Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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Entrevista de Editorial Alfa, de Venezuela, a Esther Díaz, por la publicación en Caracas de
Posmodernidad, marzo de 2008 

¿Describiría brevemente la idea de posmodernidad y modernidad?
La modernidad es un movimiento histórico-cultural que se inicia aproximadamente en el siglo XVI, en Occidente. Para algunos autores todavía persiste; Jürgen Habermas, por ejemplo, considera que aún pertenecemos a la modernidad. Pero otros autores –entre los que me encuentro- si bien coinciden respecto de su comienzo, consideran que la modernidad ya se ha agotado. Su declinar se habría producido a mediados del siglo XX, con la invención de las técnicas digitales que no sólo envolvieron al mundo en la red informática en la subsistimos, sino que contribuyeron en la resolución de la fisión atómica, así como en el desarrollo de la ingeniería genética. Otra consecuencia crucial de las nuevas tecnologías es el pasaje a una sociedad posindustrial, donde la información es más importante que la mano de obra, y la desocupación –o fin del trabajo- se ha convertido en un problema acuciante. El proceso no sólo ha sido tecnológico, económico y político, sino también ético y estético, alterando obviamente la cotidianidad y fragmentando los grandes ideales del proyecto moderno: orden, racionalidad, progreso, verdades científicas irrefutables, valores éticos universales y felicidad para toda la humanidad. 

-Usted asegura en su libro que hemos arribado al fin de las certidumbres, Jorge Volpi habló del fin de la locura. ¿En el poder, en el sexo, en el amor, en lo público, en lo privado, en el mercado, en cada espacio de nuestras vidas no necesitamos unas dosis de certezas y otras dosis de insania mental para sobrevivir a tanta realidad?
Una cosa es lo deseable y otra lo que realmente se produce en la realidad. El hecho de que analice algunas características de nuestro tiempo no significa que  personalmente esté adhiriendo a ellas, simplemente trato de interpretar los signos que emite nuestra cultura. Además, la idea de que haya tendencias hacia un tipo de actitudes -fin de las certidumbres, de la locura, de la sexualidad- no implica que ello se produzca de manera hegemónica, ni que se haya agotado definitivamente la certeza, la locura o la sexualidad. La frase sobre el fin de las certidumbres pertenece a Ilya Prigogine, Premio Nobel de Química 1977, quien considera que las ciencias no pueden manejarse ya con leyes previsibles, determinantes e irreversibles, como durante la modernidad. El científico actual (como el político o el hombre cotidiano) debe asumir el azar, la indeterminación y la irreversibilidad de la flecha del tiempo. Por supuesto que necesitamos certezas y locuras, necesitamos lo apolíneo (moderno) pero también lo dionisiaco (posmoderno). 

Eso me recuerda la canción de Joaquín Sabina que dice: No habrá revolución, es el fin de la utopía / que viva la bisutería. / Y uno no sabe si reír o si llorar / viendo a Trotsky en Wall Street fumar la pipa de la paz (…) No habrá revolución se acabó la guerra fría / se suicidó la ideología.
Hay una ideología que no se suicidó, es la neoliberal. Por otra parte habría que considerar si las ideologías de izquierda del siglo XX, al tomar el poder, no se fueron desvirtuando, “derechizando” (represiones sangrientas, privilegios de las burocracias gobernantes, persistencias personales en el poder). La modernidad aspiró a que todos pensáramos igual, se inculcaba una búsqueda de pensamiento único (de ideología única). Muchos sistemas políticos -tanto de derecha como de izquierda- impusieron torturas y crímenes para intentar lograrlo ¿Qué es entonces la ideología? un conjunto de conceptos elevados al rango de verdad, es decir, palabras, simplemente palabras consolidadas con prácticas no siempre tolerantes o respetuosas de las ideas diferentes. Pero se trata de palabras que contienen tanta carga emotiva que es más fácil acusar de reaccionario (o nihilista) a quien intenta deconstruirlas, que tratar de comprender qué mecanismos de poder se escudan detrás de ellas. La utopía necesita ideología. Se necesita fundar una ficción, un mito que advendrá (en el futuro) pero que proporciona una regla para pensar y actuar (en el presente). 

-¿Cómo han participado los países de América Latina en la modernidad y en la posmodernidad?
En algunas regiones de Latinoamérica ni siquiera se accedió a la modernidad, ya que aún existen bolsones de premodernidad (trabajo esclavo, explotación de la mujer, abuso sexual, mortandad infantil). Pero se participa de la posmodernidad como reflejo de la dependencia económica, política y cultural que, en general, existe respecto de los países del Primer Mundo, quienes con sus grandes innovaciones posibilitaron el pasaje a nueva época histórica. 

-¿Cree usted que Argentina o Venezuela son países posmodernos?
Debo reconocer que no he analizado la realidad venezolana como para poder tomar partido al respecto, pero si la posteridad determinara que nuestra época histórica es posmoderna, esos dos países también serían considerados así. Participar de la globalización nos hace pasajeros del tren posmoderno, aunque viajemos en el furgón de cola. Y aunque no todos lo latinoamericanos tengan acceso al consumo indiscriminado, son afectados (aunque más no sea a través de los medios) por el poder simbólico de la posmodernidad, alguno de cuyos signos son la mundialización de Mc Donald’s, las transformaciones corporales tecnológicas, la arquitectura de avanzada, la crisis de la familia tradicional, la multiplicidad de valores y algo que no falta ni aun en el corazón del imperio: la acumulación de la riqueza en pocas manos a costa de la pauperización de gran parte de la población. En fin, también nosotros vivimos en un mundo fragmentado (la modernidad creyó que un mundo compacto era posible).  

-Usted plantea en su libro que ser posmodernos, modernos o medievales no es una elección de los seres que transitan por esa época. También plantea que se desacreditó el estudio de un posible cambio histórico de la modernidad a la posmodernidad, porque a su juicio no se reparaba en que un cambio de época no es una decisión personal ni grupal y que voluntades individuales no pueden torcer tan fácilmente el curso de la historia.
Esta pregunta completa la anterior. “Nadie puede salirse de su pellejo”, decía Hegel, queriendo significar que nadie puede vivir fuera de su tiempo histórico. Reafirmo que no son las voluntades individuales las que hacen la historia -o no solamente ellas- sino el dispositivo social y material que, en última instancia, puede llegar a sostenerlas y, de hecho, las sostiene o las deja derrumbarse. Un Hitler, un Bush o cualquiera de los sangrientos caudillos del siglo pasado han sido sólo la cabeza visible de un complejo entramado que los hizo posibles.  Esto merecería un tratamiento específico, pero se puede afirmar que desde determinados choques de fuerzas  surgen las individualidades triunfantes y debido a otros choques de fuerzas se tornan declinantes.  

-Como legado de la posmodernidad usted plantea en el libro que el Estado se desentiende de la asistencia social en la forma tradicional para posibilitar el accionar de grupos sociales, pero en Latinoamérica hay contradicciones frente un intento de gobiernos latinoamericanos que intentan rescatar la clásica forma de gobernar propugnando la revolución, los valores de una izquierda rezagada después del fin las utopías.
Es verdad, porque la modernidad (y a veces la premodernidad) está entrelazada con la posmodernidad. A pesar de nuestra posmodernidad somos mucho más modernos de lo que suponemos. La escuela, por ejemplo, sigue siendo moderna, pero debe contener a sujetos que se han construido con prácticas posmodernas (televisión, computadoras, familias no tradicionales, telefonía móvil, biotecnología, pluralidad de códigos). La utopía política es moderna, no obstante es exaltada también por líderes contemporáneos. En esa contradicción se encuentra la cuna de un proceso que no es moderno, a pesar de provenir del proyecto moderno. No me parecería inapropiado denominarlo “hipermoderno”, en la medida en que los efectos actuales son producto de los ideales modernos llevados a sus últimas consecuencias (aunque los logros no coincidieron con las ideas originarias). Se trata de ideales consumados, por lo tanto, consumidos. 

-Plantea en su libro que una de las características de la economía de mercado es el aumento de la productividad y las innovaciones tecnológicas, pero su contracara es el aumento del desempleo y la exclusión social. ¿Dónde está fallando el sistema? ¿Es una cuestión ideológica? ¿O influye lo que usted denominó la pedagogía del caos?
Considero que el caos no sólo rige en la pedagogía, sino también en los fenómenos naturales, sociales y políticos. Por otra parte, el dispositivo se sostiene desde los sujetos pero produce un plus no subjetivo: valores, costumbres, historia. Hasta el presente, no ha existido ideología que se haya realizado para felicidad real de toda la humanidad. Desde la perspectiva de quien defiende determinada ideología, conceptualmente todo es perfecto, pero en la concreción de los ideales lo que es bueno para unos, no lo es para otros, ¿Dónde se dio, por ejemplo, la “paz perpetua” con la que soñaba Kant?, como él mismo lo dice, únicamente en los cementerios. 

-Mientras usted plantea que un cambio de época no es una decisión personal ni grupal, sino que responde al accionar de diferentes prácticas sociales, actualmente muchas voluntades individuales pretenden torcer fácilmente el curso de la historia, y en el pasado hubo muchos lo lograron.
La cabeza visible de un líder, como voluntad individual, se sostiene en el cuerpo social y las formas de vida que la soportan. El individuo que parece cambiar la historia, en realidad es la punta de un iceberg, una mínima parte del acontecimiento. Si esa punta emerge, es gracias al resto de la masa de hielo. Nada puede un sujeto si carece de condiciones de posibilidad históricas y materiales para lograr sus propósitos. 

-La modernidad ha estimulado a la vez un individualismo, justamente eso ha sido cuestionado desde la perspectiva socialista que propugnan gobiernos como los de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Cuba.
La astucia del individualismo es tal que puede disfrazarse de socialismo. Esto ocurre cuando se propugnan socialismos desde un poder personal hegemónico con aspiraciones de permanencia indefinida en los cargos, centralización del poder, toma de decisiones no consensuadas, y ejercicio de la soberanía personal con poder de proclamar el estado de excepción y de suspender la validez del orden jurídico mismo. En definitiva, el socialismo que no socializa el poder es una forma política de individualismo. Pero, por otro lado, hay que reconocer que al no plegarse a las formas de globalización propugnadas por los poderosos del Primer Mundo incorporan un componente de resistencia a las fuerzas del capitalismo más despiadado que produce riqueza e injusta diversidad a lo que, de otra manera, sería un unilateral adueñamiento del mundo. Abre, también, la participación de los más postergados. Fuerte individualismo en la cúpula y reconocimiento político de la masa que apoya y nutre ese proceso, llamado “populismo” por las ciencias sociales, que sin lugar  dudas es preferible ante que los despiadados avances del imperio. 

-Y como se manifiesta esa dualidad en el arte, en las relaciones de poder que se tejen en el trato entre la gente común. Cómo ha influido la redundancia informática y la comunicación de masas y el vértigo de la instantaneidad en esa individualidad y el colectivo.
La dualidad se produce de manera contradictoria y complementaria: individualizando y masificando al mismo tiempo. Las artes del espectáculo, por ejemplo, se consumen cada vez más de forma solitaria (ver televisión, bajar música desde la computadora personal, consumir películas en soledad), pero también se estimulan los espectáculos multitudinarios, el contacto de los cuerpos en manifestaciones colectivas y el intercambio masivo. En los grandes centros urbanos cada vez estamos más solos, pero hacemos más o menos las mismas cosas.

-Su trabajo editorial ha evolucionado hasta llegar a plantearse interrogantes necesarias sobre la sexualidad y el poder. Algunas personas plantean que si el sexo fuera una constante diaria en nuestras vidas el mundo sería mejor. ¿Usted que cree?
Creo que el sexo es una constante diaria independientemente que se practique o no (se encuentra en la televisión, en Internet, en los espectáculos, en las propagandas, en nuestro deseo individual y colectivo) y no por eso el mundo es mejor. También se puede sufrir mucho por temas sexuales, no siempre el sexo es del orden del placer, aunque sería deseable que lo fuera y que no hubiera que hacer “militancia” en pos de la  libertad sexual. Aunque quizás al sexo, en lugar de pensarlo como constante, habría que imaginarlo como un conjunto variopinto de variables múltiples. En última instancia, a nivel del imaginario, ¿no somos todos perversos polimorfos? 

-¿Usted no cree que el mundo siempre vive y vivirá de utopías, que lo que priva es la búsqueda del placer y que por lo general ese placer se torna en una utopía?
El problema de la utopía es creer que es algo verdadero. Las utopías son inventos humanos, simulacros. Estimo que si tomamos las utopías como “ideas regulativas” de nuestras conductas sin sobreestimarlas, es decir, reconociendo que son sólo producto de nuestros deseos y de nuestro intelecto está todo bien. El conflicto comienza cuando las juzgamos como verdades universales y pretendemos que los demás se avengan a nuestra utopía; y esa exigencia muchas veces se ejerce con violencia. El placer más que una utopía es una fugacidad. La utopía (y por lo tanto lo irrealizable) es creer que el placer o la felicidad pueden ser constantes, permanentes, duraderos. 

 

De perfil

-A usted la consideran feminista, foucaultiana y deleuziana, la describen como de raros peinados y con cara de niña traviesa.
Siempre retorno con placer a Foucault y a Deleuze, por lo tanto, me gratifica que me piensen así. Por el lado del género, si bien no soy militante feminista no puedo dejar de denunciar las exclusiones que se ejercen sobre la mujer y descubrí, siendo muy niña, la injusticia de ser mujer en una sociedad machista (de pequeña fantaseaba con haber nacido varón por el privilegio de poder que ellos ostentan). En cuanto a los peinados raros, serán resabios de mi temprano oficio de peluquera. Además, si bien hace rato que dejé de ser niña me identifico con lo de “traviesa”, pero traduciéndolo como “transgresora” (aunque no tanto como quisiera). 

-Usted trabajó como peluquera y a la par sacó su carrera de filosofía. Qué la motivó a encaminarse en un mundo netamente reflexivo. Y qué le dejó su paso por ese mundo del fashion.
El no haber estudiado era para mí un estigma insoportable, mi cabeza estallaba de preguntas sin respuesta, quería leerlo todo, dibujarlo, escribirlo, cantarlo, disponer de medios para expresar la multiplicidad de estímulos intelectuales, científicos, artísticos. Si de algo no me arrepiento en mi vida es de haber estudiado filosofía. Es lo más bello que me ha ocurrido. Tal vez el mundo fashion me dejó la intensidad deseante de cuidar mi aspecto personal. El paso por ese mundo me reafirmó en la idea de que “envejecer dignamente” es hacerlo construyendo una estética corporal –mediante trabajo sobre sí mismo ayudado con tecnología- que aspira a ser armoniosa, reactivando los deseos y potenciando la vitalidad. 

-¿Cómo pasó de la posmodernidad a El himen como obstáculo epistemológico?
Por esos vericuetos del deseo que de pronto lo seducen las categorías conceptuales de lo político-cultural y de pronto se sobresalta por las perturbaciones que nos provoca el cuerpo. Sexo y política se implican mutuamente, lo extraño (¿o lo alarmante?) no es que alguien que hace filosofía hable de sexo, sino justamente que no lo haga. 

-¿Qué la motivó a comenzar a escribir sobre la sexualidad?
Hacer salir alguno de los fantasmas que desde niña habitan en mi cuerpo. Fantasmas que, por suerte, se siguen reproduciendo con el paso del tiempo. 

-¿Siguiendo conceptos de Foucault usted describe la sexualidad como un invento moderno, y que el uso de las nuevas tecnologías trajo una ruptura y un cambio, como se describiría lo que vivimos?
Como un cambio en la figura que contiene al deseo porque los sujetos nos representamos nuestro deseo produciendo efectos relacionados con la genitalidad y sus metáforas. Durante la modernidad la figura cultural que contiene al deseo erótico se llamó “sexualidad”, ignoro cómo se llamará la actual forma de desear (¿posexualidad?), pero es evidente que ya no deseamos como las histéricas de Freud (que sí eran modernas). Vivimos una inflación de la sexualidad que produce saturación, también excitación y, en algunos casos, falta de estímulo. Pero no se puede generalizar, ya que sigue habiendo violaciones y abusos, así como represiones y anorgasmias. Creo que la tendencia es vivir el sexo con más libertad y, en general, no dramatizarlo tanto como en la modernidad. 

-¿Su incursión en la literatura erótica tuvo un costo en la academia?
Más que un costo un beneficio. Mejoró el trato con mis superiores y mis pares, reafirmó el afecto de mis alumnos, me abrió a un público diferente, y me hizo más respetable para el periodismo en general. Antes del libro erótico era “Esther Díaz”, después pasé a ser “la señora Esther Díaz”. 

-Usted dice que se doctoró con Foucault, y que desde entonces trata de tocar los temas prohibidos en filosofía: Nietzsche, la sexualidad, la homosexualidad, la seducción, todo lo que tiene que ver con el cuerpo, lo que Occidente dejó de lado desde el siglo V antes de Cristo y a mitad del siglo XX. ¿Esa visualización en el espejo cóncavo y convexo que plantea Valle Inclán hace tantos años es lo que nos ha demorado como sociedad?
No sé si nos demoró como sociedad, pero estoy segura que sofocó nuestra posibilidad de pasarla bien y eso, desde quienes ejercen el poder, no es inocente. 

-Hay una crítica que le hacen las feministas a Foucault y es que tiene una visión en la que la figura del varón predomina, y que excluye a las mujeres. ¿Cuál es tu opinión?
Por un lado que no entendieron nada, porque Foucault ha sido el filósofo que más material conceptual original ha brindado durante el siglo pasado para pensar categorías delatoras de exclusiones, entre ellas, las que sufre la mujer. Y por otro que entendieron algo, porque Foucault tampoco pudo “escaparse de su pellejo”, y a pesar de pertenecer a una grupo segregado socialmente como el homosexual, a veces, ha sostenido actitudes que se desdecían con su propio pensamiento crítico, por ejemplo, cuando elegía ayudantes de cátedra prefería a los bellos jóvenes antes que a las viejas señoritas.

 

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