VI ENCUENTRO
CORREDOR DE LAS IDEAS DEL CONO SUR
"SOCIEDAD CIVIL, DEMOCRACIA E INTEGRACIÓN"
La relevancia de la construcción de
consensos regionales en el campo de la ética de la investigación
biomédica
Dra. Esther Díaz
Prof. Silvia Rivera
Prof. Héctor Muzzopappa
Universidad
Nacional de Lanús
http://www.unla.edu.ar
1. Introducción
Si
bien evidente, no es ocioso recordar la importancia de contar con
declaraciones-marco de carácter universal que establezcan pautas
precisas para la regulación de las investigaciones en seres humanos.
Queda claro que la preeminencia de estas declaraciones es ética, es
decir, que no resultan vinculantes en sentido jurídico. A pesar de esto,
las modernas tendencias del Derecho Internacional de los Derechos
Humanos colocan a todas ellas, por ejemplo la de Helsinki, por encima de
las leyes locales, alertando de este modo sobre posibles desfasajes
entre la esfera jurídica y la esfera ética.
Pero aun cuando se las reconozca necesarias, las preguntas que orientan
este trabajo son las siguientes. En primer lugar, si estas declaraciones
son suficientes, es decir, si agotan el marco normativo necesario para
el despliegue de la ética de la investigación. En segundo lugar, si la
supuesta universalidad que les imprime el tono deontológico se
corresponde con su pretendida neutralidad, o si por el contrario resulta
encubridora de intereses ajenos. Intereses que subyacen a un modo de
gestionar la investigación de carácter internacional o “multicéntrico”,
acorde con el espíritu de las declaraciones mencionadas.
Consideramos que, en la búsqueda de respuestas para los interrogantes
señalados, se manifiesta la importancia de trascender la universalidad
abstracta de los principios para avanzar en la construcción de nuevos
consensos, esta vez sobre la base material que proporciona la
determinación de aquellos objetivos considerados valiosos por cada
comunidad. Porque el arraigo local, y no el descompromiso de la
supuesta neutralidad, es lo que da tono ético a las decisiones
compartidas. Decisiones que pueden, en el intercambio con miembros de
otras comunidades, avanzar en su grado de generalidad hacia la
construcción de acuerdos regionales, no ya vacíos o formales, en tanto
la materialidad de las prácticas de producción de conocimiento se hace
efectiva en las voces de sus auténticos protagonistas. Acuerdos
regionales imprescindibles a la hora de redefinir las agendas, fijar
nuevas prioridades y modificar la dinámica de la gestión de la
investigación, de modo tal que el producto del trabajo científico no sea
ya enajenado, sino que revierta en beneficio de la comunidad en que fue
producido.
2. Las Declaraciones Internacionales de Ética: alcances y
límites
La confianza absoluta en el poder de los expertos
para incursionar con total impunidad en las vidas de otras personas
—junto con la convicción de que el camino natural de producción del
conocimiento se sustenta con el sacrificio de algunos elegidos para
inmolarse en el altar del progreso— comenzó a resquebrajarse recién en
la última mitad del siglo pasado. Este resquebrajamiento hace posible
la apertura de un espacio para el inicio de la reflexión ética en torno
a la práctica de la investigación científica.
El Código de Nuremberg, publicado en 1947,
establece por primera vez normas que rigen la realización de
experimentos en seres humanos, enfatizando especialmente la necesidad de
contar con el consentimiento voluntario de los participantes. Surgen de
este modo las bases de la ética de la investigación, que se reafirma en
años posteriores a través de una serie de Declaraciones Internaciones
destinadas a fortalecer los derechos de las personas a partir del
reconocimiento de los principios de la bioética.
En 1964 la Asociación Médica Mundial adoptó la
“Declaración de Helsinki”. Si bien a esta Declaración se han sumado
otros sistemas de normas —por ejemplo las “Pautas Internacionales
Propuestas Para la Investigación Biomédica en Seres Humanos” del CIOMS
publicada en 1982, que destaca la relevancia de la reflexión ética no
sólo para las ciencias médicas, sino también en el campo de las ciencias
sociales— la Declaración de Helsinki ha sido mundialmente aceptada como
el marco normativo básico que deben conocer los profesionales
comprometidos con trabajos de investigación, debiendo dejar constancia
firmada de este conocimiento.
Cabe señalar que tanto la “Declaración de Helsinki”
con sus posteriores revisiones y modificaciones, entre ellas las ya
citadas “Pautas Eticas Internacionales” del CIOMS[i],
se articulan sobre la base de un modelo claramente deontológico. Esta
última, la de la CIOMS, expone los tres principios generales que deben
guiar la preparación y desarrollo de los protocolos específicos, en
total consonancia con los clásicos principios de la bioética expuestos
por primera vez por Beauchamps y Childress[ii].
Los principios son el respeto a la autonomía de las personas, la
búsqueda del bien y la justicia. El primero incorpora el respeto a la
autodeterminación de las personas, con especial referencia a la
protección de quienes por motivos permanentes o transitorios ven su
autonomía menoscabada o disminuida. El segundo implica la obligación de
lograr los máximos beneficios, reduciendo al mínimo los daños. Y el
tercero hace referencia a la obligación de dar a cada persona lo que le
corresponde, en relación a la distribución equitativa de los costos y
beneficios de la participación en actividades de investigación.
Mucho se ha escrito ya sobre los alcances y límites
de la perspectiva de la ética de los principios.[iii]
Simplemente recordemos aquí su carácter extremadamente formal que
implica en todas los casos ser completado con un trabajo hermenéutico
cuidadoso, que ilumine sentidos, para poder concretar su aplicación a
situaciones concretas de la investigación biomédica. Por ejemplo, el
sentido de la justicia distributiva, que indica “dar a cada persona lo
que le corresponde”, no establece precisamente criterio alguno que guíe
la distribución. Si esta ha de realizarse teniendo en cuenta las
necesidades, las jerarquías, los aportes o inversiones de las personas,
o tal vez de acuerdo a un principio de reparto guiado por porcentajes
matemáticos iguales para todos. Qué significa en cada caso “lo que
corresponde” del mismo modo que el significado de lo que es “bueno” o
“beneficioso” para las personas individuales o para la comunidad, es
algo que debe ser establecido en cada caso a través de un minucioso
relevamiento de usos de lenguajes comunitarios, de interpretación del
significado que cada grupo otorga a las palabras y a los conceptos en
función de sus intereses y necesidades específicas, de sus historias de
vida que se desarrollan en un espacio familiar, social, económico y
cultural determinado.
Un trabajo hermenéutico de este tipo, que nos aleja
de los clásicos intérpretes de la ley[iv]
para acercarnos a través del desmenuzamiento de los usos del lenguaje en
contextos específicos a la vida de las personas, no es algo que pueda
con facilidad universalizarse o consignarse en declaraciones de
principios. No es pues la deontología la que nos orientará en esta
tarea, sino la axiología entendida, en primer término, como
identificación de valores —de sentidos— y, en segundo, como la reflexión
abierta y crítica sobre ellos. Reflexión que posibilitará la
construcción compartida de nuevos consensos sobre los objetivos que
deben guiar en cada caso la investigación.
El carácter deontológico de las declaraciones
citadas, fácil de constatar con una breve recorrida a lo largo de sus
numerosos párrafos destinados en su totalidad a establecer
responsabilidades, imponer protecciones tipificadas y pautar los
procedimientos, resulta sin duda funcional a una concepción de la
ciencia que se pretende universal en su alcance y neutral en sus
implicancias éticas y políticas. “Concepción heredada”[v]
en filosofía de la ciencia es el nombre con el que se conoce esta
posición epistemológica.
Precisamente es esta la concepción que debe ser
revisada, si el objetivo apunta a la construcción de un marco ético para
la investigación científica que supere la formalidad vacía de los
imperativos universales y se encamine en consecuencia hacia una
axiología del proceso de construcción, evaluación y aplicación del
conocimiento científico. Imperativos éticos que, a pesar de sus intentos
nunca son neutrales, sino decididamente cómplices de un modelo de
gestión de la ciencia atravesada por intereses exógenos, presentes en la
compleja tecnocracia de corte burocrático, económico y administrativo.
3. La ética de la investigación entre la epistemología y
la política
Queda claro, pues, que la dimensión ética de la
investigación no es nunca absoluta en su autonomía sino que se encuentra
directamente vinculada tanto con la epistemología como con la política
de la investigación. Comprender esto es de la mayor importancia a la
hora de investir de contenidos valorativos a las declaraciones clásicas,
superando su formalidad y su universalidad a través de la construcción
colectiva de significados.
A las aproximaciones clásicas que durante décadas
guiaron el estudio de la ética de la investigación —la ética
filosófica, la ética aplicada y el derecho internacional— debemos sumar
ahora nuevos discursos que nos permiten reconocer diferentes y múltiples
valores e intereses en juego a la hora de elaborar, y también de
evaluar, los protocolos de investigación. Valores que no deben ser
escondidos bajo una pretenciosa “neutralidad” sino expuestos para que
los diferentes actores comprometidos con el proceso de producción del
conocimiento puedan revisarlos y expresarse críticamente y con opiniones
debidamente fundadas sobre ellos, asumiendo la responsabilidad social
que les cabe en el citado proceso.
Queda claro también la sostenida complicidad entre
la posición deontológica citada y la epistemología clásica, en su
afirmación de la universalidad —tanto de los principios éticos como de
los científicos— y en su aceptación de una lógica interna que guía el
progreso de la ciencia, conocida de modo eminente por los expertos que
en su legítimo afán de alcanzar la verdad, en ocasiones, incurren en
excesos sin duda inconvenientes pero no incomprensibles en virtud del
afán señalado. Excesos de los que es necesario proteger a los no
iniciados, a los legos, que con frecuencia son utilizados como sujetos
de experimentación. La forma tradicional que ha asumido esta protección
gira en torno al concepto de “vulnerabilidad”. Personas “vulnerables”,
poblaciones “vulnerables”, pacientes “vulnerables” a quienes se
enajenan sus legítimos derechos bajo el amparo de un paternalismo de
corte netamente colonial.
Pero ocurre que los derechos de estas personas,
poblaciones y pacientes rotulados como “vulnerables” se lesionan
gravemente cuando se los reduce a la firma del remanido “consentimiento
informado”[vi].
Los derechos de los sujetos de la investigación se extienden más allá,
hasta su inclusión activa en el debate que decide la conveniencia y
viabilidad de los protocolos, las condiciones para su realización, la
compensación de los participantes. Finalmente se extiende también al
debate que establece agendas, es decir, que fija prioridades para la
investigación.
De este modo, y tan pronto como reconocemos los
límites de la deontología a la hora de construir un marco para la ética
de la investigación, empiezan a recortarse con mayor nitidez las
múltiples voces comprometidas, si bien de modo diverso, en esta tarea.
No se trata ya de “personas” abstractas que deban ser protegidas en sus
derechos universales, sino de personas concretas que en forma individual
o colegiada, intervienen con la fuerza de sus intereses o necesidades
específicas. Indagar en las características de estos intereses y
necesidades, así como regular los conflictos que puedan surgir entre
ellos es también tarea de la ética aplicada a la investigación
científica. Concepto este, el de la ética aplicada, que deber ser
también sometido a discusión, ya que formaría parte del complejo
conceptual del universalismo. Volveremos sobre el tema. Baste por el
momento con decir que la melodía de los expertos deja pues su tono
monocorde para abrirse a polifonías y hasta disonancias. Pero ocurre
que, en ocasiones, las disonancias pueden resultar inconvenientes a la
hora de mantener el orden y equilibrio establecidos.
4. Los diferentes actores de la investigación biomédica
A la hora de identificar los actores comprometidos
en el debate, se nos presentan en primer lugar los investigadores, que
no trabajan solos sino que conforman equipos. Y estos equipos no se
encuentran aislados sino anclados en alguna institución que da arraigo e
identidad a su trabajo. Trabajo de producción del conocimiento
científico que, en el área biomédica, requiere a la hora de validar
hipótesis, de un proceso de contrastación que se efectúa sobre el cuerpo
de otras personas. Tenemos aquí a los sujetos de la experimentación, que
no son nunca anónimos, aunque el tratamiento que de ellos se hace
fortalezca este modo de considerarlos. Como anónimos integrantes de un
grupo supuestamente homogéneo u homogeneizado sobre la base de un
atributo distintivo que ya mencionamos: su vulnerabilidad. Atributo que
legitima la intervención de expertos en ética capacitados precisamente
para protegerlos en su debilidad constitutiva. Sin embargo, entendiendo
que no es ético hablar en nombre de otro, lo justo en este caso es
devolverle a los sujetos de la experimentación su capacidad de expresión
para que puedan incorporarse como sujetos activo del diálogo sobre las
metas de la investigación científica.
Pero a diferencia de lo que ocurre con la ética
médica que reconoce como actores básicos al equipo tratante, al paciente
y su familia y a la institución que presta los servicios de salud, en el
proceso de investigación biomédica se suma un nuevo grupo de actores que
podemos llamar “patrocinantes”. Los patrocinantes, que con frecuencia
son ajenos a la institución, provienen del sector empresarial y con
intereses específicos, de corte netamente económico, no coinciden
necesariamente con los intereses de los demás actores. Los
investigadores, por ejemplo, con frecuencia se incluyen en un proyecto
por la necesidad de cumplimentar un requisito académico o en respuesta a
una convocatoria de un sector público o privado que les permite avanzar
en su carrera. Y la institución en ocasiones se desdibuja, aún cuando
en su espacio y con sus recursos técnicos y humanos se desarrolle la
investigación en cuestión. Esto ocurre cuando, por ejemplo, los
investigadores acuerdan directamente con los patrocinantes, sin
considerar que la institución de salud puede y debe generar y promover
líneas de investigación propia sustentadas en su específico perfil e
identidad.
Una vez reconocidos los actores se trata de
identificar sus intereses, de evaluarlos de acuerdo a criterios que
deben ser consensuados por la comunidad en su conjunto. Porque es la
comunidad la destinataria última de los productos que resulten del
trabajo científico. Precisamente a partir del diálogo surge la
posibilidad de construir nuevos consensos a la manera de marcos
orientadores, pero no ya deontológicos sino axiológicos.[vii]
5- Extendiendo los horizontes del diálogo
La proliferación de proyectos de investigación crece
a un ritmo vertiginoso en instituciones académicas de distinto orden y
en varias áreas disciplinares, en especial las que aquí nos ocupan, la
medicina y biotecnología. Por su parte, las consideraciones éticas que
desde hace varias décadas intentan normatizar la práctica de la
producción del conocimiento científico, en especial en el momento de
experimentación sobre seres humanos, requiere de la elaboración de
instrumentos adecuados para el análisis ético de los protocolos en
tiempos acordes a las necesidades de los patrocinantes. La
tecnocratización del proceso de revisión ética es una tendencia que
avanza decididamente sobre la mayor parte de las comisiones y comités
dedicados a este tipo de tarea, con el objetivo de satisfacer la
amplitud de la demanda. Se confeccionan, entonces, formularios que
indican aquellos puntos a considerar de modo eminente, en especial los
referidos al proceso del consentimiento informado y también a las
estimaciones costos-beneficios, entre otros. Se exige a los
investigadores firmar su expreso conocimiento de las pautas previstas
por las declaraciones internacionales. Todo esto acontece al tiempo que
se impone una nueva modalidad de gestión de la investigación conocida
bajo el rótulo de “protocolos multicéntricos”.
Los protocolos multicéntricos ponen de manifiesto el
perfil epistemológico del proceso económico-político denominado
globalización. Las declaraciones universales de derechos manifiestan su
perfil ético. Porque la palabra “multicéntrico” no alude aquí, como
podría suponerse a una estructura descentrada que en un esfuerzo
creativo inventa lazos y vínculos entre los diferentes núcleos que la
constituyen. “Multicéntrico” quiere decir simplemente que la
contrastación de hipótesis elaboradas por científicos de países o
empresas de los países desarrollados se realizará en diversos lugares de
la periferia, cuyos habitantes son seleccionados para prestar su cuerpo
a experimentos que, en muchos casos, no tienen interés local o regional.
O quiere decir que, aún en caso de tenerlo, el procesamiento de los
datos, la difusión de los resultados y el desarrollo de las aplicaciones
tecnológicas resultantes de la contrastación realizada no será manejada
por los miembros de la comunidad elegida para realizar la investigación,
sino por representantes de intereses ajenos.
Por ejemplo, en los países centrales existen
legislaciones que controlan con rigor la liberación de organismos
genéticamente modificados y abundan instituciones no gubernamentales que
multiplican sus cuestionamientos a las manipulaciones genéticas. Pero el
mercado biotecnológico que se alimenta de la experimentación
descontrolada encontró la manera de salvar esos escollos. Se comenzaron
a realizar investigaciones empíricas en países periféricos que, en
general, ignoran el avasallamiento del que están siendo víctimas o se
manifiestan impotentes para impedirlo. Como sucedió en la localidad de
Azul (Provincia de Buenos Aires, Argentina), en los últimos años del
siglo XX, cuando una empresa foránea realizó pruebas con una vacuna
contra la hidrofobia experimentando con seres humanos. Siempre quedó la
duda de si no hubo una hibridación con microbios.[viii]
En febrero de 2004 los medios masivos dan a conocer
otro caso testigo, el de la clonación terapéutica posibilitada por la
obtención de células que pueden crear tejidos, músculos, neuronas o
huesos. Serviría para reemplazar células atrofiadas y tratar diversas
enfermedades. No se debería olvidar que su costo económico la convertirá
en un beneficio prohibido para la mayor parte de la población mundial.
Además, aunque los científicos proclaman que ese procedimiento no se
utilizará para clonar seres humanos, el experimento es una vía directa
a ese tipo de clonación, cuya responsabilidad ética es relativizada por
los expertos y relegada a un segundo plano. También acá se encuentra una
falla constitutiva de la falacia epistemológica de la pretendida
neutralidad ética de la ciencia, porque se comienza el debate ético una
vez que el experimento se concretó —y por la tanto ya es irreversible—,
en lugar de haberlo debatido a priori. A ello habría que agregar que
esta investigación sobre clonación terapéutica no se realizó, como
sería previsible, en algún país del Primer Mundo, sino en Corea. La
razón debe buscarse en que en los países líderes no está permitido
investigar en esa línea. Aunque paradójicamente serán esos países los
que usufructúen el experimento, mientras que Corea —de manera similar a
la Argentina del ejemplo anterior— no resolverá ninguno de sus problemas
básicos, ya que el experimento no surgió de necesidades concretas de esa
región, sino como laboratorio al servicio del mercado científico
multinacional. Prueba de ello es que uno de científicos (precisamente el
de nacionalidad argentina), que participó en el experimento de Corea
aquí comentado, reside en Estados Unidos y es investigador en la
Universidad de Michigan.[ix]
García Delgado[x],
citando a Lester Thurow, ubica la característica central de la
globalización en la posibilidad de fabricar cualquier componente y
desarrollar cualquier actividad en el lugar del mundo donde pueda
hacerse más barato y, a su vez, vender los productos o servicios
resultantes allí donde los precios y los beneficios sean más altos.
Minimizar costos y maximizar ingresos como expresión acabada de la
lógica capitalista, reforzada ahora por el carácter transnacional de la
comunidad científica, por la universalidad de la lógica de la
investigación y por la formalidad de los principios éticos.
Ahora bien, ¿es posible enfrentar con un modelo
alternativo a esta forma de producción económica y científica, que se
nos presenta claramente como injusta e hipócrita? La respuesta
afirmativa a esta pregunta no es sólo una esperanza, sino que se
sustenta en el reconocimiento del poder efectivo del diálogo y de la
participación comunitaria. Extendiendo la deliberación a aquellos
aspectos sustantivos de la investigación con frecuencia postergados y
sumando al diálogo las voces de todos los implicados pueden surgir
nuevas pautas que regulen la investigación biomédica, Entendemos que es
este el camino para trascender la formalidad de la universalidad
abstracta y avanzar en la construcción de universales concretos, que
encuentran su arraigo en encuentros regionales de intercambio y
discusión.
En este camino es necesario someter a crítica la
conceptualización ética. Como hemos anticipado más arriba, dentro del
complejo conceptual tradicional se encuentra el concepto de “ética
aplicada”. Podríamos decir que en ella se cumple metodológicamente el
mandato de las éticas universalistas, ya que según se entiende
comúnmente aplicar supone subsumir una particularidad en un
concepto universal previamente determinado,[xi]
a menos que se intente redefinir su método y su función social.[xii].
Y lo más importante (y cuestionable) en esa relación entre universalidad
y particularidad es que lo universal sale indemne de su encuentro con la
particularidad: ella no cuestiona ni modifica los preceptos universales.
Esta concepción sirve para reflejar y reproducir las relaciones entre
los hombres en términos de subordinación, en lugar de hacerlo en
términos de coordinación, que es el principio que legitima un
régimen democrático.
En consecuencia proponemos una inversión del
clásico paradigma de la “aplicación” como orientador de la
reflexión-acción. Aplicación que nos paraliza distorsionando los
vínculos al presentarlos en dirección descendente: de la teoría a la
praxis y de la universalidad de los principios a singularidad de los
casos. Por el contrario, impulsamos marcos axiológicos que no son un
supuesto, sino el resultado de prácticas productivas y deliberativas
que, al impulsar el acuerdo sobre significados valorativos, nos
fortalecen al conformar redes para el intercambio y la cooperación.
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Varela, F., Ética y acción, Santiago de
Chile, Granica, 1996.
Esther Díaz
[i]
“Pautas Internacionales Propuestas para la Investigación Biomédica
en Seres Humanos” del Consejo de las Organizaciones Internacionales
de las Ciencias Médicas (CIOMS) y la Organización Mundial de la
Salud (OMS), 1982.
[ii]
Beauchamp, T. y Childress, J. Principles of Biomedical Ethics,
New York, Oxford University Press, 1994.
[iii]
Por ejemplo la posibilidad de que se presenten conflictos entre
ellos, y la necesidad entonces de establecer una jerarquía entre
ellos, o bien un superprincipio que a su vez los regule.
[iv]
Hacemos referencia acá a la primera hermenéutica que se dedicaba a
la exégesis de los códigos antiguos. Paradójicamente, los nuevos
expertos en ética de la investigación con frecuencia se asemejan a
los hermeneutas clásicos en su incesante tarea de revisión exegética
de las declaraciones internacionales. Cfr. Rivera S. “Declaración
de Helsinky. Ultima Reforma”. Ponencia presentada en las II JORNADAS
DE BIOETICA Y I ENCUENTRO DE BIOETICA EN ENFERMERIA, organizado por
el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Secretaría de Salud, Bs.
As. 17, 18 y 19 de noviembre de 2002.
[v]
La tradición que se conoce con el nombre de “concepción heredada” se
inicia con el manifiesto fundacional del Círculo de Viena,
publicado en 1929 y continúa en epistemólogos de la relevancia de
Karl Popper entre otros. (Cf. Rivera, S., “La epistemología y sus
formas cambiantes”. En: Bergalli, R. y Martyniuk, C. Filosofía,
política y derecho. Homenaje a Enrique Marí, Bs. As. Prometeo,
2003.
[vi]
El “consentimiento informado” se ha convertido —en el nivel de la
teoría— en un estandarte de la defensa de la autonomía de las
personas. En la práctica, con frecuencia, se limita a un
procedimiento de corte casi burocrático, que tiene como objetivo
deslindar responsabilidades en caso de conflictos jurídicos. De
todos modos, se impone diferenciar entre el consentimiento informado
como proceso dialogado entre el paciente y su familia por una parte
y los profesionales de la salud por la otra, del acto puntual de
firma de un documento.
[vii]
Como dice Ricardo Maliandi (Cf. Maliandi, R.
Ética: conceptos y problemas,
Bs. As., Biblos, 1991. pp. 29 y ss.) el “ethos”, es decir, el
conjunto de actitudes y creencias morales de las diferentes
comunidades, presenta dos caras: la deontológica o “normativa”
—que articula su discurso en función de categorías tales como
“deber”, “responsabilidad”, “imperativo”— y la axiológica o
valorativa —articulada a su vez a partir de categorías tales como
bueno, justo, pertinente, útil, entre otras. La tesis que
proponemos es que la cara axiológica, entendida en este caso como el
conjunto de objetivos valiosos consensuados por un grupo para
investir de sentido a las prácticas comunitarias, se presenta como
la más fértil a la hora de orientar la reflexión y la acción.
[viii]
Véase Sommer, S., Por qué las vacas se volvieron locas. La
biotecnología: organismos transgénicos, riesgos y beneficios,
Buenos Aires, Biblos, 2001.
[ix]
Véase Página 12, Buenos Aires, 13 de febrero de 2004; más
información al respecto en Clarín y en La Nación,
ambas publicaciones pertenecen a la misma ciudad y fecha que la
citada en primer término.
[x]
Cf. García Delgado, D. Estado-nación y globalización, Bs.
As. Ariel, 1998, pp. 17 y ss.
[xi]
Es lo que Kant, en la Crítica de la razón pura y en La
crítica del juicio denomina “juicio determinante”. El juicio
determinante no hace más que subsumir, la ley le es presentada a
priori y no existe necesidad de pensar por sí mismo en una ley para
subordinar lo particular en la naturaleza a lo universal. Pero esas
leyes dejan indeterminadas las formas que presenta la naturaleza, de
infinita diversidad.
[xii]
Véase Muzzopappa, H., “El concepto de ‘sociedad civil’ como
fundamento de la filosofía aplicada”, en Graciela Fernández (com.),
El giro aplicado. Transformaciones en la filosofía contemporánea,
Remedios de Escala, UNLa., 2003.
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