”. Durante años se volvía
a repetir el experimento y, como no siempre se obtenía éxito, los
fracasos se desestimaban. Crear ciencia es deshacer
naturaleza. Dice Galileo que para
realizar experimentos lleva en una mano las hipótesis que inventó y
en la otra un látigo para exigirle a la naturaleza que se avenga a
sus hipótesis. Boyle mata pequeños animalitos para demostrar el
vacío de su bomba. Algunos experimentadores actuales -financiados
por laboratorios multinacionales- prueban drogas en seres
carenciados y analfabetos, que a veces pierden su vida sirviendo de
cobayos para la vida experimental y el mercado. 3. Construcción
relacional de género La ciencia moderna tomó
ciertos modelos de exclusión justamente de la forma de vida
cristiana. Esta religión -como casi todas- ha desarrollado un gran
dispositivo de exclusión de la mujer. En Los caballeros siempre
pujaron por vencerse mutuamente. En los tiempos medievales esas
competencias se materializaban en la justa caballeresca. En la
incipiente modernidad, los antagonismos de los varones destacados
cambiaron el yelmo y la espada por el experimento. Una entidad
cerrada en sí misma. Luminosa en la radiación de su verdad. Pero al
deconstruir se muestra la forma en que las entidades se constituyen
en la tecnociencia. Formas de vida, juegos de lenguaje y
valoraciones interactúan creando nuevos objetos de conocimientos y,
a la vez, nuevos sujetos. Quienes se establecieron en los lugares
más densos del naciente poder científico proclamaban la excelencia
de la especie humana, capaz de crear algo tan magnánimo como la
ciencia, excluían no obstante a más del cincuenta por ciento de la
especie. En cuanto al modelo de la
modestia para adjetivar al testigo científico imparcial, cabe
aclarar que el varón debía poseer una modestia de la mente
que le permitía ser objetivo en sus consideraciones experimentales.
La mujer, en cambio -invisible para la ciencia- debía sostener una
modestia del cuerpo tratando de pasar desapercibida. Pero aun
la que cumplía con el ideal de modestia femenina, carecía de
posibilidades de testimoniar sobre temas de conocimiento, ya que su
modestia era física, no mental. La continuidad del modelo
varonil vigente entre los nobles medievales y los científicos
modernos, reconoce su arquetipo en las virtudes del rey Arturo, que
era modesto. Observaba una ética puntillosa. Era medido, moderado,
solícito, equilibrado y reticente al mando. Como esta última
característica (la reticencia al mando) se da de bruces con lo que
en general buscan los caballeros, se toman recaudos para ocultar el
poder. Desde Platón en adelante quienes levantan verdades niegan su
relación con el poder. Aunque sabido es que no hay fragmento de
verdad que no esté avalado por condición política. Con el paso del
tiempo, el estilo masculino sencillo –impuesto por los nobles
primero y por los científicos después- se convirtió en el estilo
masculino nacional inglés. La forma de vida
experimental de raíz anglosajona fue un proceso colectivo en el que
se destacaron, entre otros, Francis Bacon en sus comienzos, Robert
Boyle en su paroxismo e Isaac Newton en su consolidación. La
institución que alberga, alimenta y sustenta los ideales de los
aladides de la tecnociencia es 4. Una objetividad
comprometida con lo real. El punto de vista cyborg
Se impone pensar en una nueva construcción de objetividad que tenga
en cuenta los valores individuales y grupales; que no sea
exclusivistas, ni clasista, racial o sexista, es decir, que sea
solidaria. Serían intervenciones modestas, en un sentido nuevo.
Porque la ciencia es el resultado de prácticas localizadas, no
pretendidamente universales, en las que habría que buscar lo que
Haraway denomina un punto de vista cyborg.
Un cyborg es un ser híbrido surgido de la genética y la electrónica.
Biológico y maquínico al mismo tiempo. Ser vivo atravesado por
tecnología. Criatura tecnocientífica y ficción. Artificio
posorgánico y poshumano. Estamos asistiendo a una vuelta de tuerca
de la evolución, nos estamos convirtiendo en cyborgs, ¿cuánta
tecnología nos atraviesa? Medicamentos, implantes, transplantes,
inseminación artificial, clones, prótesis externas e internas, en
fin, técnica imbricada con lo que nos resta de natural.
En el siglo XVII, mientras Boyle perfeccionaba su bomba de vacío,
otros experimentadores construían autómatas mecánicos. Al mismo
tiempo había rabinos que se empeñaban en conseguir su Golem. El
imaginario reclamaba nuevas formas de vida. Animaciones, simulacros,
homúnculos. Finalmente en siglos posteriores se lograron robots
electrónicos y, más tarde, digitales. Hoy todas esas realidades y
esas fantasías se concretan en los cyborgs. Son productos de la
tecnociencia que llevan a replantearse el rol del testigo modesto.
HombreHembra es un cyborg de ciencia ficción de la década de
1970. Un ser humano, o poshumano, en el que confluyen diferentes
identidades sexuales. Oncoratón es un cyborg real del campo
narrativo de la biotecnología y la ingeniería genética. Esta hembra
patentada es diseñada con cáncer de mama, nace para ser sacrificada
en el altar de la investigación. Las propagandas de las principales
revistas científicas promocionan la venta de esas criaturas híbridas
en miles de dólares. Para fijar nuevos testigos
modestos, según Haraway, no habría que aspirar al uso de la
reflexión, como modelo de conocimiento científico, habría que
proponer la difracción. La reflexión pretende reflejar la
realidad de manera nítida. La difracción por el contrario se sabe
difusora de perturbaciones, aunque conserva cierta semejanza con lo
que, de alguna manera, replica. La difracción es la dispersión de
un rayo que al bordear un objeto se superpone a su sombra; como si
repitiera imperfectamente una parte de ese objeto. El resultado es
finito y “sucio”, no trascendental y “limpio” como pretendía
la objetividad científica neoclásica. Pero parece más cercano a las
interpretaciones humanas sobre el estado de las cosas.
Esa nueva objetividad de difracción debe saberse relacional, nada se
da sin entorno, sin mundo, sin conectividades. La difracción sería
como un mapa de la realidad. Un rizoma que dibujando vericuetos a
partir de lo real nos alerta acerca de la complejidad implícita en
cualquier particularidad localizada. La localización es
perspectiva, juego entre texto y contexto, frente y dorso, delantero
y trasero. Sin universalidad, sin evidencia. La transparencia es
tenida como una característica de la objetividad. Ahora bien, en
nuestras sociedades biopolíticas hay personas que de tan
transparentes son invisibles, en la medida en que no cuentan en las
grandes tomas de decisiones. Los negros, las mujeres, los mestizos,
los indocumentados o los pobres, entre otros segregados, no cotizan
para ser testigos modestos de la ciencia tradicional. Sin embargo, de estas y
otras realidades debería estar impregnado el nuevo testigo modesto.
No de una asepsia inexistente, sin mezcla, hibridación o campos de
fuerzas encontradas. Hay gente que vive y muere en las luchas que
generan las categorías opuestas impuestas por la tradición:
sujeto-objeto; público-privado; hombre-mujer; pobre-rico;
pasivo-activo; negro-blanco; heterosexual-homosexual, joven-viejo y
así sucesivamente. La estabilidad pública para unos es sufrimiento
privado para otros. El que compra un sofisticado medicamento de
última generación no “ve” a los chicos africanos que murieron para
testearlo. 5. ¿Si cambiamos los
relatos?
El siglo XX le legó más cambios al mundo que todas las épocas
anteriores juntas. También le inoculó al planeta, como nunca antes,
contaminación, desequilibrios, urbanización y tecnificación. Jamás
el promedio de vida humana había alcanzado los estándares logrados a
partir de ese siglo. Y, aunque siempre existieron apocalípticos
discursos milenaristas, es posible que nunca como ahora se haya
vivenciado los terribles peligros que amenazan el equilibrio
universal.
Vivimos una realidad sin seguridad, ni estabilidad, ni confianza en
los recursos. Sin embargo, parece que la precariedad viene de lejos.
Según ciertos textos talmúdicos, Dios hizo veintiséis tentativas
de construcción del mundo. En todas fracasó. Finalmente compuso la
versión actual. Nuestro hábitat surge del magma caótico formado
por los restos anteriores, pero no presenta ninguna señal de
garantía. Está expuesto al riesgo, el fracaso y el retorno de la
nada. “¡Ojalá este se mantenga!”, dijo el creador mirando de reojo
la maravilla y el espanto de su obra. Es como haber subrayado desde
el principio una historia marcada por la inseguridad radical.[iii]
Creer en el desastre anticipado es parte de la confianza en la
salvación. Los humanos, desde los primeros signos que han emitido en
esta tierra, manifestaron una compulsión a la inmunización. Han
buscado salvarse mediante formas profanas, religiosas,
revolucionarias y, actualmente, tecnocientíficas. Como suele ocurrir
en todos los procesos inmunitarios, lo mismo que envenena puede
llegar a salvar. El principal peso social de la tecnociencia es la
promesa de salvación. Los teóricos de las
calamidades de nuestro tiempo suelen ser agoreros respecto de la
posibilidad de una salvación proveniente de la técnica. No obstante,
Donna Haraway destaca el aspecto salvador que se le puede atribuir a
la hipertecnología. Piensa, por ejemplo, que una sociedad de cyborgs
llevada a sus últimas consecuencias podría albergar la esperanza de
acabar con el sexismo. Pues si lo sujetos dejáramos de
identificarnos a partir de un sexo determinado y se concretara la
ficción del HombreHembra parecería que no habría condiciones de
posibilidad para la exclusión. Considera que los seres patentados
actuales están más cerca de ese mundo multisexual que del testigo
modesto de la modernidad. Y respecto del imaginario alentado
por la ciencia señala que el proyecto Genoma Humano entraña un
relato de salvación laica. Los genes serían la eucaristía de la
biotecnología. El humano, que siempre buscó la eternidad, parece que
por fin la atisba en el ADN.
Obviamente que no hay ingenuidad en ese discurso. Haraway se
refiriere a los sistemas de creencia y la tecnociencia es uno de los
más contundente. Los sistemas de creencia se expresan a través de
relatos. Mejor dicho, no hay camino fuera de los relatos. Pero los
relatos cambian, o se puede intentar el cambio mediante una
intervención “modesta”, diferente por supuesto a la del hombre
blanco que la instituyó. Este punto de vista cyborg contemplaría
también a los relegados. Rescato aquí la imagen de
la mestiza cósmica escoltada por signos naturales y tecnológicos. No
basta con preguntarse por qué el paradigma del científico fue
siempre un señor blanco y solemne, excluyendo otras posibilidades.
Un sujeto científico puede ser, por ejemplo, una mestiza latina
común y corriente. Para abrir el juego hay que construir, como
construyeron quienes inventaron la forma de vida experimental, pero
con otro sentido. Habría que emitir relatos que involucren a los
excluidos y mostrara las calamidades producidas por una
tecnociencia al servicio del mercado. Una epistemología crítica
-si pretende ser fecunda- se resiste a limitarse. Se pone al
servicio de una teoría militante que se comprometa con cuestiones
terrenales y concretas. Porque más allá de las formas lingüísticas o
metodológicas vacías de contenido se pueden descubrir escandalosos
manejos corporativistas. He aquí una línea de fuga
que podemos transitar quienes -por elección o por los reveses del
destino- estamos embarcados en la producción de teoría sobre la
conflictiva realidad tecnocientífica.
[i] Haraway, Donna, Testigo_Modesto@Segundo_Milenio.HombreHembra(c)_Conoce_Oncoratón(r), México, UOC, 2004, p. 36.
[ii]
Cfr. Shapin, Steven, y Schaffer, Simon,
El Leviatán y la bomba de vacío. Hobbes, Boyle y la vida
experiemental, Quilmes, UNQUI, 2005.
[iii]
Idea tomada de Prigogine, I., y
Stengers, I., La nueva alianza. Metamorfosis de la
ciencia, Madrid, Alianza, 1983, p.281. |