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ESTHER DÍAZ |
Doctora en filosofía |
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MOSTRAR LAS HERIDAS
Esther Díaz
Pero no solo a nivel religioso y artístico se valora la exhibición
de los cuerpos lastimados. Los guerreros siempre portaron sus
heridas a modo de trofeo, así como los piratas, los prisioneros y,
dando un salto en el tiempo, los tangueros. “De cada amor que tuve
tengo heridas, heridas que no cierran y duelen todavía”. También el
rock coquetea con la carne horadada, aunque de manera más críptica
como en “Salando las heridas” de los Redondos, o más explícita como
aquellas bandas que se llamaban “El rock de las heridas” y “Las
heridas del rock”.
Formamos parte de una cultura acostumbrada a relacionar amor con
sangre, bravura con cicatrices y exhibición de las heridas con
honestidad. Heather Mills, la ex mujer de Paul McCarney, hace
alardes de su pierna ortopédica frente a cámara. La farándula
muestra sus intimidades y llora en público. Se exhiben incluso
las heridas del alma,
recordemos a Lady Di. También aquí existen casos paradigmáticos.
Mirtha Legrand al enviudar diseccionó su pena desde la pantalla con
rigurosidad de cirujano y llanto de velorio. Años después su nieta
siguió sus enseñanzas y ofrendó su privacidad a los dioses
mediáticos.
Hasta la ciencia se pliega a la disolución de lo privado cuando
transmite en circuito cerrado el festival sangriento de los
quirófanos. Y la población, en general, encuentra natural y
paliativo mostrar en televisión el dolor por el hijo asesinado, los
moretones de la mujer golpeada o la angustia por el familiar
raptado. Los políticos, por su parte, consideran necesario ahondar
en esa tendencia facilitada por la tecnología pero consentida y
buscada por ellos mismos.
Cuando lo privado deviene público se borran las fronteras
entre el adentro y el afuera. En las viviendas medievales no se
delimitaban espacios para la intimidad. Todo, o casi todo, se
producía “a cielo abierto”. A partir de la Revolución Industrial se
comenzaron a estandarizar el dormitorio matrimonial, la separación
entre el hogar y los negocios, entre la cocina y el baño, entre los
señores y los sirvientes. La división entre lo público y lo privado
es un invento de los
burgueses modernos.
Pero el límite se fue
desdibujando. Los secretos de ayer son expuestos sin pudor en el
imaginario de hoy. Los políticos se plegaron al
fotoblog, el Twitter y demás
confesionarios digitales y mediáticos. Pero no debería olvidarse que
la exhibición de lo que antes se ocultaba puede no ser sinónimo de
transparencia. Mostrar heridas y otras
intimidades, además de responder a un imperativo epocal,
puede funcionar como una
cortina que esconde más de lo que muestra. Sin embargo es posible
responder con distancia crítica y no necesariamente destructiva.
Aunque lamentablemente este don no parece accesible para argentinos
ya que solemos juzgar a nuestros políticos de manera maniquea
-buenos o malos- privándonos así del beneficio de las tonalidades. |