Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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NIETZSCHE, HEIDEGGER Y LA ERRANCIA POR EL NIHILISMO POSHUMANO

Esther Díaz

 

Friedrich NietzscheNietzsche advierte el desmoronamiento de lo humano en el nihilismo, en la grieta sin fondo producida por la muerte de Dios. Aunque quien murió realmente es el sentido, la dotación de sentido. Dios es una metáfora heredada, una concesión al pensamiento representativo.

Demasiados siglos de vacío, mitigado o escondido detrás del nombre de Dios, posibilitaron la aplicación de otra metáfora para evocar su ausencia. Muerte. Decimos muerte de Dios al desconcierto advenido a partir del momento en que, según Heidegger,  se dejó de pensar el ser y se apuntó simplemente al ente. Con el agravante de la carencia de respuesta a los porqué, o con la obtención de respuestas simplemente técnicas. La técnica ni siquiera provoca balbuceos respecto del ser, pero grita con desmesura sobre el ente, desde el ente, mediante el ente. En tiempos nihilistas no se atisba una entrega  serena al pensar. Se avista, más bien, una manipulación del lenguaje en función de la eficacia. Se lo utiliza como parodia sustitutiva del juego estético en el que gravita. Se lo arrasa.

En épocas de nihilismo, es decir desde los griegos clásicos hasta nosotros, el lenguaje -cada vez más-  ha sido disecado por el vampirismo técnico. Primero por la filosofía sistemática, luego por la razón científica, hoy por la postécnica. El lenguaje ha sido invadido por la utilidad técnica y se ha contaminado por su velocidad, y como lo veloz busca lo breve, la lengua es compactada en siglas, códigos de chateo, números identificatorios, mensajes de texto y otras economías discursivas. Los informes técnicos omiten la adjetivación. Los destinatarios humanos se convierten en números. Transitamos un estadio poshumano. Pues si la esencia del hombre, como dice Heidegger, es el pensar y en nuestra época éste no tiene lugar, se disloca su esencia aunque sigua siendo hombre, si bien no “puramente” humano. Hoy los humanos además de interactuar con lenguajes adocenados estamos atravesados por la técnica. Somos cyborgs. Transitamos una vuelta de tuerca de la evolución. Hemos accedido a la fusión entre vida y tecnología.

A partir de estas nociones sigo tres ejes de análisis. En primer lugar repaso la concepción de nihilismo en Nietzsche. Luego me refiero a la especial preocupación por la ausencia de sentido en Heidegger. Finalmente aventuro la idea de que ambas posturas se encontrarían en un pensamiento sobre la contundencia de la técnica, considerada desde su inserción en la complejidad del mundo.

 

1. El nihilismo nietzscheano

 

Nietzsche piensa el nihilismo como resultado de la pérdida de credibilidad en valores vitales. Solo los griegos arcaicos habrían disfrutado en plenitud de esos valores. El filósofo siente nostalgia por ese paraíso perdido. No hay alegría en la proclamación nietzscheana de la muerte de Dios. Hay pena por la tosquedad de los mascarones con los que se intenta suplantarlo. La verdad socrática, el bien platónico, el motor inmóvil, el monoteísmo y -en otro nivel de nihilismo- la ciencia y la técnica. Se suelen reconocen al menos tres tipos de nihilismo en el pensamiento nietzscheano: el decadente, el integral y el futuro.

El nihilismo decadente es calificado, por Nietzsche, como “monótono-teísmo” y alude a la metafísica teológica. La metafísica occidental, aun pretendiéndose laica, deifica sus conceptos rectores. Postula que existen realidades abstractas más allá de lo empírico, que residen en un espacio ideal, que fundamentan la naturaleza y al mundo. Este nihilismo genera trasmundos conceptuales a los que se priva de movilidad y cambio. Los principios meta-físicos son como esqueletos intelectuales de una vida que en realidad es precaria, imprevisible, finita. Los metafísicos, esos “albinos del pensamiento”, inventan principios rectores y luego se arrodillan ante su sombra.

Pero en realidad, no hay nada más allá de la physis y el mundo, al menos nada que nosotros podamos conocer. Sin embargo, se erige un fundamento como principio inmutable que originaría y contendría al devenir, a este cambio permanente que se nos manifiesta por doquier. El esfuerzo nietzscheano reside en mostrar que esa actitud negadora de la vida responde a la decadencia, a la falta de energía para enfrentar lo azaroso de la existencia. El temor de no tener algo estable, único y verdadero donde aferrarse es decadente, en tanto postula hipóstasis negadoras del cuerpo y de sus impredecibles circunstancias. Los filósofos monoteístas, que creen haber superado el mito y la religión, sufren también compulsión hacia un principio inmutable que le otorgue sentido a la acción humana. El nihilismo decadente, según Nietzsche, responde a la figura del camello, el animal agobiado por el peso de su carga.

El primer nihilismo, acechado por la sombra de Dios, es destruido por un segundo nihilismo, el integral. Sus representantes son quienes Nietzsche, no sin ironía,  denomina “espíritus libres”. Ellos se enrolan en las filas de la ciencia. Este nihilismo históricamente corresponde al surgimiento de la modernidad. Desde la visión heideggeriana es la época de la ratio, del imperio de la racionalidad científica. El espíritu libre nietzscheano es la encarnación del escepticismo aplicado a todas las cuestiones, especialmente a las más idealizadas. Pero se descubre que detrás de ese escepticismo también se encuentra la necesidad de tener un ideal para aferrarse, si bien los espíritus libres no se dan cuenta porque están muy ocupados destruyendo las sombras de Dios. Sin embargo, comenzaron inventando un sentido y terminaron olvidándose que lo habían inventado. Lo convirtieron en la verdad trascendente de las leyes “naturales” y de la lógica. La voluntad de verdad científica sustituyó la postulación de mundos ideales monoteístas, pero terminó creyendo en una objetividad y una verdad válidas por sí mismas. La voluntad científica persiste en un nihilismo negador del poder y del cuerpo. Su figura es la del león, que se despojó de las cargas que agobiaban las espaldas del camello, pero su apego a la ratio lo condena a subsistir en cuatro patas.

Cabe esperar entonces un tercer nihilismo, el futuro. Este nihilismo se concibe auspicioso porque sabe de la muerte de Dios, tanto en su versión teológico-filosófica como tecno-científica y acepta el sin sentido. Se plantea la posibilidad de construcción de nuevos  sentidos, asumiéndolos como simulacros. Sin pretensión de encontrar verdades ni de postular cosas en sí. Es el nihilismo del filósofo artista que asume la verdad como metáfora. El que actúa de un modo intempestivo que, en Nietzsche, significa tanto actuar contra el tiempo como a favor de un tiempo por venir, reafirmando siempre el momento presente, los hechos. Los espíritus libres allanaron el camino del nihilismo futuro, fueron su transición, pero se aferraron al tiempo inmutable de las leyes que ellos mismo crearon. Las inventaron y luego las proclamaron inmutables.

El nihilista creativo, en cambio, crea nuevos valores sobre la tela de araña de la racionalidad científica. Desaparece el principio fundante y, en su lugar, se produce un desocultamiento de sentidos momentáneos, cambiantes, aceptadores del tiempo. Sin aspiración de eternidad. Un politeísmo de valores sin fundamento, que destruye las nociones de sujeto, unidad, verdad, moral y los demás ídolos del pensamiento tradicional. Al eliminar la noción de principio se hace posible la multiplicidad vital. Nietzsche no solo destruye la escala de valores, sino el espacio en el que se sostenían. No invierte los valores, los deja precipitarse en caída libre. Ni siquiera la voluntad de poder queda en pie como  principio. La voluntad de poder es interpretante, obra perspectivamente  respondiendo a un pluralismo que no pretende unificación. El camello del primer nihilismo, transformado en león en el segundo, deviene niño en el nihilismo futuro. Nietzsche no cree en sus propios simulacros, pero como sabe que ni los nómadas pueden vivir sin viviendas momentáneas construye falsificaciones, refugios pasajeros, dioses fugaces.[1]

 

2. El peligro heideggeriano

 

Heidegger apunta a una superación del nihilismo orientando el pensar hacia  la técnica, hacia esa inquietante figura del ser surgida en la modernidad. Pero no se trata de pensar la técnica únicamente como mero instrumento, aunque lo sea. Se trata de pensarla en tanto se instaura entre el cielo y la tierra, entre los humanos y los divinos. Se trata de nuestro modo de ser en el mundo y, en función de ello, la esencia de la técnica reclama ser penetrada por el pensar meditativo.[2]

Si buscásemos la esencia del árbol tendríamos que elegir aquello que domina a través de los diferentes árboles,[3] aquello que se pudiera encontrar entre los alerces, los robles, los pinos, los arrayanes y los restantes árboles. Si la esencia no reside en la existencia de un árbol particular, sino en el engranaje formado por los árboles, el mundo y el ser que los piensa; otro tanto ocurre con la técnica, cuya esencia no es algo técnico. Pero tampoco avanzaremos en nuestra búsqueda si consideramos la técnica como algo neutral, a la manera de los epistemólogos neopositivistas. La supuesta neutralidad de la tecnociencia solo consigue cegarnos respecto de su esencia. Según Heidegger, es en este punto donde anida el peligro. No específicamente debido al potencial de la técnica, independientemente de que en sí misma entrañe riesgos, sino por la amenaza de que permanezca en el misterio para nosotros, sus creadores, sus usuarios, los que formamos mundo con ella.

El filósofo señala senderos posibles, dice que la esencia de la técnica es la convergencia con el mundo, aunque también su distanciamiento. El acecho de la verdad y su ocultamiento. Porque la falta de cercanía entre técnica, humanos y mundo ejerce su propio disimulo y -entre los destellos del esconder y el develar- nos deja ver que, a veces, es el humano un medio para la técnica. Ella lo arrastra tras de sí como mero instrumento. En definitiva la esencia de la técnica es el ser mismo con su propensión al misterio y el silencio, aunque también al ocasional develamiento.  En el desocultamiento de la técnica mediante el pensar se encontraría, para Heidegger, la salida del nihilismo, ya que “cuanto más nos acerquemos al peligro, tanto más claramente comienza a destellar el camino hacia lo salvador, tanto más preguntadores llegamos a ser. Pues el preguntar es la devoción del pensar.”[4]

 

3. El encuentro errático con lo poshumano

 

Cuando los seres prehistóricos convirtieron una rama en palanca o el hueso de un cadáver en arma, la técnica comenzó a operar como prótesis, como extensión de las posibilidades humanas, como aditamentos externos. Pero desde mediados del siglo XX la técnica se atrevió a introyectarse en los organismos biológicos. Injertos, trasplantes, implantes, manipulaciones genéticas, híbridos biológico-tecnológicos. Ante este panorama se impone pensar no solamente la técnica, tal como la conocieron Nietzsche e incluso Heidegger, sino también la circunstancia del devenir técnica de lo humano. Los desafíos de la ingeniería genética y los desarrollos de las tecnologías digitales nos fuerzan a encarar nuevamente la pregunta de qué significa ser humano. En la época de la postécnica los minerales devienen estructura ósea, las combinaciones químicas circulan por la sangre, los chips se insertan en la carne y se avizora incluso la posibilidad de ser no-carne. El traspaso de redes neuronales al ciberespacio concretaría, en unos decenios más, al hasta ahora hipotético sujeto virtual. 

El analista de la cultura Gregory Stock considera que antes de finalizar el siglo XXI desaparecerá el último humano.[5] En esta prognosis tal desaparición será motivada por la genética y la biotecnología, que permitirán mutaciones que ya se están produciendo. Estas transformaciones apuntan a un nuevo modo de ser humano que ha dado en llamarse poshumano o transhumano.[6]

Según Donna Haraway tenemos que repensar lo político en función de nuestra paulatina transformación en cyborgs.[7] Parangonando al Heidegger de 1955, podríamos decir que esta realidad biotécnica “está hoy  más cerca del hombre que el propio labrantío en torno a la finca, más cerca que el cielo que cubre el campo, más cerca que la marcha de las horas del día y la noche, más cerca que los usos y costumbre de la aldea”.[8]

Nietzsche se conmocionó ante el nihilismo y señaló caminos para transitarlo abriendo posibilidades de sortearlo, conservándolo. También Heidegger se estremeció ante la sustracción de sentido y consideró formas posibles de superar la nada. Ambos atisbaron que se aproximaba una transformación por medio de la técnica. Incluso Nietzsche vaticinó nuestro destino poshumano. En estos filósofos no alienta un pensar desde fundamentos universales y pretendidamente atemporales. Ahora bien, si consideramos que lo contrario del fundamento es la errancia; me pregunto cómo habría que errar por el nihilismo actual instalado en el entre-dos formado por la naturaleza y lo técnico, lo biológico y lo digital, lo vital y la máquina.

 



[1] Nietzsche, F., Así habló Zaratustra, Buenos Aires, Alianza, 1994; La genealogía de la moral, Madrid, Alianza, 1993; La ciencia jovial, Caracas, Monte Ávila, 1999; Fragmentos póstumos, Bogotá, Norma, 1995; El ocaso de los ídolos, Barcelona, Tusquet, 2005. Cragnolini, M., “Nietzsche, la moral y el nihilismo”, en Cuadernos de ética Nº 9, Buenos Aires, 1990; “Pensar, expresar y obrar después del nihilismo”, en Perspectivas nietzscheanas Nº 1, 1992. 

[2] Heidegger, M., “El peligro” (traducción Dina Picotti), en Obras completas, t.79, Frankfurt am Main, V. Klostermann, 1994; “Hacia la pregunta del ser”, en Acerca del nihilismo, Barcelona, Paidós, 1994.

[3] Heidegger, M., Ciencia y técnica, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1984, p. 71.

[4] Ibidem, p.107.

[5] Stock, G., Redesigning Humans. Our inevitable Genetic Future, Boston, Hough ton Miffin, , MA, 2002.

[6] Cragnolini, M., “Ciberespacio y potencia de suspensión”, en AAVV, Bartleby: preferiría no. Lo bio-político, lo post-humano, Buenos Aires, La Cebra, 2008.

[7] Haraway, D., “A Cyborg Manifesto: Science, Technology, and Socialist-Feminism en the Late Twentieth Century”, en Simians, Cyborgs and Women: The Reinvention of Nature, New York, Routledge, 1991.

[8] Heidegger, M., “Serenidad”, en Apuntes de Cátedra del Profesor A. Carpio, Buenos Aires, Tekné, 1969.

 

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