Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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PENSAR LA CIENCIA
Esther Díaz

Galileo GalileiEs inútil buscar hojas y ramas para cubrirse, es inútil incluso perseguir animales de gruesas pieles, matarlos, desollarlos y utilizar sus cueros como cobijo. El frío persiste. Cuando arrecian las lluvias, la nieve y la ventisca, los humanos no conocen sosiego. Algunos se refugian en cuevas o en troncos ahuecados, pero el frío los atraviesa. El clima despiadado hiere con más crueldad debido a la falta de alimentos calientes. No hay posibilidad de lumbre, de agua templada, de leche tibia, ni pensar siquiera en un humeante pichón crujiente. Los ateridos hombres se congelan, nada mitiga su invierno.

Sin embargo no están solos. Alguien se dispuso a jugarse por ellos. Prometeo, el hijo del titán Japeto, después de contemplar la pena de los humanos, retornó a las regiones divinas. Nadie lo vio avanzar por los corredores celestiales, nadie vio su silueta desplazarse por los muros sagrados, ni contempló el momento en que arrancó una llama del solar de los dioses, pero a los pocos días nadie ignoraba que los mortales habían sido beneficiados con el fuego y que el responsable pertenecía a la estirpe divina.

Zeus imaginó un castigo brutal, sangriento, repetitivo. Prometeo encadenado debió soportar que un águila devorara cada día sus entrañas. El castigo no por cruel deja de ser ecuánime. La magnitud de la penitencia es semejante a la magnitud del don recibido por los hombres. Los humanos, a la luz del regalo prometeico, se iniciaron en el conocimiento. Aprendieron a mitigar el frío, a cocinar alimentos, a tornar maleable la materia, a fabricar armas para defenderse, para atacar, para vivir, para matar.

Pero la punición no se detuvo en el ladrón del fuego, también los hombres fueron castigados. Zeus tentó a Pandora con una caja de atractiva presencia. Ópalos y rubíes tachonaban su tapa. El mandato de no abrirla no hacía más que azuzar la curiosidad que, finalmente, pesó más que la obediencia. La mujer abrió el cofre y todos los males del mundo salieron exultantes como sierpes iracundas. Es preciso aclarar que Pandora logró que la esperanza se instalara en los humanos para aliviar la sordidez del contenido de su caja.

Dice Galileo que es necesario conocer la naturaleza si se la quiere dominar. Conocimiento y modificación de la realidad fueron la condición de posibilidad de la ciencia y de la técnica. Se confunden, se acoplan, se entrelazan. La tecnociencia es una creación humana tan pujante como su origen mítico. Contradictoria y dual. De la ciencia pueden surgir los más sublimes beneficios, aunque también los más funestos perjuicios. Es capaz de dar vida, de extenderla, de mejorarla, aunque también puede ser utilizada para  la explotación y la muerte.

Las generaciones han gozado y sufrido los frutos del conocimiento. No deberíamos olvidar la caja de Pandora, ya que la tecnociencia en su faz negativa se presta a la especulación de mercado, al desarrollo bélico y a turbios intereses (los males que escaparon de la caja), y en su faz solidaria contribuye a mejorar la vida  y al compromiso social.

A la ciencia hay que acunarla, cuidarla y reforzarla como se hace con el fuego. Una racionalidad científica ampliada a lo político social piensa la ciencia en relación con los dispositivos de poder y con sus implicancias éticas. No adhiere al pensamiento único, respecta la diversidad y atiende lo múltiple. He aquí una perspectiva fecunda para pensar la ciencia, para apostar incluso a difundirla y enseñarla considerando todos sus aspectos -también los no positivos- porque únicamente conociendo el estado de las cosas se pueden pensar estrategias para mejorarlo. 

 

1. investigación científica y desarrollo tecnológico

 

Cuentan los biólogos que la lapa zapatilla, un molusco que habita en aguas cenagosas, observa la peculiar conducta de agruparse con otras amontonándose verticalmente. Las lapas de menor tamaño se acoplan sobre las mayores formando una pila de doce o más individuos. Las pequeñas, que ocupan la parte superior, son invariablemente machos. Las más grandes, que le sirven de apoyo, hembras. El acto en sí  no es banal ni censillo. Es una relación sexual. Los machos, a pesar de su escasa masa corporal, poseen órganos genitales tan largos como para alcanzar a las hembras que constituyen la plataforma del grupo. Y, si es necesario, sus finos órganos se deslizan como una antena contorneando a otros machos hasta lograr contacto con las hembras.

Pero la novela sexual de estas lapas no termina ahí. También cambian de sexo. Las formas juveniles maduran, en primer lugar, como machos y cuando crecen devienen hembras. Los animalitos que se instalan en la zona intermedia del conglomerado son transexuales. Machos que se están convirtiendo en hembras. En circunstancias especiales  también ellas se transforman.

Linneo (1707-1778) estableció los principios de la taxonomía natural en función de la sexualidad binaria, y bautizó esta especie de moluscos con el sugestivo nombre de Crepidula fornicata. Seguramente Linneo ignoraba los hábitos sexuales de las lapas, ya que las describió basándose en especímenes sueltos que encontraba en cajones de museo. Crepida, en latín, quiere decir “sandalia”, que se corresponde aproximadamente con el nombre vulgar de esta lapa, “zapatilla”, cuya forma recuerda vagamente la de un pequeño calzado. Pero ¿por qué le agregó fornicata?

El biólogo Sthephen Gould (1941-2002) confiesa que, siendo adolescente, festejaba  la inventiva libidinosa de Linneo. Pero sufrió una desilusión cuando se enteró que fornix, en latín, significa “arco”, e infirió que Linneo habría elegido fornicata para indicar la forma suavemente arqueada de la base del molusco. Este descubrimiento fue un poco decepcionante para el joven Gould, pero estimuló su atracción por estos animalitos, a quienes siguió investigando de adulto.

La historia de la ciencia no es unidireccional. La lingüística le suministró al estudio de las formas de la vida una asociación entre las curvas arquitectónicas, las anatómicas, y el sexo. Los romanos construían compartimientos de piedras abovedadas en las partes subterráneas de los grandes edificios. En esas oscuras concavidades se producían festivos encuentros. A partir de ello, los primeros escritores cristianos desarrollaron el verbo fornicare como sinónimo de frecuentar lugares de hacinamiento  al abrigo de los arcos escondidos.

¿Esta acepción fue la inspiración para Linneo? Ante la casi imposibilidad técnica de que en su época hubiera podido observar la conducta reproductiva de esos seres mínimos, subsiste un interrogante, ¿intuyó Linneo, la vida sexual de las lapas o simplemente relacionó su aspecto físico con los arcos?, ¿cómo y cuándo se fue construyendo conocimiento sobre la vida de estos moluscos?,  ¿se los investiga sólo por el placer de conocer la naturaleza o de ese conocimiento se podrían derivar tecnologías?

Distintas etapas constituyen –convencionalmente- el proceso de búsqueda tecnocientífica que, si pretende inserción en los cánones de la producción de conocimiento sólido, deberá seguir ciertos lineamientos. Aunque durante el proceso no se tenga demasiado claro en qué etapa uno se encuentra, ni importe demasiado. Pero una vez finalizado el recorrido se puede analizar. A continuación enuncio las etapas canónicas de la investigación científica.

 

1)      Investigación básica pura. Es la investigación cuyo objeto de estudió es elegido libremente por el investigador con la finalidad de producir conocimiento, sin proyecto de aplicación técnica.  En nuestro ejemplo, esta categoría comprende tanto la clasificación taxonómica de Linneo, como  los estudios biológicos de Gould (en distintos momentos de su vida), siempre y cuando investigaran libremente, aun cuando estuviesen subsidiados.

2)      Investigicón básica orientada. Corresponde a la indagación exenta de aplicación técnica pero que debe encausarse según la línea requerida  por una agencia de investigación patrocinante. Aunque los investigadores obtuvieran prebendas económicas o institucionales continuarían en esta etapa.

3)       Investigción aplicada. Imaginemos que por intereses económicos, ecologistas o de cualquier otro orden, se estableciera la consigna de intervenir técnicamente sobre las comunidades de lapas. En ese caso es obvio que deberán proyectarse planes de acción para la transición hacia el uso concreto de las teorías. Los investigadores desarrollan entonces modelos teóricos que eventualmente podrían convertirse en realidades materiales. Se diseñan prototipos. Se inventan planes de actividades y procedimientos para obtener las modificaciones buscadas. En este caso y sin que se intervenga directamente en el objeto estudiado, se está implementando investigación aplicada, no porque realmente se aplique, sino porque se instrumentan los medios para una aplicación posible.

4)      Tecnología. Si se decidiera actualizar los modelos diseñados y producir modificaciones sobre las lapas zapatillas, se aplicaría el conocimiento. Esta es la etapa tecnológica. Requiere de personas bien entrenadas para instrumentar los medios establecidos por los investigadores, es decir, personal capacitado para la técnica.

 

El desarrollo de la investigación forma parte de un complejo dispositivo pero con fines analíticos se puede desglosarse así: 

                                                                            

Investigación básica pura

              

Investigación básica orientada

               

Investigación aplicada

               

Tecnología

 

El devenir tecnocientífico no siempre reviste esa clara distinción en la práctica. De hecho, en el discurso cotidiano se denomina “investigación básica” tanto a la pura como a la orientada; y “técnica”, “tecnología” o “ciencia aplicada” tanto a la investigación aplicada como a la tecnología (técnica y tecnología operan como sinónimos).

El conocimiento científico se caracteriza por ser claro, preciso, provisorio, objetivo, controlable,  metódico,  sistemático, viable, descriptivo, explicativo, predictivo, lógicamente consistente y fecundo. Pero lo tecnocientífico se produce desde las entrañas mismas de lo vital e histórico; donde la racionalidad no se escinde de los afectos, el conocimiento no se produce aislado de los dispositivos económicos, la investigación no queda exenta de responsabilidad moral, y el respeto por la naturaleza sigue siendo una asignatura pendiente.

 

2. Clasificación de las ciencias

 

Obligar a la naturaleza a que responda a lo que se le propone es la clave de bóveda sobre la que se elevó la empresa moderna bautizada “ciencia”. Pero al agotarse o hiperdesarrollarse los ideales de la modernidad, nos encontramos con un nuevo tipo de conocimiento y de prácticas relacionadas con él, y con un planeta que comienza a emitir signos alarmantes de la devastación  tecnocientífica.

En consecuencia, el volumen histórico que desde el siglo XVI hasta mediados del XX fue ocupado por la ciencia, es habitado actualmente por el tipo de conocimiento y formas de vida interactuando que, provisoriamente, denomino “posciencia”. Aunque con fines prácticos hablo de “ciencia” o “tecnociencia” para referirme a la empresa científica y tecnológica actual.

Una de las tantas exigencias del conocimiento científico moderno fue que la investigación se desarrollara en el interior de los rígidos límites de cada disciplina.  Pero a partir de la complejidad y la proliferación de  nuevos saberes difícilmente una disciplina puede hoy “abastecerse a sí misma”. Es evidente que existen indagaciones que forzosamente deben restringirse a su especificidad. Pero difícilmente algún área de la investigación se pueda perjudicar por abrir sus fronteras a conocimientos provenientes de otras disciplinas.

Si se desea lograr una mezcla armónica de colores, primero se debe considerar cada color en sí mismo. Traducido a la actual propuesta, si se quiere promover investigaciones interdisciplinarias y transdisciplinarias, es conveniente  diferenciar de algún modo las disciplinas. Me pliego en esto a la clasificación canónica entre ciencias formales y ciencias fácticas.

Las ciencias formales comprenden la matemática y la lógica. Su objeto de estudio son entes ideales que no existen en el espacio-tiempo, a no ser como signos vacíos de contenido. Carecen de encarnadura empírica. No refieren a ninguna realidad extralingüística. Los enunciados de las ciencias formales son analíticos. Permiten determinar su valor de verdad desde el mero análisis de su forma. Por ejemplo:

 

Un triángulo es una figura de tres ángulos.

 

Es una proposición analítica y, como tal, expresa en el predicado lo que ya anunció en el sujeto. No agrega información. Se trata de una verdad formal. El método de las ciencias formales es deductivo. Exige que a partir de la verdad de algunos enunciados cruciales, se infiera el valor de verdad de otros enunciados del mismo sistema.

Por su parte las ciencias fácticas se subdividen en ciencias naturales y ciencias sociales. Su objeto de estudio son entes empíricos y, al interior de estas ciencias, el objeto de estudio es la naturaleza en las disciplinas naturales, y lo humano en las sociales. Los enunciados de las ciencias fácticas son sintéticos, brindan información extralingüística. Pongamos por caso:

 

En la lucha por la supervivencia sobreviven los más aptos.

 

El valor de verdad de esta proposición ha de buscarse más allá de su forma, en los datos de la experiencia. Este enunciado, cuya extensión es universal, encuentra corroboraciones empíricas singulares. Por ejemplo en las islas Galápagos, cuando las tortugas recién nacidas intentan alcanzar el mar para salvarse de las gaviotas, no todas lo logran.

Entre las gaviotas vale el mismo principio, algunas no consiguen devorar ningún bebé tortuga, son las menos aptas. Estamos ante estados de cosas a los que se accede siguiendo recursos de las ciencias fácticas: la contrastación empírica; con las variaciones y excepciones inherentes a cada disciplina, porque no siempre una contrastación es posible.

Existen tres disciplinas básicas en ciencias naturales: la física, la química y la biología; de ellas surgen otras disciplinas, como la bioquímica, la astrofísica, la biología molecular y la climatología, entre muchas otras, algunas de última generación.

Por su parte, pertenecen a las ciencias sociales la historia, la psicología, la antropología, la geografía y la sociología, además de una gran variedad de disciplinas, pues también estas ciencias se siguen reproduciendo.

 

3. Disciplinas científicas e imaginario social

 

El filósofo y matemático español Emmanuel Lizcano ha realizado un estudio comparativo y minucioso de tres culturas diferentes entre sí, china antigua, griega clásica, y alejandrina tardía. Demuestra cómo la ciencia formal no está exenta de los prejuicios, tabúes y ensoñaciones que afectan a todos los mortales, incluso a los científicos, esto obviamente se refleja en sus productos cognoscitivos. Dice Lizcano que las matemáticas hunden sus raíces en los mismos imaginarios en los que se nutren los mitos que aspiran a reemplazar. Cada matemática brota de los idearios colectivos y se construye al compás de los conflictos entre los modos de representar (o inventar) esa ilusión que cada cultura denomina realidad. Las matemáticas se construyen desde ese saber que todos los moradores de una cultura compartimos y aun cuando –como entre nosotros- se constituye en un saber ejemplar, está expresando una concepción del mundo.

También en ciencias fácticas se detectan los rastros del imaginario social, de la autoridad y del poder. En los albores del siglo XX, Lord Rayleigh, un científico que gozaba de reconocido prestigio, envió un paper a la Asociación Británica para su evaluación. Se trataba de un documento sobre varias paradojas de la electromecánica. Por inadvertencia, cuando se despacho el artículo su nombre fue omitido. El trabajo se rechazó con el despectivo comentario de que el autor era  “un hacedor de paradojas”. Poco tiempo después, el documento fue enviado nuevamente a la Asociación con el nombre del prestigioso científico, entonces el artículo no solo fue aceptado, sino que se le ofrecieron al Lord toda clase de disculpas.

El conocimiento, como se ve en el episodio de Lord Rayleigh, necesita reconocimiento social. Por otra parte, el conocimiento no es algo que exista antes que los sujetos de conocimiento, ni que se imprima en él como si los humanos fueran una hoja en blanco. Los saberes surgen de las prácticas sociales y de los discursos, son construidos por los sujetos y -a la vez- producen modificaciones en ellos.

Incluso algunas formas de buscar la verdad migran de una disciplina a otra, o de formas sociales a metodologías científicas. Por ejemplo, la prueba, la indagación y el examen -métodos propios de la investigación científica- surgieron por analogía con formas jurídicas antiguas, medievales y modernas, respectivamente, y actualmente persisten en ambas (la investigación científica y la investigación judicial). Son dispositivos de saber que traspasaron los límites jurídicos y se instalaron como instrumentos de conocimiento. Representan un modelo posible de interacción entre la investigación científica y las formas sociales. Este tema es desarrollado por Michel Foucault en La verdad y las formas jurídicas.

 

4. Las ciencias sociales y el poder

 

¿Por qué la ciencia moderna hizo un baluarte de la medición? ¿Por qué si algo es medible puede aspirar a ser  –eventualmente-  objeto de estudio calificado y, de lo contrario, se convierte en algo sospechoso para los tribunales científicos y epistemológicos? En la entrada del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Chicago brilla un famoso aforismo que dice “Si no se puede medir, el conocimiento será pobre e insatisfactorio”. Es obvio que todos recordamos el lema de la Academia  de Platón “No puede entra quien no es geómetra”. Pero no solo miles de años, sino una concepción totalmente diferente de ciencia se interponen entre la bandera supuestamente enarbolada por Platón y el moderno eslogan de Chicago atribuido a  William Thomson (lord Kelvin) que proclama, en la entrada misma de un “templo” de las ciencias sociales, la necesidad imperiosa de la medición.

No olvidemos que la medición es uno de los grandes baluartes de las ciencias naturales. Pero si bien puede existir transdisciplinareidad, no existe carácter transitivo de unas disciplinas a otras. Si los objetos de estudios difieren,  otros serán los medios de abordarlos. Sin embargo para ciertas posturas teóricas -que no suelen detenerse en consideraciones humanísticas- las disciplinas sociales deberían regirse por el mismo método que las naturales. Esto es reduccionismo naturalista.

El conductismo social -de origen estadounidense-  responde al imperativo naturalista. Pero en general las ciencias sociales se manejan con pluralidad metodológica.

¿Dónde debe buscarse entonces el motivo de que las ciencias duras pretendan prevalecer sobre las llamadas (no ingenuamente) “blandas”? Las ciencias sociales  comparten con las formales y las naturales un dispositivo político-cultural en el que se expresan ejercicios de poder, como subsidios para la investigación, cargos académicos, empresariales, estatales, multinacionales; difusión en revistas científicas, canales televisivos y otros medios; invitaciones a eventos internacionales, instalaciones para desarrollar investigación, reconocimientos simbólicos y económicos, patentes, convenios y contratos. Son espacios en los que las ciencias duras, en general, tienen mayor presencia que las sociales.

De lo dicho se desprenden sin dificultad la comprensión de las luchas de poder que se enmascaran detrás del amor a la verdad, la neutralidad ética y el mandato de que las disciplinas sociales se sometan a las naturales. Queda claro asimismo en qué tipo de investigación  prefieren invertir quienes apuestan a la tecnociencia. Se comprende también por qué las ciencias naturales se desarrollan a pasos agigantados, mientras algunas de las sociales dan pasitos. La densidad del poder (los verdaderos aparatos de poder tecnocientífico) reside en la actividad  de las ciencias naturales con su contundente eficacia económico-tecnológica; la industria de drogas medicamentosas, para citar sólo un caso, moviliza más millones de dólares que la industria petrolera. Ante esta situación es obvio –aunque injustificable- que se intente desacreditar la fuerza implícita en lo científico social que es más proclives a la constatación  de injusticias sociales y a brindar soluciones que requieren largos plazos y que, además, son poco o nada rentables. A no ser cuando la tecnociencia social se pone al servicio de prácticas coercitivas alimentando aun más la máquina tecnocrática.

 

5. Ética de la investigación

 

-          ¿Es un objetivo valioso la extensión de la vida humana siendo su destino ineluctable  el geriátrico?

-          ¿Es relevante crear bebés de diseño en un mundo en que los niños naturales mueren de inanición?

-          ¿Es pertinente fabricar trabajadores robóticos en sociedades con alarmante tasa  de desocupación?

 

La biología neoevulocionista, los estudios sobre las microrrealidades, la informática y la robótica se retroalimentan e intensifican. A partir de los espectaculares desarrollos en estas disciplinas, la ciencia más que nunca parece arañar la inmortalidad de las células y la prolongación indeterminada de la vida humana, la fabricación artificial  de hijos, el desarrollo de  técnicas agrícolas transgénicas y la construcción de robots multiusos son  sólo algunos ejemplos.

En los países centrales existen legislaciones estrictas que controlan la liberación de organismos genéticamente modificados y abundan instituciones no gubernamentales que multiplican sus cuestionamientos a las manipulaciones de la naturaleza. Pero el mercado biotecnológico, que se alimenta de la experimentación sobre formas de vida, encontró la manera de salvar esos escollos. Se comenzaron a realizar investigaciones empíricas en países periféricos que, en general, carecen de aparatos legales efectivos, ignoran el avasallamiento del que están siendo víctimas o se manifiestan impotentes para impedirlo, sean cual fueren los motivos.

Sin embargo, a partir del derrumbe del imperio de los yuppies en las últimas estribaciones del segundo milenio, la ética comenzó a gozar de mejor prensa. No por amor a la ética, sino por los inconvenientes que suelen traer aparejado carecer absolutamente de ella. No obstante el estallido de la burbuja financiera de 2008 representa una prueba evidente de la carencia ética que suele imperar en el mundo del poder. Los abusos detectados en algunos sectores de ese mundo impulsaron la reflexión ético-filosófica. Se comenzó a imponer la noción de “ética aplicada”, que cumple metodológicamente el imperativo de las éticas universalistas, ya que según se entiende comúnmente aplicar supone subsumir una particularidad en un concepto universal previamente determinado.

Ahí lo universal sale indemne de su encuentro con lo particular. Pues no existen términos de coordinación legitimados por prácticas democráticas. Existe sometimiento y dominación entre quienes sufren el poder y quienes lo ejercen. Habría que imaginar una inversión del clásico paradigma de la “aplicación” como orientador de la reflexión-acción, porque la aplicación  distorsiona los vínculos al presentarlos como recetas teóricas  siempre en dirección descendente:

 

-          de la universalidad de los principios teóricos a la singularidad de los casos concretos,

-           de la omnipotencia de quienes ejercen poder a la impotencia de los que carecen de él.

       Por el contrario, si se construyeran marcos valorativos

-          desde prácticas concretas y deliberativas hacia la búsqueda de consensos, y

-          desde las condiciones reales de vida a las finalidades consideradas valiosas,

 

se lograría, si no justicia en sentido estricto, quizá cooperación e intercambio. Siempre y cuando se logre otra inversión: que la reflexión ética comience antes de iniciarse una investigación y que -en caso de llevarse a cabo- las consideraciones éticas acompañen el proceso investigativo hasta su consumación o suspensión.

Desde hace varias décadas se instrumentan medios para la reflexión ético-tecnológica. Es decir, se producen innovaciones tecnocientíficas y luego -eventualmente- se debate si su utilización tiene o no connotaciones morales. Esa discusión debería darse en el terreno de la investigación básica; es decir, con anterioridad a la consolidación de los proyectos y con participación de representantes de diversos estratos sociales. La aplicación tecnológica es demasiado invasiva como para dejarla solamente en manos de expertos comprometidos con la empresa o con la institución en la que se desempeñan, pues una vez que los productos están al alcance de la industria son irremediablemente fagocitados por el  hiperconsumo. Demasiado tarde para lágrimas.

La verdad desnuda es que el conocimiento es un valor de cambio.Además,  la ciencia se desarrolla más rápidamente que lo político-social. En definitiva, a pesar de tantos análisis que intentan legitimar el conocimiento científico mediante formalismos metodológicos, las teorías y las innovaciones tecnocientíficas no se imponen por sus métodos ni por el manejo de la lógica, menos aun de la ética, sino que, en gran medida, triunfan y se consolidan a partir de los intereses del mercado. Cabe agregar que de nada valdrían los debates ético-científicos si faltara voluntad política para instrumentar las conclusiones.

Pero no por ello se debe relegar la incitación a la reflexión ética; el ser tiene en ella su morada. La ética existe en el cruce de fuerzas entre la racionalidad y el deseo, y subsiste a pesar de la corrupción, la obsolescencia de los códigos y la ambición desenfrenada.

Ahora bien, si se tienen en cuenta los numerosos análisis que los expertos han realizado sobre la racionalidad científica, ¿no sería pertinente acaso ocuparse también de los avatares del deseo y del poder en relación con esa racionalidad? ¿Por qué el discurso de la filosofía de la ciencia, en general, se hace el distraído y mira para otra parte ante temas como “deseo”, “poder” o “discriminación”?, ¿cómo  la intensidad deseante y los dispositivos de poder -sin los cuales nada sería posible- pueden ser elididos de las consideraciones sobre la ciencia? El pensamiento sobre la racionalidad científica no se debería limitar únicamente a formalismos y verificaciones empíricas, sino considerar también la incidencia del deseo, las implicancias éticas y los mecanismos de poder. He aquí un desafío para seguir pensando y resistiendo, como cada día resistía Prometeo que, a pesar del suplicio, no se arrepintió de habernos legado los beneficios y los riesgos del fuego.

 

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