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El rigor científico y sus consecuencias biopolíticas
como
propedéutica para una filosofía de la educación
Scientific rigor and its biopolitical consequences
as propaedeutics to a philosophy of education
Esther
Díaz
www.estherdiaz.com.ar
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Resumen
A comienzos del siglo
XX se consolidó la concepción heredada en filosofía de la
ciencia que se caracteriza por la reducción de la actividad
científica a conocimiento científico. “Epistemología” es el
nombre que se impuso para identificar esta subclase
filosófica dentro de la teoría gnoseológica tradicional. En
ella se destaca el carácter privilegiado del conocimiento
que tematiza, pues recupera el concepto platónico de
“episteme” como saber universal, necesario y verdadero.
Actualmente
los
desafíos de la ingeniería genética y los desarrollos de las
tecnologías digitales nos fuerzan a encarar nuevamente la
pregunta sobre los límites de la ciencia y de la
epistemología. Los poderes asociados con la tecnociencia
instrumentan la administración de la vida de las poblaciones
bajo el paradigma de lo biopolítico. A partir de este nuevo
devenir tecnocientífico se imponen nuevas categorías de
análisis para pensar una renovación de la filosofía frente a
los cambios en los saberes y en las prácticas sociales.
La presente reflexión pretende operar como propedéutica para
la educación en general y la enseñanza de la filosofía de la
ciencia en particular.
Palabras clave:
filosofía de la ciencia, tecnociencia, poshumano, educación.
Abstract
At the
beginning of the 20th century an inherited
conception in the philosophy of science was consolidated.
This conception is characterized by the reduction of
scientific activity to scientific knowledge. “Epistemology”
is the name used to identify this sub-kind of philosophy
within the traditional gnoseological theory. Epistemology
highlights the privileged feature of the knowledge analyzed,
since it retrieves the platonic concept of “episteme” as a
universal, necessary and true knowledge. Nowadays the
challenges of genetic engineering and the developments in
digital technologies force us to face once again the
question about the limits of science and epistemology. The
powers associated with technoscience put the administration
of people’s lives under the paradigm of biopolitics. On the
basis of this technoscientific situation, new categories of
analysis seem to be necessary in order to think about a
renewal of philosophy vis-à-vis the changes in social
knowledge and practices. This reflection attempts to operate
as propaedeutics to education in general and the teaching of
the philosophy of science in particular.
Keywords:
philosophy of science, technoscience, post-human, education.
Introducción
La centralidad que, en el
siglo XX, adquirió la reflexión epistemológica en el ámbito
filosófico responde al desarrollo de la ciencia y la
tecnología. Este desarrollo,
por un lado, es requerido por el proceso de
concentración industrial propio del capitalismo tardío y,
por otro, demanda una nueva racionalidad filosófica que
valide formalmente las teorías científicas. En su aspecto
lógico-formal, esta racionalidad filosófica es desplegada
por la epistemología tradicional. Una epistemología
reduccionista en lo metodológico, neutralista en lo ético y
milenarista en la idealización de la tecnociencia, que
resulta funcional a un sistema de jerarquías excluyentes,
que consagra la especialización y la autoridad de los
expertos, es decir, la tecnocracia.
La tecnocracia hace
referencia a la estructura de poder que concibe a la
sociedad como un conjunto de sistemas técnicos orientados a
través del conocimiento que proporcionan las diferentes
disciplinas científicas. La responsabilidad en la toma de
decisiones recae entonces sobre aquellas personas que
acreditan competencia en la identificación de las soluciones
óptimas para resolver conflictos, de un modo eficiente en la
práctica y presuntamente neutral en lo ideológico. El
progreso sociopolítico se identifica así con el progreso
tecnocientífico, consumando de este modo los ideales del
racionalismo ilustrado.
A ello se debe agregar
que se ha producido un giro tecnodigital que no solo afecta
a la naturaleza, la vida
y al planeta, sino también a la conformación de los
sujetos, las relaciones sociales y la concepción de lo
humano mismo. Se impone entonces replantearse los postulados
de la epistemología, para que logre desarrollarse al ritmo
marcado por el despliegue de la ciencia y de la técnica, y
atienda así mismo a los problemas que se desprenden de la
inserción de los productos científicos en la sociedad.
Considero que ello representa un desafío para los teóricos
de la ciencia y una obligación ética e intelectual para los
profesionales de la educación.
La balada de Narayama
Transcurre el siglo diecinueve en una remota región
oriental. Entre montañas
hostiles, una cultura ligada a costumbres ancestrales
repite sus ritos fundantes. Se apuesta a la vida de los
jóvenes y a la muerte de los viejos. Y aunque esto no es
original, lo llamativo es lo escueto del trámite. Esta
comunidad no tolera una agonía lenta, dolorosa y costosa.
Cuando las personas mayores se quedan sin dientes, saben que
su tiempo ha llegado. Entonces, el hombre joven de la casa
carga sobre su cuerpo al anciano desdentado, que por lo
general es uno de sus progenitores, y lo transporta hasta un
valle tenebroso. El lugar es un
moridero a la intemperie. Pululan allí los cadáveres insepultos de
los que ya no podían masticar sus alimentos. La ceremonia es
breve y despojada. El joven se despide honrando a los dioses
y el anciano se entrega al reposo final que, faltando agua y
sobrando viento, no tardará en llegar.
Esta
es una sinopsis de La
balada de Narayama, de Shohei Imamura. Hoy a los viejos
ya no se los abandona en la soledad de un valle ni se los
tira por un barranco, se los deposita en el aislamiento de
un geriátrico. Donde se los somete a una ancianidad
disciplinada, controlada por rejas, cerrojos, horarios
estrictos y drogas adormecedoras. No hemos dejado de
descartar a las personas mayores, sencillamente lo hacemos
de otra manera. Quizás lo que persiste es la soledad
afectiva que se registra tanto en el valle de Narayama como
en el geriátrico.
El
geriátrico es un invento del siglo veinte que marca un antes
y un después en la relación de una cultura con sus mayores.
¿Hacía dónde se dirige una sociedad que invierte en alargar
la vida al mismo tiempo que se despreocupa del destino de la
ancianidad?, ¿cómo se explica que los mismos que desprecian
a los viejos se esmeren para vivir la mayor cantidad de años
posibles (es decir, quieran también llegar a viejos)?, ¿cuál
es el sentido de la sobrevida?, ¿se disfruta o se padece?
El
aumento de las expectativas biológicas de duración suele
correr parejo con la falta de expectativas existenciales
seductoras que acompañan esa duración. Las ciencias al
servicio de la extensión de los ciclos vitales de los
sujetos no deberían desarrollarse sin medir las
consecuencias. Los seres sociales no somos meras vidas
cerradas en sí mismas, interactuamos con el entorno humano y
no humano. Aceptación, reconocimiento, participación en la
producción y en el placer son algunos de los aspectos que
configuran una vida plena. En lugar de ello,
descalificación, fastidio e indiferencia suelen ser los
sentimientos que suscitan los ancianos. Esta situación se
puede iluminar con un dato histórico. En los comienzos del
presente siglo una ola de calor terminó con la vida de
aproximadamente tres mil ancianos en Francia. La mayoría de
la población activa estaba disfrutando de sus vacaciones
mientras los viejos morían solos en sus viviendas, o rodeado
de aparatos en geriátricos y hospitales. Alrededor de mil
cuerpos nunca
fueron reclamados. ¿Ese es el destino que queremos para
nuestros seres queridos y para nosotros mismos?
Conflictos de este tipo, a pesar de provenir del desarrollo
tecnocientífico, no son tenidos en cuenta por la filosofía y
la historia de la ciencia tradicionales. Estas disciplinas,
por el contrario, reducen la ciencia a experimento (como si
en la ciencia todo dependiera únicamente del éxito de la
experimentación), o analizan la ciencia desde el punto de
vista del lenguaje (como si las decisiones de la ciencia
dependieran de las proposiciones gramaticales).
Es
decir, reducen la ciencia a conocimiento, eludiendo así la
complejidad social y cultural en la que se entreteje la
empresa científica. Pero la ciencia es mucho más que mero
conocimiento, pues interactúa con el poder y -como cualquier
sociedad humana- tiene connotaciones éticas. Sin embargo,
cuando se escamotea el análisis de los mecanismos de poder
insertos en las teorías y en las prácticas científicas, se
oculta la incidencia de los grandes intereses económicos,
políticos y bélicos que conforman el entramado de la ciencia
y se esconden sus consecuencias sociales.
Así
pues, entiendo que la contundencia de los desarrollos
tecnocientíficos requiere de una epistemología que traspase
los límites de la historia interna de la ciencia
posibilitando la inclusión de la ética, los
dispositivos de poder y la subjetividad en la reflexión
sobre los discursos y las prácticas científicas. En
consonancia con esta perspectiva epistemológica, abordo
ahora el tema de la biopolítica relacionada con los cyborgs,
con los campos de exterminio y con las salas de terapia
intensiva. Por último me referiré a una nueva vuelta de
tuerca de la evolución en la que los sujetos estamos
deviniendo poshumanos.
La biopolítica
A
partir de la modernidad, todas las grandes instituciones
comienzan a ocuparse de la vida, la salud y la muerte de los
miembros de sus comunidades. De este modo,
con la excusa del cuidado de la salud de los
gobernados, se asegura un mayor control sobre los sujetos
sujetados al poder. La escuela, las iglesias, el ejército,
el Estado y
demás instituciones se ocupan de difundir dietas, cirugías,
regulación alimenticia, actividades físicas, prohibición de
fumar, promoción de la donación de órganos y otras medidas
“sacralizadas” en tanto se emiten en nombre de la salud y la
seguridad. La biopolítica es la administración de la vida de
la población. El poder hace alianza con la ciencia para
fundamentar sus decisiones y llevarlas a cabo.
La obsesión por el biopoder comenzó con los pioneros
del capitalismo y su falta de arraigo aristocrático. Los
nuevos ricos no podían vanagloriarse de sus ancestros. Pero
ocupaban los lugares de poder que en el antiguo régimen
había ejercido la nobleza, con la que no podían competir ya
que los burgueses carecían de antepasados prestigiosos. Sus
ascendientes pertenecían al vulgo. Prefirieron entonces no
mirar a un pasado sin gloria y apostar a un futuro en el que
lo valioso sería gozar de buena salud. En lugar de sangre
noble, sangre sana.
El
baluarte del burgués era la salud, y su orgullo una
descendencia sana. Jóvenes robustos para sus alianzas
matrimoniales, control de las secreciones corporales,
continencia de los deseos libidinosos y proliferación de
embarazos fecundos fueron sus blasones.
Los
ordenados señores modernos controlaron el sexo en nombre de
la salud propia y la de sus descendientes. Persiguieron a
posibles infractores de las normas higiénicas hasta en los
hábitos privados de niños y adolescentes. La masturbación de
hoy puede ser causa de falta de fertilidad futura, se decía.
En fin, se puso en marcha lo que Michel Foucault denomina
“dispositivos de sexualidad”. Primero para el autocontrol de
los burgueses, que se vanagloriaban de su disciplina sexual
y de la limpieza de su sucesión. Más tarde para el control
de la población, de la que surgía la mano de obra
domesticada para las líneas de montaje de la incipiente
maquinaria industrial.
El capitalismo se configura así desde una moral
aséptica respecto del cuerpo y de sus placeres. Esa
restricción ética incidió en las prácticas y colaboró a
fortalecer la situación económica de quienes le demostraban
al mundo que habían sido elegidos por la divinidad. Prueba
de ello era su prosperidad económica así como su salud
física y moral. Esta nueva ética, descalificadora de las
pulsiones corporales, ponía un énfasis especial en
administrar los impulsos, sobre todo cuando están
relacionados con el sexo, la fecundación y la descendencia.
He aquí el nacimiento del biopoder moderno que los burgueses
blandían en aras de su “nobleza biológica”. No obstante,
esto entraña un peligro porque la idea de pertenecer a un
sector privilegiado de la especie fue una de las condiciones
de posibilidad de los racismos tardomodernos. Pues si
quienes ejercen el poder se consideran superiores, pueden
llegar a intentar eliminar a los diferentes para defender la
supuesta pureza de su propia etnia, religión o nacionalidad.
A
casi tres siglos de la implantación del biopoder se puede
decir que la “religión” global, hoy,
es la tecnociencia y su ídolo la salud. En su nombre se
despliegan campañas para salvar el planeta, cuidar los
pulmones propios y ajenos, reglamentar la cantidad de hijos
que conviene tener o no tener, arrancarle los órganos a una
persona que aun respira, en nombre de los trasplantes o,
paradójicamente, hacer respirar a los cadáveres en las salas
de terapia intensiva, en nombre de la vida.
La era de los cyborgs
Ahora bien, ¿cómo se llegó a esta exaltación de la
preocupación por la vida?
En el siglo diecisiete, mientras Robert Boyle
perfeccionaba su bomba de vacío, otros experimentadores
construían autómatas mecánicos. Al mismo tiempo algunos
rabinos se empeñaban en crear vida tratando de construir un
Golem.
Es obvio que el imaginario colectivo reclamaba nuevas
formas de vida. Animaciones artificiales, muertos vivos,
homúnculos mecánicos y otros artilugios para “humanizar” las
cosas o cosificar a los humanos.
Finalmente en siglos posteriores se lograron robots
electrónicos y, más tarde, robots digitales. Hoy todas esas
realidades y esas fantasías confluyen en los cyborgs.
Un cyborg es un ser híbrido surgido de la genética y
la electrónica. Biológico y maquínico al mismo tiempo. Ser
vivo atravesado por tecnología. Criatura tecnocientífica y
ficción. Artificio posorgánico y poshumano. Estamos
asistiendo a una vuelta de tuerca de la evolución, nos
estamos convirtiendo en máquinas biológico-psicológicas,
¿cuánta tecnología atraviesa nuestros cuerpos? Medicamentos,
implantes, transplantes, inseminación artificial, clones,
prótesis externas e internas, en fin, técnica interactuando
con lo que nos resta de natural.
El siglo veinte le legó más cambios al mundo que
todas las épocas anteriores juntas. También le inoculó al
planeta, como nunca antes, contaminación, desequilibrios,
urbanización y tecnificación. Jamás el promedio de vida
humana había alcanzado los estándares logrados a partir de
ese siglo, el de los excesos. La racionalidad científica
aplicada a la economía ha potenciado la acumulación de la
riqueza en pocas manos, con su esperable contrapartida de
pobreza en el resto de la población mundial. La
discriminación sexual, étnica y social no disminuyó a pesar
del pretendido progreso de la ciencia. Y, aunque siempre
existieron apocalípticos discursos milenaristas, es posible
que nunca como en el último recambio de milenio se hayan
vivenciado tan patéticamente los peligros que amenazan el
equilibrio universal. Las predicciones de catástrofes y las
promesas de salvación ya no provienen del discurso religioso
sino del científico. Sin embargo, nuestro devenir cyborg
cada vez nos aleja más de lo que hasta unos decenios atrás
se consideraba humano.
Hegel, por ejemplo, considera que el humano es el ser
natural que accedió al espíritu. Por su parte Marx define al
hombre como el ser vivo que trabaja y habla. En general las
definiciones de lo humano coinciden al considerarlo como
aquello que “está en el medio” entre la naturaleza y la
cultura. Pero lo sujetos contemporáneos hemos reconvertido
esa relación. Incorporamos en nuestros cuerpos los productos
de la técnica. La naturaleza y la cultura dejaron de ser dos
extremos que se tocan. Somos una fusión de ambos. ¿Cuánto de
natural queda en nosotros? Actuamos incluso contra la
naturaleza, no solo porque la expoliamos, sino también
porque vivimos -y sobrevivimos- penetrados por la técnica.
Las religiones monoteístas aspiraban a eternizar la vida
espiritual, la tecnociencia en cambio pretende eterniza la
vida biológica.
Respecto del imaginario alentado por la ciencia también el
proyecto Genoma Humano entraña un relato de salvación laica.
Los genes serían la eucaristía de la biotecnología. El
humano, que siempre buscó la eternidad, parece que por fin
la encuentra en el ADN. Somos textos cuya lectura puede
sobrevivirnos. Mediante la decodificación de nuestras
matrices biológicas devenimos símbolos para ser leídos, como
en los diagnósticos por imágenes, o como en el texto en el
que nos convertimos en la comunicación digital.
La poshumanidad en los campos de exterminio y
en las salas de terapia intensiva
Sacrificio es el ritual en el que se ofrecen víctimas a los
dioses. Según las diferentes religiones se sacrifican
plantas, vino o animales. También humanos. Por definición
sólo se sacrifican seres consagrados. Pero el término
“sagrado” es ambivalente. En el derecho romano arcaico un
individuo juzgado por el pueblo como autor de un delito
también era declarado sagrado aunque no podía ser
sacrificado a los dioses. Pues su sacralidad no emanaba de
su pureza sino de algún crimen o falta que el pueblo le
imputaba. Si alguien mata al que la comunidad declaró
sagrado en sentido negativo, no será condenado por
homicidio, porque a ese ser se le ha otorgado la sacralidad
junto con la prohibición de ser inmolado en un altar. Por
consiguiente, se lo puede asesinar sin pagar por ello.
Mientras está prohibido violar cualquier cosa o persona
sagrada -declarada como tal mediante ritos sacerdotales- es
lícito matar a quien pasó a ser
sagrado a partir del juicio de la sociedad. Quien
responde a la categoría de
homo
sacer por designio
del pueblo pasa a ser posesión de los dioses infernales. Ha
perdido su plenitud humana, es “nuda vida”. Vida desnuda de
atributos, sin connotaciones jurídicas, cívicas o
espirituales. Triste equivalente de una chinche, una rata o
un reptil (Agambem, 2006).
Esta
consigna, similar a la del homo sacer antiguo, reinaba en
los campos de exterminio nazis donde se aplicaba la
racionalidad científica para diseñar el proceso de
fabricación de cadáveres. A las vidas consideradas
descartables se les quitaba la dignidad humana, se las
convertía en cosa.
Pero
los excesos de biopoder no solamente se ensañan con la vida,
también lo hacen con la muerte. En los comienzos de la
década de 1970 se asistió a la instalación de
unidades de terapia
intensiva a nivel global. La inserción de la tecnología de
punta en la medicina ha sido sin duda el motor del
desarrollo que permitió, en el siglo veinte, aumentar en
treinta años la expectativa de vida de aquellas personas que
tienen asegurado el acceso a la salud. Pero si se considera
la situación médica y social relacionada con la terapia
intensiva, se puede percibir que el costo moral de esta
nueva realidad no es menor (Gherardi, 2007).
Junto
con la incorporación de la terapia intensiva, se cambió la
definición de la muerte. Antes, el punto final lo marcaba un
corazón que dejaba de latir, ahora ese punto lo marca un
aparato que indica el cese de actividad encefálica.
Paradójicamente los tradicionales signos de la vida dejaron
de representar la vida en sí misma. Pues los “muertos”
cerebrales que reciben ventilación técnica conservan ritmo
cardíaco, color de piel vital, temperatura, digestión y
metabolismo sin alteraciones, y hasta pueden incubar fetos
vivos. Pero estos signos ya no se tienen en cuenta, por
ejemplo, si se desea utilizar el cuerpo que los irradia para
un transplante de órganos.
Pero no solamente se ha cambiado la definición de
muerte, y con ello la noción de vida cuyo límite natural es
-justamente- la muerte, se ha cambiado así mismo el objetivo
de la medicina que, tradicionalmente, consistía en prevenir
y curar acompañando hasta que el cuerpo no emitía la menor
señal vital. Ahora en cambio se trata de evitar la muerte
extendiendo artificialmente la vida.
Sería
negativo que la terapia intensiva produciendo una torsión en
su objetivo fundamental -que es la vida- librara una lucha
irracional para evitar la muerte en toda circunstancia. Es
una contradicción conceptual y práctica transformar la
terapia intensiva en un lugar cuya única finalidad es
demorar la muerte. La sala de terapia se convierte así en un
moridero
tecnológico y solitario. Estamos ante un acontecimiento
medico-jurídico similar e inverso al de
homo sacer. En
lugar de “sagrado”, en el sentido de digno de ser matado sin
pagar por ello, el paciente se transmuta en “sagrado” en el
sentido de digno de ser obligado a seguir respirando, con
impunidad para quienes estimulan el ensañamiento
tecnológico.
El
estado vegetativo convertido en permanente tendría que
ofrecer la posibilidad de que los allegados al enfermo
eligieran si desean seguir manteniendo esa situación, o si
preferirían que acontezca una muerte digna. La misma puede
lograrse retirando los soportes vitales artificiales o
ayudando a morir mediante tecnología. Sin embargo, sabido es
que son muy pocos los países que permiten la eutanasia y
muchos los que se resisten incluso a aceptar la muerte
digna. Este es otro tema que requiere debate y legalidad.
Los conflictos provenientes de la muerte intervenida,
así como de la eutanasia, suscitan interrogantes. Por
ejemplo: ¿deseamos la respiración a cualquier precio, o
deseamos más bien el respeto por la integridad existencial
de los sujetos?, ¿somos humanos por el solo hecho de cumplir
con algunas funciones biológicas o lo somos en tanto nuestro
acervo vital se complementa interactuando con lo
psicológico, lo espiritual, la comunicación y la interacción
social?
La terapia intensiva comenzó siendo un medio para
mantener la vida, pero muchas veces termina siendo una
desconsideración con el ser humano que pierde su condición
de tal y se convierte en una prótesis de la tecnología. La
espera de la muerte se produce así en un total aislamiento
no sólo de agentes contaminantes, sino también de afectos y
efectos personales. Ya no morimos, como quienes nos
precedieron, en nuestra cama rodeados de seres y objetos
queridos. Morimos en la soledad y la extrañeza de una sala
impersonal, donde nuestro único acompañante es la frialdad
técnica.
La
obra de Rainer Maria Rilke está atravesada por la inquietud
acerca de la imposibilidad moderna de morir la muerte
propia. El biopoder dispone muertes en serie, anónimas,
numeradas, como las camas de los hospitales o los nichos
fúnebres. Muertes codificadas
por la ciencia, la burocracia y la tecnocracia. “No
quiero la muerte de los médicos, quiero conservar mi
libertad” le dijo el poeta a la mujer que fuera su último
amor. Rilke se negó a escuchar el nombre de su enfermedad. A
la muerte seriada de la producción técnica le oponía la
muerte propia, esa que cada uno lleva consigo como el fruto
la semilla. Esta muerte inmanente nos otorga una dignidad
singular, nos hace merecedores de “un silencioso orgullo”
(Pau, 2007).
En
sus discursos sobre el gobierno de la vida de la población,
Foucault advierte que desde mediados del siglo XX se ha
producido un viraje del biopoder posibilitado por la
biotecnología. Hasta ese momento se trataba de operar sobre
la vida para administrarla y gobernarla, mientras a la
muerte simplemente se la dejaba ser. En cambio en esta
segunda etapa del biopoder se avanza también sobre la
muerte, se la resiste hasta límites cuestionables. Se la
niega tanto tiempo como las máquinas logren realizar las
funciones vitales. Ya no se trata de hacer vivir, sino de
hacer sobrevivir.
Mucho
se ha pensado, luchado y militado por el derecho a la vida,
por su mantenimiento, su intensidad y su dignidad. Sin
embargo, el debate riguroso y profundo sobre el derecho a
morir permanece
pendiente.
El encuentro errático con lo poshumano
Incluso los dioses mueren. Demasiados siglos de vacío,
mitigado o escondido detrás del nombre de Dios,
posibilitaron la aplicación de una metáfora para evocar su
ausencia. Muerte. Decimos muerte de Dios al desconcierto
advenido a partir del momento en que, según Martin
Heidegger, se
dejó de pensar el sentido y se apuntó simplemente al
cálculo. El asesinato del sentido existencial comenzó con el
monoteísmo y la metafísica, continuó con la racionalidad
científica y se completó con la manipulación técnica. Desde
estas formas culturales, y sus consecuentes prácticas
sociales, se han instaurado
imperativos sobre los cuerpos y las vidas de la
población en nombre de la salvación del alma, de la moral,
de la salud y de la seguridad.
En
tiempos nihilistas, es decir desde los griegos clásicos
hasta nosotros,
no se atisba una entrega
serena al pensar. Se avista más bien un arrasamiento
del planeta, de las personas y del lenguaje al que se
utiliza como parodia sustitutiva del juego estético en el
que gravita. El lenguaje ha sido invadido por la técnica, la
utilidad y el reduccionismo. El discurso se diseca por el
vampirismo técnico de la filosofía formalista, las leyes
científicas y los códigos digitales. La comunicación se ha
contaminado con la velocidad y, como lo veloz busca lo
breve, la lengua es compactada en siglas, códigos de chateo,
redes digitales, mensajes de texto, mimetismo mediático, e
informes técnicos en los que se omiten la adjetivación.
Mediante la tecnificación del lenguaje los humanos
somos
despojados de nuestras facultades. Transitamos un estadio
poshumano. Pues si la esencia de aquello que nos identifica
como humanos, como dice Heidegger, es el pensar, y esta
época no propicia el pensamiento, se disuelve nuestra
esencia aunque sigamos siendo sujetos, si bien no
“puramente” humanos.
Nietzsche por su parte considera que el nihilismo es
el resultado de
la pérdida de credibilidad en los impulsos vitales y el
aumento de credibilidad en una racionalidad moderna negadora
del cuerpo y del deseo. Señala la tosquedad de los
mascarones con los que se intenta ocultar la ausencia de
sentido. Algunas de esas máscaras son la verdad socrática,
el bien platónico, el motor inmóvil, el monoteísmo y, en
otro nivel de nihilismo, la ciencia y la técnica. En lugar
de esas entelequias Nietzsche propone crear nuevos sentidos
-momentáneos y cambiantes- que oscilen sobre la telaraña
fosilizada de la estrecha racionalidad moderna (Nietzsche,
1993, 1994).
A su
vez Heidegger apunta a una superación del nihilismo
orientando el pensar hacia
la técnica, esa inquietante figura del ser
consolidada desde la ciencia que la produce. Pero no se
trata de pensar la técnica únicamente como mero instrumento,
aunque lo sea. Se trata de pensarla en tanto se instaura
entre nosotros y, en función de ello, el filósofo considera
que la pregunta sobre qué cosa sea la técnica reclama ser
penetrada por el pensar meditativo, evitando el pensamiento
calculador de la ciencia moderna (Heidegger, 1994).
Pero no avanzaremos en nuestra búsqueda si
consideramos la técnica como algo neutral, a la manera de
los epistemólogos modernos. La supuesta neutralidad
científica solo consigue cegarnos ante el acontecer técnico.
En este punto anida su amenaza. Pues a pesar de que la
técnica modificó la vida, la tierra y el espacio, permanece
en el misterio para nosotros, quienes formamos mundo con
ella. La técnica nos arrastra tras de sí como mero
instrumento. Su batería de estímulos coloniza el
pensamiento.
Cuando los seres prehistóricos convirtieron una rama en
palanca o el hueso de un muerto en arma, la técnica comenzó
a operar como prótesis, como extensión de las posibilidades
humanas, como aditamentos externos. Pero desde mediados del
siglo XX la técnica se atrevió a introyectarse en los
organismos biológicos. Manipulaciones genéticas, injertos,
trasplantes, implantes, híbridos biológico-tecnológicos.
Ante este panorama se impone pensar no solamente la técnica,
tal como la conocieron Nietzsche e incluso Heidegger, sino
también la circunstancia del devenir técnico de lo humano.
La tecnociencia es la partera de lo poshumano.
Los
desafíos de la ingeniería genética y los desarrollos de las
tecnologías digitales nos fuerzan a encarar nuevamente la
pregunta sobre qué significa ser humano. En la época de la
postécnica los minerales devienen estructura ósea, las
combinaciones químicas circulan por la sangre, los chips se
insertan en la carne y se avizora incluso la posibilidad de
ser no-carne. El traspaso de redes neuronales al
ciberespacio concretaría, en unos decenios más, al hasta
ahora hipotético sujeto virtual. Existen analistas de la
cultura que consideran que antes de finalizar el siglo XXI
desaparecerá el último humano. En este pronóstico la
desaparición de lo humano será motivada por la genética, la
biotecnología, la informática y la inteligencia artificial
que posibilitan mutaciones cruciales. Estas transformaciones
apuntan a un nuevo modo de ser humano.
Así
pues, embarcados ya en un destino poshumano,
no nos desvelan los límites de lo que ayer no más
llamábamos humano, nos sorprende más bien su exceso o su
carencia porque la técnica es una exacerbación de lo humano
y al mismo tiempo una disminución. Se desdibujan las
fronteras para delimitar lo humano. Estamos saliendo de la
racionalidad científica a través de ella. La tecnociencia y
los poderes despersonalizantes nos empujan a devenir
vegetal, animal, mineral, fármaco, máquina, pero también
despojo, cosa, sujetos sin atributos.
Finalizo entonces con la propuesta de cuestionar una
racionalidad científica pretendidamente universal que nos
arrastró al anonimato técnico, y de apostar a la búsqueda de
nuevas prácticas científicas y educativas en las que se
rescate el deseo, se promuevan las libertades individuales y
se reafirme la existencia.
Tal
es el desafío que enfrentamos nosotros, los últimos humanos,
que erramos entre la naturaleza y el artificio, la biología
y lo digital, la genética y la máquina, lo real y lo
virtual.
Referencias
CRAGNOLINI, M. 2008.
Lo
biopolítico, lo post-humano.
Buenos Aires, La Cebra,
161 páginas.
GHERARDI, C. 2007.
Vida y muerte en terapia intensiva: estrategias para conocer
y participar en las decisiones. Buenos Aires, Biblos,
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HEIDEGGER, M.
1994.
Acerca del nihilismo. Barcelona, Paidós,
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NIETZSCHE, F. 1993. La
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203 páginas.
NIETZSCHE, F. 1994.
Así habló Zaratustra. Buenos Aires, Alianza,
471 páginas.
PAU,
A. 2007. Vida de
Rainer Maria Rilke: La belleza y el espanto. Madrid,
Trotta, 512 páginas.
Submetido
em: 17/08/2010
Aceito
em: 25/08/2010
Esther
Díaz
Universidad Nacional de Lanús (UNLa),
Calle 29
de Septiembre 3901,
Localidad
(1826) Remedios de Escalada, Provincia de Buenos Aires,
Argentina.
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