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ESTHER DÍAZ |
Doctora en filosofía |
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RESUMEN
Mientras la
música tonal construye edificios simbólicos cerrados sobre sí mismos
–por enorme y majestuosos que sean- la atonal abre agujeros por
todas partes. Se desmadra, enmudece, se fragmenta en series, se
pliega sin puntos predeterminados. Sonidos como tirados al aire por
azar, en fuga, similares a los conceptos de las filosofías
rizomáticas que se reconocen en la gratuidad de su hacer. Como en un
juego de espejos en la presente reflexión se realiza un recorrido
por momentos compartidos por filósofos y músicos, se piensan algunas
de las intensidades que atraviesan a la música y a la filosofía
entretejiéndolas, y se hacen ciertas anotaciones sobre Pierre
Boulez, Michel Foucault, Friedrish Nietzsche, Arnold Shöenbeng,
Ludwig Wittgenstein, Glend Gould, Gilles Deleuze y Gustav Mahler,
entre otros. Se destaca la a-significancia de la música y de la
filosofía como exponentes del sentido puro, no representativo,
agotado en sí mismo. El canto tal como
lo enseñas no son ansias, Rainer Maria Rilke, Cantos a Orfeo
Louis
Althusser ha llevado a sus alumnos al concierto. Los sonidos mágicos
estallarán en sus subjetividades que, así atemperadas, sobrellevarán
la ansiedad de las vísperas. Los discípulos del filósofo mañana
rendirán el más difícil de los exámenes: la agregación académica.
Han estudiado los textos, ahora hay que disponer los ánimos. Fueron
invitados a sumergirse en la música para enfrentar en mejores
condiciones el desafío del concepto. La música y el pensamiento
sistemático se expanden libremente desde el rigor formal. Tanto en
música como en filosofía el diagrama, el sostén “lógico” del
contenido, es opuestamente proporcional a la elegancia de los
resultados. Las partituras más cuidadas suelen producir la música
más creativa. Mejor dicho, la gran música exige partituras
exhaustivas, la gran filosofía también y, en la misma medida exigen
libertad, creación, líneas de fuga.
Althusser
considera que el contacto estético genera excelencia entre quienes
aspiran a foguearse en los laberintos filosóficos. Entre sus
discípulos se encuentra el joven Michel Foucault acompañado de Jean
Paul Aron, que levantará un monumento de palabras para evocar
aquella noche paradigmática.[i]
Los corrillos
se ocupan no solamente del virtuosismo del joven Boulez, sino
también de su desparpajo para denostar a intelectuales y artistas
con quienes no comulga. Su ímpetu renovador y el bullir de sus ideas
transgresoras atraviesan los límites de lo puramente musical.
Considera que las grandes obras creativas suelen construirse sobre
las ruinas de la tradición. “Deconstruir para construir” suele ser
el lema de los renovadores. Esa noche, en una apartado antes del
concierto, Boulez criticó duramente a André Gide -quien había
fallecido el año anterior- el escritor, según el joven músico, no
había aportado aire fresco a las letras contemporáneas. Las palabras
de Boulez, como su música, son
incisivas y cortantes. Con veintisiete años ya ha compuesto
obras originales en el contexto de la
escuela de París, que reivindica (desde 1945) la sucesión de
la segunda escuela de Viena. Olivier Messiaen, distinguido maestro
de Pierre Boulez, lo considera el mejor entre los mejores de su
época.[ii]
Algunas de
las creaciones de Boulez se reconocen tributarias de
la literatura. Su música está atravesada por obras de
escritores modernos. René Char y Stéphane Mallarmé son invocados por
él como los nuevos adalides del arte de su tiempo. A ellos les
dedicará dos de sus composiciones mayores:
Le Marteau sans maître,
pensada a partir de un poema de Char y
Pli selon pli, basada en
una posía de Mallarmé.[iii]
Aquella noche
la interpretación del prominente joven perturbó conceptualmente a
Foucault, que tiempo después se enamoró locamente de otro discípulo
de Messiaen, Jean Barraqué. Ese amor sirvió como mediador entre la
sensibilidad filosófica de Foucault y la impronta que la música de
Boulez (inscripta en el mismo registro que la de Barraqué) produjo
en su pensar.
Barraqué, al
principio de su carrera, se perfilaba
como rival de Boulez, quien no estableció contacto con
Foucault hasta finales de la década de 1970. Para entonces ya hacía
tiempo que Barraqué, malogrado en plena juventud, había muerto, no
sin antes haber compuesto excelentes obras, y haber cortado su
affaire con un Foucault
embriagado de amor que, después de casi dos años de relación, sufrió
duramente al ser abandonado por el joven compositor. Cuando mucho después, en 1975, Foucault presentó a Pierre Boulez al Collège de France como aspirante a una cátedra (que finalmente ganó), hacía veinte años que los dos creadores no se veían, a partir de ese momento coincidieron en algunos encuentros. Y aunque Boulez acompañó los restos mortales de Foucault, la relación entre ellos no había sido intensa, la imagen de una amistad fluida es una superstición intelectual. No lo es, en cambio, la atracción que Foucault sentía por la música de Boulez. Aunque no fue una pasión instantánea, al principio el filósofo resistía esa música; era la época en que aún seguía los derroteros de sus mentores académicos. Pero tan pronto como sintió la necesidad de oponerse a una filosofía basada en verdades presuntamente exentas de poder, y en principios universales, comenzó a transitar los deleites y el riesgo del pensamiento fragmentado, con su falta de verdades a priori y su amor a los hechos históricos. Comenzó también a valorar una música que no le teme al caos, que no pretende esconder lo azaroso bajo férreas tradiciones, que se asume libre de tonos dominantes, de melodías concesivas y de finales previsible. De manera similar, Foucault comenzó a ajustar la forma y el movimiento de cada uno de sus conceptos sin pretender certezas absolutas. Los ritmos de su pensar –como en cierto modo lo son los “no ritmos” de la música atonal- parecen ser instintivos, dominados por impulsos nerviosos más que por esquemas predeterminados, aunque sus conceptos son rigurosamente trabajados. Foucault inventa (o reinventa) un verbo filosófico que incluye el cuerpo y el deseo. Mediante su magia discursiva logra enriquecedores matices de ideas que permiten captar la diferencia entre realidad y expresión (filosófica, artística, científica). Su libro más logrado, en este sentido, es Las palabras y las cosas.[iv] Foucault llega al colmo de la
audacia cuando (recreando el legado de Nietzsche) intenta elaborar
un discurso que connote la “no representabilidad” mediante una
sucesión de asonancias y aliteraciones respecto de la filosofía
heredada, marginando la coherencia y la lógica tradicionales,
creando conceptos que destruyen la significación de las imágenes
representativas inventadas por la metafísica occidental. Tratando de
acceder a lo que yace oculto detrás de las prácticas sociales,
denunciando lo falaz de las categorías universales y señalando las
luchas de poder que se disfrazan de verdades trascendentales; o la
pretensión de verdad que el discurso positivista le otorga a las
leyes científicas, como si esa
representación conceptual que es una ley estuviera hecha de la
misma materia que la realidad. Sin embargo, no es Foucault, sino
Deleuze quien llegará más lejos en el intento al romper con el
discurso representativo de manera radical, rozando por momentos
aquellos niveles dionisiacos propiciados por Nietzsche.
Gilles
Deleuze, una vez superada su etapa “monográfica”,[v]
busca un discurso que se podría asimilar con la música atonal
coexistiendo con el espíritu del barroco.[vi]
Pues independientemente de lo despojado de algunas expresiones
musicales del siglo XX, ¿no hay acaso cierto barroquismo en obras
creadas para ser interpretadas por tres pianos, tres arpas y tres
instrumentos de percusión, o para un violoncello solo y seis
violoncellos?[vii],
¿o en otras de ritmos
imposibles, de silencios interminables o
compuestas a partir de un sistema de veinticinco tonos?[viii]
Son
manifestaciones de un arte que surge raleando y recargando sus
partículas creativas, que se produce
entre choque de fuerzas que pliegan, despliegan, envuelven y
desenvuelven sus formas, que produce rupturas más que continuidades
y que se desliza de manera serial repitiéndose en sus diferencias.
Refiriéndose al barroquismo en el arte, dice Deleuze:
Un arte infinito en el que todas sus piezas son máquinas plegadas
diferentemente y más o menos desarrolladas. Incluso comprimidos,
plegados y envueltos los elementos son potencias de ensanchamiento y
de estiramiento del mundo. Ni siquiera basta con hablar de una
sucesión de límites o de marcos, pues todo marco señala una
dirección del espacio [en el caso de la música, del tiempo] que
coexiste con las otras y cada forma se une al espacio ilimitado en
todas sus direcciones simultáneamente.[ix]
Lógica del sentido,[x]
El Antiedipo[xi] y
Mil mesetas[xii] son
quizás los tres libros que mejor reflejan esa no confesada vocación
deleuzeiana por la “atonalidad filosófica”. Y así como la música
atonal se despliega siguiendo formas diferentes de la música
tradicional sin dejar por ello de ser música, el pensamiento de
Deleuze rompe con la dictadura de los significantes representativos
sin que se desvanezcan los conceptos filosóficos. De modo tal que el
primero de los libros citados despliega series de paradojas reñidas
con la lógica binaria, que determinan el estatuto del sentido y del
sinsentido; el segundo texto muestra al inconciente como una fábrica
en la que el deseo no se define desde la falta -como
tradicionalmente lo pensó Occidente- sino desde la producción y la
creatividad; y el tercero desarrolla una teoría de la multiplicidad
que no presupone unidad alguna. En la introducción a la edición
italiana de esa obra Deleuze y Guattari expresan que les hubiera
gustado disponer de ritornelos musicales para su teoría, de lieder que conformaran cada plano de constitución del texto.
“Porque también la filosofía, de la tonadilla al más potente de los
cantos, no es otra cosa que una especie de
Sprechgesang cósmico. El
ave de Minerva (para hablar de manera hegeliana) tiene sus gritos y
sus cantos: los principios, en filosofía, son gritos en torno a los
cuales los conceptos componen canto en el auténtico sentido de la
palabra”[xiii]
En esa
aspiración de “escribir cantando” (y de pensar bailando), de hacer
filosofía como se hace arte, se asimila la música contemporánea a
una máquina formada por canto de pájaros; en la que las aves de una
misma especie funcionan como personajes
rítmicos, al mismo tiempo que las diversas especies
constituyen paisajes melódicos, estando tales paisajes poblados de
personajes movilizándose en sus territorios y huyendo de ellos.
Deluze y Guattari proponen como ejemplo la composición musical
Cronocromía de Olivier Messiaen, con dieciocho cantos de pájaros,
que forman personajes rítmicos autónomos y, al mismo tiempo,
realizan una conmovedora composición en complejos contrapuntos con
acordes sobreentendidos o inventados.[xiv] Los sonidos
se fugan así de una territorialidad única y fluyen en libertad
plural.
Aunque no es
prudente escaparse absolutamente de los territorios (materiales,
musicales, filosóficos), siempre hay que habitar en uno, pero
tratando de que no sea el mismo. El espacio creativo es tanto más
rico cuanto más cambiante, cuando permite la mutación, la migración
y la reterritorialización. Sin embargo, a veces se exagera operando
con una confusión de conceptos o de sonidos y, en lugar de producir
una máquina cósmica, capaz de un sólido hacer creativo, se construye
un garabato, una interferencia que borra los sonidos o las ideas.
Si se
pretende abrir la música (o la filosofía) a todos los
acontecimientos, a todas y cada una de las irrupciones, lo que
finalmente se logra es una interferencia que impide cualquier
acontecimiento (artístico o conceptual). Se consigue únicamente la
caja de resonancia de un agujero negro. Al apostar a la complejidad
se amplían los horizontes simbólicos de la obra, pero un material
exuberante en exceso está demasiado enraizado en las fuentes del
ruido, ejemplo de ello es el piano preparado de John Cage que, en
lugar de definir un conjunto difuso
por las operaciones de
consolidación que se basan en él, resulta él mismo un producto
difuso.[xv]
No se debería perder de vista que en cualquier abordaje de la
realidad siempre se opera desde una perspectiva. Querer producir
mapas que evoquen las multiplicidades de lo real es auspicioso,
pretender calcos, por el contrario, puede ser desastroso.
Pera lograr
una cartografía musical o filosófica hay que pasar por las horcas
caudinas de un minucioso aprendizaje. Tanto para la producción como
para su disfrute. En palabras de Nietzsche, se tiene que aprender a
amar:
Así nos sucede con la música: primero se tiene que aprender a oír, a
entreoír, a distinguir una figura y un motivo, a aislarla y a
delimitarla como a una vida por sí sola; luego se requiere esfuerzo
y buena voluntad para tolerarla a pesar de su extrañeza, paciencia frente a su mirada y
expresión, practicar la generosidad frente a lo sorprendente que hay
en ella; finalmente llega un instante en que estamos habituados a
ella, en que la esperamos, presentimos que nos haría falta, si
faltase; y luego ejerce más y más su imposición y hechizo y no acaba
hasta que nos hemos convertido en su humilde y arrobado amante, que
no quiere nada mejor del mundo más que a ella y sólo a ella.[xvi]
Y no
únicamente con la música nos sucede esto, es así justamente como
hemos aprendido a amar todo lo que amamos. Cuando lo extraño se
desnuda lentamente ante nosotros, si ponemos buena voluntad,
paciencia, imparcialidad y dulzura para asimilarlo, es probable que
seamos recompensados. Lo desconocido, lo raro, lo extraño, también
lo que creemos cercano puede llegar a mostrarse en su
indescriptible belleza en virtud de la gratitud ante nuestra
paciente entrega. Así ocurre con la música, con las ideas, con las
personas. Incluso por esta vía aprendemos a amarnos a nosotros
mismos, pues el amor es algo que debe ser aprendido.
2. Allant, assez serré dans le tempo
Si bien la
música -por ser uno de los objetos de análisis de la estética- nunca
ha dejado de sobrevolar los discursos filosóficos, recién en la
modernidad tardía adquirió (y sólo en algunos autores)
un estatus protagónico. No tanto por la cantidad de ensayos
contundentes específicamente dedicados a ella (aunque la obra de
Theodor Adorno es insoslayable), sino porque su presencia habita en
ciertas filosofías sin ser casi teorizada en sí misma, y fluye por
sus proposiciones tanto desde su explicitación como
desde los silencios que la evocan. El caso más extremo se da
probablemente en Foucault, de quien sabemos que la música atonal
operó en su teoría, sin que el tema esté objetivado en la obra, a no
ser en reportajes y artículos sueltos (así como en testimonios de
amigos y discípulos).
En Nietzsche,
que no llegó a conocer la música atonal, se advierte también
que el entramado musical de los conceptos está presente con
más fuerza en sus pensamientos sobre otras problemáticas que cuando
se refiere a la música como objeto específico. En
El nacimiento de la tragedia
y en escritos relacionados, entre otros, con Wagner habla de la
música, pero en los lugares en los que no la nombra o apenas la
alude, su discurso parece incorporarla. No porque el sonido de las
palabras de Nietzsche sea cantarino, aunque a veces lo es en un
sentido rotundo, sino por algo mucho más potente. El espíritu de la
música habita su pensamiento. Su aspiración era ser músico más que
filósofo. Pero la música que compuso, al igual que sus
interpretaciones, no alcanzaron la intensidad ni la grandeza que
logró con la fuerza de sus conceptos. Ellos son música.
Una
aspiración similar alentaba el deseo de otro grande de la filosofía,
Ludwig Wittgenstein, cuya inquietud musical vibraba de manera
similar a la de Nietzsche, a quien evoca literalmente o mediante la
reproducción de sus metáforas. No deja de ser significativo que
Wittgenstein no cite a Nietzsche en sus escritos públicos o
académicos, sino en los privados (que actualmente también son
públicos). Otro tanto hace con la música, que solo ocasionalmente
aparece en su producción pensada para ser publicada, pero que
atraviesa sus discursos íntimos, los que escribía sin más
destinatarios que él mismo. En sus diarios y apuntes suele referirse
a la música, dice en uno de ellos:
Pienso a menudo que lo máximo que me gustaría conseguir sería
componer una melodía, y me extraña que a pesar de lo tremendo de ese
anhelo nunca se me haya ocurrido una. Pero después he de confesarme
que es imposible que alguna vez se me ocurra una, porque para ello
me falta algo esencial o lo esencial precisamente. Por eso esta idea
me ronda la cabeza como un ideal tan alto, que casi podría
sintetizar mi vida, por así decirlo; y podría tenerla ahí
cristalizada por más que fuera sólo un pequeño cristal deslucido,
pero siquiera uno.
[xvii]
Contemporáneos de Wittgenstein son Gustav Mahler y Arnold
Schöenberg, y a pesar de que ellos no manifestaron una aspiración
similar pero opuesta a
Mahler compone revisando los alcances y límites del instrumento
expresivo para tensarlo al máximo, pero sin entregarse a excesos
expansivos sino, más bien, intensivos; resistiendo los desbordes. Su
discípulo Schöenberg, en cambio, indaga en los límites del lenguaje
musical para traspasarlos. Atender las fronteras del lenguaje fue
una transversalidad epocal y regional. Se analizaba el lenguaje
desde diferentes disciplinas artísticas e intelectuales. Era una
especie de respuesta a las ficciones creadas por el lenguaje
imperial. Un gesto de arrancar máscaras mientras se buscaba una
comunicación más auténtica. “El tema del lenguaje, y en consecuencia
también el de la identidad y autoconciencia que se construyen sobre
su base, sobresale de modo eminente en la obra de los intelectuales
y artistas de la época. Sin embargo es en la obra de Mahler donde
adquiere una dimensión trágica inédita, porque él expresa de modo
eminente el arte de su tiempo, porque encarna las contradicciones y
paradojas que lo atraviesan y en especial porque logra objetivar en
música la crisis de conciencia y de lenguaje que lo caracteriza”.[xviii]
La
composición de Malher agota la posibilidad de representación al no
subordinar los sonidos a ningún tipo de mensaje. Existe la misma
distancia entre el mundo y la música que entre las palabras y las
cosas. Ni las palabras ni los sonidos musicales representan al
mundo. Valen por sí mismos. No hay que comunicar otra cosa que la
música misma, así como la filosofía sólo comunica sus conceptos. El
lenguaje musical no expresa algo que habría que desocultar, es
música porque sí, sin posibilidad de síntesis entre realidad y
expresión. La música y la filosofía no son del orden del
conocimiento, son construcciones creativas. Mahler asume el desafío
y no por ello el mundo deja de habitar su música. Pero la habita
mediante instrumentos musicales, como música, sin segundas
intenciones. Con ese ímpetu Mahler les exige el máximo a los sonidos
de la escala diatónica.
Schöenberg
por el contrario se corre de esa música y construye una obra de
resistencia a los sonidos, a los valores, a la duplicidad del
lenguaje de su época. Provoca y se provoca. Su música se reafirma en
la negación de la tradición, altera la escala instituyendo una serie
de doce tonos en la que los sonidos son autónomos. Al no haber regla
que prescriba el desarrollo del sistema tonal, se instala la
indeterminación de las series creando una sensación de
incertidumbre. También aquí se juega lo real sin intención de
representarlo. Los sonidos musicales, libres y sin el reposo de la
llegada tónica, se reafirman en su ser. Como si un carpintero,
cansado de hacer muebles u otros artefactos utilitarios, decidiera
que sus obras únicamente mostrarán la exclusividad de la madera en
sí misma.
3. Aussi rapide que possible
Música no
representativa es música no simbolizante en el sentido de que no
intenta expresar ni reflejar nada que no sea ella misma. Es símbolo
en sí misma. En realidad la música no es representativa ni siquiera
cuando pretende serlo, porque aunque se quisiera “representar” el
sonido del rugido de un león, pongamos por caso, se emitiría un
simulacro, algo que el pensamiento juzgaría como semejante. El
sonido de la música proviene de un instrumento cultural, el rugido
es natural. Tampoco se puede representar, en sentido fuerte, otros
sonidos, símbolos, ni
sensaciones. A lo sumo se pueden establecer similitudes
consensuadas, pero se trata de convenciones. La tecnología actual
puede por supuesto imitar con perfección acústica, pero
ontológicamente sigue siendo lo otro respecto de lo que imita.
Si dejamos de
lado que los humanos percibimos algunas cosas como similares, ¿qué
tienen en común sonido de diferentes procedencias? Incluso cuando se
trata de la repetición de una misma nota, cada nota emitida es
singular. Una nota que se repite es diferente en cada repetición
aunque más no sea porque se está produciendo en otro instante.
También son diferentes todas y cada una de las Marilyn de Andy
Warhol, aunque se trate de la misma toma fotográfica replicada. El
simple hecho de que se reitere en diferentes lugares del cuadro está
marcando que cada una es otra, aunque similar a las demás pero,
¿alguna representa realmente al modelo? Sí y no. Sí, en la medida en
que la similitud de la imagen con el aspecto físico del original
produce una evocación de la persona aludida. Y no, porque
nada puede
estar en lugar de lo que representa.
La
imposibilidad de la representación –o su sentido azaroso y
convencional- se manifiesta en las onomatopeyas con que los
diferentes idiomas “representan” sonidos que, se supone, suenan de
la misma forma para todo el mundo. Por ejemplo el canto del gallo se
expresa con distintos fonemas onomatopéyicos en diferentes
idiomas. No obstante, la música tradicionalmente se quiso
representativa. Los griegos antiguos consideraban que el arte es
imitación de la realidad. Ahora bien, ¿qué realidad puede imitar la
música? Se podría decir que el sonido del agua deslizándose entre
piedras, o el del viento agitando las hojas de los árboles. De todos
modos la música no es agua, ni piedra, ni viento, ni hojas. Es ella
misma.
¿Y la pintura? ¿Acaso la pipa
del cuadro de René Magritte
Ceci n’est pas une pipe no reproduce realmente una pipa? Sí,
pero es ahí donde se manifiesta -posiblemente de manera más clara
que en la música- la trampa de la representación, en el sentido de
que siempre es algo que convencionalmente pretender estar en lugar
de otra cosa, pero no es ella misma. El pintor lo expresa así:
“ningún fumador del mundo podría fumar con la pipa dibujada, el
título afirmando que no es una pipa no contradice al dibujo, lo
afirma de otro modo”.[xix]
Sin embargo,
hay algunas músicas, como la romántica, que aspiran a representar,
pongamos por caso, los sentimientos; y hay otras que por el
contrario asumen su singularidad, su protagonismo absoluto, como
esas pinturas contemporáneas que sólo muestran colores desprovistos
de forma. Sólo color. Cambiando lo que hay que cambiar esa es la
tónica de la música atonal (si se me permite el oxímoron). Esta
música, aun en los casos en que utiliza ruidos de la vida cotidiana
como parte de su composición, como el sonido de un martillo
golpeando contra un clavo,
no participa del quehacer del obrero sino del hecho estético
del que forma parte. Quien martilla un clavo con fines prácticos
acciona sobre la cotidianidad, su sentido depende de algo concreto;
quien incluye los ruidos de esa acción en una composición musical
-si lo hace con talento y rigor artístico metodológico- produce un
sentido simbólico que vale por sí mismo.
El simbolismo
cósmico de la música refiere al fundamento dionisiaco de la
existencia. Puede “soportar” la palabra cantada, pero es más
auténticamente música si el canto es voz pura, sin lenguaje
articulado, fugándose de la significación lingüística, como los
gritos de Gato Dumas entre los silencios de su saxo.
La música
puede también ser interpretada por cuerpos danzantes, aunque vibra
con una fuerza especial si esos cuerpos no pretenden contar
historias, si interpretan música exenta de narrativa, como la música
atonal que es capaz de asumir su indeclinable in-significancia, y
estallar en símbolos de fuerzas a-semánticas primigenias como la
filosofía cuando pone a prueba los límites del lenguaje. La música
atonal en “su expresión carente de significado nos enfrenta a la
tarea de la filosofía como apertura hacia el proceso creativo”.
[xx]
Porque también la filosofía es un fin en sí misma,
independientemente de que, al igual que la música, se la pueda
utilizar como medio político, pedagógico, religioso, curativo o de
cualquier otro tipo.
La música que
se asume en su falta de significancia demanda una escucha
excesivamente atenta. Como la filosofía que intenta no ser
representativa. Se requieren escuchas o lecturas desafiantes que
incentiven a captar la diferencia. Por ejemplo, en la música
dodecafónica, la diferencia imposible de determinar desde el sonido
entre un do sostenido y un re bemol; y en la filosofía caótica o
rizomática el deslizamiento de sentido
entre los términos.[xxi] En un
punto, se trata de escuchar o de leer lo imposible. Una
manifestación de lo no pensado. Una filosofía y un arte crudamente
lúdicos, no productivos, no concesivos. Una filosofía y un arte
ineludibles.
Adorno le
otorga al arte justamente el privilegio de ser el lugar de la
negación de la lógica de lo real.[xxii]
La música, al ser la menos representativa de las artes, puede llevar
esa negación hasta sus últimas consecuencias. En cambio en una
disciplina conceptual, como la filosofía, cuya materia prima se
constituye con palabras, no se puede alcanzar un juego de lenguaje
tan desprovisto de significancia. Dejo para una reflexión futura la
pregunta acerca de si una obra como
La extrañeza de una música y
de una filosofía no representativa suena disonante para nuestros
oídos y nuestra intelección racionales y modernos. Sin embargo,
asomarse a ellas es transitar líneas de fuga de la asfixiante
cotidianidad repetitiva en su obviedad. Lo disonante habita el
mundo, ¿por qué entonces debería faltar en las obras creativas? Dice
Schönberg de sus indeterminados acordes: “Son apariciones apátridas,
vagando por los territorios de las diversas tonalidades, de una
ductilidad y adaptabilidad increíbles: espías que acechan los puntos
débiles y se aprovechan para sembrar confusión, desertores cuyo
objeto es renunciar a la propia personalidad; y ante todo, los más
divertidos amigos”.[xxiv]
Como en un juego de espejo, Deleuze y Guattari expresan ideas
semejantes refiriéndose a los devenires rizomáticos que fluyen por
el entramado social deslizándose entre los cuerpos, la naturaleza y
los objetos constituyendo estados de cosas que posibilitan la
eclosión de intensidades deseantes, dándole sentido a los
acontecimientos.[xxv]
En ambas concepciones irrumpe la multiplicidad antes que lo
unitario; la complejidad antes que lo simple; las diferencias antes
que lo mismo y, fundamentalmente, la exaltación de lo intenso
sacrificando la complacencia y lo accesorio. Se impone una
aclaración: múltiple no es sinónimo de confuso, sino de intenso que,
a veces, puede manifestarse con recursos mínimos.
4. Très lent, avec beaucoup de flexibilité – Libre
Cuando Glen
Gould decide no interpretar nunca más frente a público, y hacerlo
únicamente en la seguridad técnica de una sala de grabación, realiza
un gesto en beneficio de la pura escucha, de la gratuidad del arte.
Enriquece la pureza de la música. Le quita al oyente la
“distracción” de la presencia del intérprete e instaura un
silencio rotundo al final de la obra,
liberando a la composición del agregado del aplauso.
Algo similar
al gesto de aquel jardinero que -según una antigua leyenda oriental-
había dedicado su vida a la cosecha de crisantemos de excelencia.
Hasta que finalmente logró uno tan bello que
sobresalía de los demás por la elegancia de sus formas, la
exquisitez de su aroma, la paleta de sus tonos y la tersura de sus
pétalos. La fama de ese crisantemo fue tal que inmediatamente llegó
a oídos del emperador, quien suspendió todas sus actividades para ir
a apreciar el prodigio. Grande fue la sorpresa de los habitantes del
lugar cuando, el mismo día que llegaría el soberano, constataron que
el jardinero había cortado todos los crisantemos menos el
privilegiado. Miles de flores que ayer nomás cubrían sus campos
habían desaparecido del paisaje. Cuando le preguntaron azorados por
qué había sacrificado a los demás crisantemos, el jardinero contestó
que fue para no ofender la sensibilidad imperial. Aquel señor lo
honraba visitando sus tierras y él le ahorraba el vulgar espectáculo
de las flores comunes. Dispuso todo para que nada distrajera al
emperador de la incomparable visión del
crisantemo perfecto.
BIBLIOGRAFÍA
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Barcelona, Orbis, 1983.
-
Araon, J.-P., Les Modernes,
Paris, Gallimard, 1984.
- Cacciari, M., “De Nietzsche a Wittgenstein, el problema del
lenguaje en la filosofía de
la nueva música”, en Cacciari, M.,
Krisis. Ensayo sobre el
pensamiento negativo de Nietzsche a Wittgenstein, México, Siglo
XXI, 1982.
- Deleuze, G., El pliegue,
Leibniz y el barroco,
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Lógica
del sentido, Barcelona, Paidós, 1989.
-
Deleuze, G., y Guattari, F.,
El Antiedipo, Barcelona, Paidós, 1973;
Mil mesetas,
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Barcelona, Anagrama, 1992;
- Foucault, M., Esto no es una
pipa, Barcelona, Anagrama, 1881, pág. 85; y
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- Lucero, G.,
“Música insignificante. Avatares de la insistencia musical en la
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Instantes y Azares. Escrituras
nietzscheanas,
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- Nietzsche, F., La ciencia
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Abraham, T., (comp.),
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- Schönberg,
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-
Wittgenstein, L., Movimientos del pensar, Valencia, Pre-Textos, 2000
[i]
Cfr. Araon, J.-P., Les Modernes, Paris, Gallimard, 1984.
[ii]
Cfr.
Eribon, D., Michel
Foucault, Barcelona, Anagrama, 1992.
[iii]
En
1955 y 1960 respectivamente. [iv] Cfr. Foucault, M., Las palabras y las cosas, México, Siglo XXI, 1975.
[v]
Deleuze se refiere a la primera etapa de su obra como
“monográfica”, queriendo expresar con ello sus trabajos
sobre grandes filósofos (Kant, Spinoza, Hume, Nietzsche,
entre otros) y diferenciándola de la etapa de su pensamiento
“autónomo”, ya sea en obras que firma individualmente o en
coautoría con Feliz Guattari. [vi] A diferencia del clasicismo, el barroco y la música del siglo XX comparten y se acercan en ciertos procedimientos compositivos. [vii] Se trata de dos composiciones de Pierre Boulez: Sur incises (1996/1998) y Messagesquisse (1976/1977), respectivamente. [viii] Características de algunas composiciones de John Cage.
[ix]
Deleuze, G., El
pliegue, Buenos Aires, Paidós, 2005, pág. 159.
[x]
Deleuze, G. Lógica del
sentido, Barcelona, Paidós, 1989. [xi] Deleuze, G., y Guattari, F., El Antiedipo, Barcelona, Paidós, 1973.
[xii]
Deleuze, G., y Guattari, F.,
Mil mesetas,
Valencia, Pre-textos. 1994.
[xiii]
Deleuze, G. y Guattari, F.,
Mille piani, Roma,
Biblioteca Biographica, 1987. “Los principios-gritos”
refieren a las entelequias trasmundanas pretendidamente
universales y verdaderas impuestas por la metafísica, y
“los conceptos-cantos” a las cateogrías filosóficas
que se asumen como creación, sin pretensión de verdad y
sabedoras de su perspectivismo.
[xiv]
Cfr.
Deleuze G., Guattari, F., op.cit. (1994), pág. 326.
[xv]
Ibidem, pág. 347.
[xvi]
Nietzsche, F., La
ciencia jovial. (La gaya ciencia), Caracas, Monte Ávila,
parágrafo 334.
[xvii]
Wittgenstein, L.,
Movimientos del pensar, Valencia, Pre-Textos, 2000, pág.
103.
[xviii]
Rivera, S., “Gustav Mahler- Armol Schöenberg, del lenguaje y
sus fronteras”, en Abraham, T., (comp.),
Tensiones filosóficas,
Buenos Aires, Sudamericana, 2001.
[xix]
Magritte, R., en una carta (dirigida a Foucault) del 23 de
mayo de 1966, en Foucault, M.,
Esto no es una pipa,
Barcelona, Anagrama, 1881, pág. 85.
[xx]
Lucero, G., “Música insignificante. Avatares de la
insistencia musical en la crítica nietzscheana del
lenguaje”, en
Instantes y Azares. Escrituras nietzscheanas,
Buenos Aires, 2007, pág. 68.
[xxi]
En el
caso de la música únicamente la partitura puede indicar esa
diferencia, y en el de las filosofías de Nietzsche o Deleuze
sólo la
reiteración indefinida de las lecturas puede lograr el
alumbramiento de ciertos sentidos deslizantes e inciertos.
[xxii]
Cfr.
Adorno, T., Teoría
estética, Barcelona, Orbis, 1983.
[xxiii]
Theodor Adorno no acordaría con esta aseveración, ya que
considera que no se puede identificar la obra de arte con el
concepto, en la medida en que éste constituye el único
abordaje desde el discurso filosófico. Pero aquí se pone en
juego la posibilidad de abordar lo no pensado tanto desde un
discurso que lo busca de manera no representativa, como el
foucaultiano, como el de un discurso que pretende
conceptualizarlo representativamente, como el hegeliano,
pero que a fuerza de enrularse en los vericuetos de las
complejidades de lo real termina resultando tan
indiscernible como el do sostenido y el re bemol.
[xxiv]
Schönberg, A., Tratado
de armonía, Madrid, Real Música, 1997, pág. 305; citado
por Guadalupe Lucero, o. c., pág. 81.
[xxv]
Los
estado de cosas son empíricos, los acontecimientos son las
valoraciones intelectuales que construimos sobre lo dado. |