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Nietzsche
advierte el desmoronamiento de lo humano en el nihilismo, en
la grieta sin fondo producida por la muerte de Dios. Aunque
quien murió realmente es el sentido, la dotación de sentido.
Dios es una metáfora heredada, una concesión al pensamiento
representativo.
Demasiados siglos de vacío, mitigado o
escondido detrás del nombre de Dios, posibilitaron la
aplicación de otra metáfora para evocar su ausencia. Muerte.
Decimos muerte de Dios al desconcierto advenido a partir del
momento en que, según Heidegger,
se dejó de pensar el ser y se
apuntó simplemente al ente. Con el agravante de la carencia
de respuesta a los porqué, o con la obtención de respuestas
simplemente técnicas. La técnica ni siquiera provoca
balbuceos respecto del ser, pero grita con desmesura sobre
el ente, desde el ente, mediante el ente. En tiempos
nihilistas no se atisba una entrega
serena al pensar. Se avista,
más bien, una manipulación del lenguaje en función de la
eficacia. Se lo utiliza como parodia sustitutiva del juego
estético en el que gravita. Se lo arrasa.
En épocas de nihilismo, es decir desde
los griegos clásicos hasta nosotros, el lenguaje -cada vez
más-
ha sido disecado por el
vampirismo técnico. Primero por la filosofía sistemática,
luego por la razón científica, hoy por la postécnica. El
lenguaje ha sido invadido por la utilidad técnica y se ha
contaminado por su velocidad, y como lo veloz busca lo
breve, la lengua es compactada en siglas, códigos de chateo,
números identificatorios, mensajes de texto y otras
economías discursivas. Los informes técnicos omiten la
adjetivación. Los destinatarios humanos se convierten en
números. Transitamos un estadio poshumano. Pues si la
esencia del hombre, como dice Heidegger, es el pensar y en
nuestra época éste no tiene lugar, se disloca su esencia
aunque sigua siendo hombre, si bien no “puramente” humano.
Hoy los humanos además de interactuar con lenguajes
adocenados estamos atravesados por la técnica. Somos
cyborgs. Transitamos una vuelta de tuerca de la evolución.
Hemos accedido a la fusión entre vida y tecnología.
A partir de estas nociones sigo tres ejes de análisis. En
primer lugar repaso la concepción de nihilismo en Nietzsche.
Luego me refiero a la especial preocupación por la ausencia
de sentido en Heidegger. Finalmente aventuro la idea de que
ambas posturas se encontrarían en un pensamiento sobre la
contundencia de la técnica, considerada desde su inserción
en la complejidad del mundo.
1.
El nihilismo nietzscheano
Nietzsche piensa el nihilismo como
resultado de la pérdida de credibilidad en valores vitales.
Solo los griegos arcaicos habrían disfrutado en plenitud de
esos valores. El filósofo siente nostalgia por ese paraíso
perdido. No hay alegría en la proclamación nietzscheana de
la muerte de Dios. Hay pena por la tosquedad de los
mascarones con los que se intenta suplantarlo. La verdad
socrática, el bien platónico, el motor inmóvil, el
monoteísmo y -en otro nivel de nihilismo- la ciencia y la
técnica. Se suelen reconocen al menos tres tipos de
nihilismo en el pensamiento nietzscheano: el
decadente, el
integral y el
futuro.
El nihilismo
decadente es
calificado, por Nietzsche, como “monótono-teísmo” y alude a
la metafísica teológica. La metafísica occidental, aun
pretendiéndose laica, deifica sus conceptos rectores.
Postula que existen realidades abstractas más allá de lo
empírico, que residen en un espacio ideal, que fundamentan
la naturaleza y al mundo. Este nihilismo genera trasmundos
conceptuales a los que se priva de movilidad y cambio. Los
principios meta-físicos son como esqueletos intelectuales de
una vida que en realidad es precaria, imprevisible, finita.
Los metafísicos, esos “albinos del pensamiento”, inventan
principios rectores y luego se arrodillan ante su sombra.
Pero en realidad, no hay nada más allá
de la physis y el
mundo, al menos nada que nosotros podamos conocer. Sin
embargo, se erige un fundamento como principio inmutable que
originaría y contendría al devenir, a este cambio permanente
que se nos manifiesta por doquier. El esfuerzo nietzscheano
reside en mostrar que esa actitud negadora de la vida
responde a la decadencia, a la falta de energía para
enfrentar lo azaroso de la existencia. El temor de no tener
algo estable, único y verdadero donde aferrarse es
decadente, en tanto postula hipóstasis negadoras del cuerpo
y de sus impredecibles circunstancias. Los filósofos
monoteístas, que creen haber superado el mito y la religión,
sufren también compulsión hacia un principio inmutable que
le otorgue sentido a la acción humana. El nihilismo
decadente, según Nietzsche, responde a la figura del
camello, el animal agobiado por el peso de su carga.
El primer nihilismo, acechado por la
sombra de Dios, es destruido por un segundo nihilismo, el
integral. Sus
representantes son quienes Nietzsche, no sin ironía,
denomina
“espíritus libres”. Ellos se enrolan en las filas de la
ciencia. Este nihilismo históricamente corresponde al
surgimiento de la modernidad. Desde la visión heideggeriana
es la época de la
ratio, del imperio de la racionalidad científica. El
espíritu libre nietzscheano es la encarnación del
escepticismo aplicado a todas las cuestiones, especialmente
a las más idealizadas. Pero se descubre que detrás de ese
escepticismo también se encuentra la necesidad de tener un
ideal para aferrarse, si bien los espíritus libres no se dan
cuenta porque están muy ocupados destruyendo las sombras de
Dios. Sin embargo, comenzaron inventando un sentido y
terminaron olvidándose que lo habían inventado. Lo
convirtieron en la verdad trascendente de las leyes
“naturales” y de la lógica. La voluntad de verdad científica
sustituyó la postulación de mundos ideales monoteístas, pero
terminó creyendo en una objetividad y una verdad válidas por
sí mismas. La voluntad científica persiste en un nihilismo
negador del poder y del cuerpo. Su figura es la del león,
que se despojó de las cargas que agobiaban las espaldas del
camello, pero su apego a la
ratio lo condena
a subsistir en cuatro patas.
Cabe esperar entonces un tercer
nihilismo, el futuro.
Este nihilismo se concibe auspicioso porque sabe de la
muerte de Dios, tanto en su versión teológico-filosófica
como tecno-científica y acepta el sin sentido. Se plantea la
posibilidad de construcción de nuevos
sentidos,
asumiéndolos como simulacros. Sin pretensión de encontrar
verdades ni de postular cosas en sí. Es el nihilismo del
filósofo artista que asume la verdad como metáfora. El que
actúa de un modo intempestivo que, en Nietzsche, significa
tanto actuar contra el tiempo como a favor de un tiempo por
venir, reafirmando siempre el momento presente, los hechos.
Los espíritus libres allanaron el camino del nihilismo
futuro, fueron su transición, pero se aferraron al tiempo
inmutable de las leyes que ellos mismo crearon. Las
inventaron y luego las proclamaron inmutables.
El nihilista creativo, en cambio, crea
nuevos valores sobre la tela de araña de la racionalidad
científica. Desaparece el principio fundante y, en su lugar,
se produce un desocultamiento de sentidos momentáneos,
cambiantes, aceptadores del tiempo. Sin aspiración de
eternidad. Un politeísmo de valores sin fundamento, que
destruye las nociones de sujeto, unidad, verdad, moral y los
demás ídolos del pensamiento tradicional. Al eliminar la
noción de principio se hace posible la multiplicidad vital.
Nietzsche no solo destruye la escala de valores, sino el
espacio en el que se sostenían. No invierte los valores, los
deja precipitarse en caída libre. Ni siquiera la voluntad de
poder queda en pie como
principio. La voluntad de poder
es interpretante, obra perspectivamente
respondiendo a un pluralismo
que no pretende unificación. El camello del primer
nihilismo, transformado en león en el segundo, deviene niño
en el nihilismo futuro. Nietzsche no cree en sus propios
simulacros, pero como sabe que ni los nómadas pueden vivir
sin viviendas momentáneas construye falsificaciones,
refugios pasajeros, dioses fugaces.
2. El peligro heideggeriano
Heidegger
apunta a una superación del nihilismo orientando el pensar
hacia
la
técnica, hacia esa inquietante figura del ser surgida en la
modernidad. Pero no se trata de pensar la técnica únicamente
como mero instrumento, aunque lo sea. Se trata de pensarla
en tanto se instaura entre el cielo y la tierra, entre los
humanos y los divinos. Se trata de nuestro modo de ser en el
mundo y, en función de ello, la esencia de la técnica
reclama ser penetrada por el pensar meditativo.
Si buscásemos la esencia del árbol
tendríamos que elegir aquello que domina a través de los
diferentes árboles,
aquello que se pudiera encontrar entre los alerces, los
robles, los pinos, los arrayanes y los restantes árboles. Si
la esencia no reside en la existencia de un árbol
particular, sino en el engranaje formado por los árboles, el
mundo y el ser que los piensa; otro tanto ocurre con la
técnica, cuya esencia no es algo técnico. Pero tampoco
avanzaremos en nuestra búsqueda si consideramos la técnica
como algo neutral, a la manera de los epistemólogos
neopositivistas. La supuesta neutralidad de la tecnociencia
solo consigue cegarnos respecto de su esencia. Según
Heidegger, es en este punto donde anida el peligro. No
específicamente debido al potencial de la técnica,
independientemente de que en sí misma entrañe riesgos, sino
por la amenaza de que permanezca en el misterio para
nosotros, sus creadores, sus usuarios, los que formamos
mundo con ella.
El filósofo señala senderos posibles,
dice que la esencia de la técnica es la convergencia con el
mundo, aunque también su distanciamiento. El acecho de la
verdad y su ocultamiento. Porque la falta de cercanía entre
técnica, humanos y mundo ejerce su propio disimulo y -entre
los destellos del esconder y el develar- nos deja ver que, a
veces, es el humano un medio para la técnica. Ella lo
arrastra tras de sí como mero instrumento. En definitiva la
esencia de la técnica es el ser mismo con su propensión al
misterio y el silencio, aunque también al ocasional
develamiento.
En
el desocultamiento de la técnica mediante el pensar se
encontraría, para Heidegger, la salida del nihilismo, ya que
“cuanto más nos acerquemos al peligro, tanto más claramente
comienza a destellar el camino hacia lo salvador, tanto más
preguntadores llegamos a ser. Pues el preguntar es la
devoción del pensar.”
3. El encuentro errático con lo poshumano
Cuando los seres prehistóricos
convirtieron una rama en palanca o el hueso de un cadáver en
arma, la técnica comenzó a operar como prótesis, como
extensión de las posibilidades humanas, como aditamentos
externos. Pero desde mediados del siglo XX la técnica se
atrevió a introyectarse en los organismos biológicos.
Injertos, trasplantes, implantes, manipulaciones genéticas,
híbridos biológico-tecnológicos. Ante este panorama se
impone pensar no solamente la técnica, tal como la
conocieron Nietzsche e incluso Heidegger, sino también la
circunstancia del devenir técnica de lo humano. Los desafíos
de la ingeniería genética y los desarrollos de las
tecnologías digitales nos fuerzan a encarar nuevamente la
pregunta de qué significa ser humano. En la época de la
postécnica los minerales devienen estructura ósea, las
combinaciones químicas circulan por la sangre, los chips se
insertan en la carne y se avizora incluso la posibilidad de
ser no-carne. El traspaso de redes neuronales al
ciberespacio concretaría, en unos decenios más, al hasta
ahora hipotético sujeto virtual.
El analista de la cultura Gregory Stock considera que antes
de finalizar el siglo XXI desaparecerá el último humano.
En esta prognosis tal desaparición será motivada por la
genética y la biotecnología, que permitirán mutaciones que
ya se están produciendo. Estas transformaciones apuntan a un
nuevo modo de ser humano que ha dado en llamarse poshumano o
transhumano.
Según Donna Haraway tenemos que repensar lo político en
función de nuestra paulatina transformación en cyborgs.
Parangonando al Heidegger de 1955, podríamos decir que esta
realidad biotécnica “está hoy
más cerca del hombre que el
propio labrantío en torno a la finca, más cerca que el cielo
que cubre el campo, más cerca que la marcha de las horas del
día y la noche, más cerca que los usos y costumbre de la
aldea”.
Nietzsche se conmocionó ante el nihilismo y señaló caminos
para transitarlo abriendo posibilidades de sortearlo,
conservándolo. También Heidegger se estremeció ante la
sustracción de sentido y consideró formas posibles de
superar la nada. Ambos atisbaron que se aproximaba una
transformación por medio de la técnica. Incluso Nietzsche
vaticinó nuestro destino poshumano. En estos filósofos no
alienta un pensar desde fundamentos universales y
pretendidamente atemporales. Ahora bien, si consideramos que
lo contrario del fundamento es la errancia; me pregunto cómo
habría que errar por el nihilismo actual instalado en el
entre-dos formado por la naturaleza y lo técnico, lo
biológico y lo digital, lo vital y la máquina.
Nietzsche, F.,
Así habló
Zaratustra, Buenos Aires, Alianza, 1994;
La genealogía
de la moral, Madrid, Alianza, 1993;
La ciencia
jovial, Caracas, Monte Ávila, 1999;
Fragmentos póstumos, Bogotá, Norma, 1995;
El ocaso de
los ídolos, Barcelona, Tusquet, 2005.
Cragnolini, M., “Nietzsche, la moral y el
nihilismo”, en
Cuadernos de
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Cragnolini, M., “Ciberespacio y potencia de
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Bartleby:
preferiría no. Lo bio-político, lo post-humano,
Buenos Aires,
La Cebra, 2008.
Haraway, D., “A Cyborg Manifesto: Science,
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Cyborgs and Women: The Reinvention of Nature,
New York, Routledge, 1991.
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Apuntes de
Cátedra del Profesor A. Carpio, Buenos Aires,
Tekné, 1969.
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