Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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ALGUNAS CONSIDERACIONES PARA UNA ÉTICA APLICADA A LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA

Esther Díaz y Silvia Rivera

 

¿No está claro que ciencia y valores están entrelazados de una manera compleja y no siempre transparente?

Paul Feyerabend,
Ambigüedad y armonía

 

 1. UNA NECESIDAD ÉTICA

Una auténtica reflexión ética sobre la ciencia exige una ampliación de la tarea valorativa vigente. La misma suele regirse por la concepción heredada en filosofía de la ciencia y pretende acotar la reflexión ética a los productos científicos, esto es, al ámbito de la tecnología. De este modo, el debate acerca de la ética suele iniciarse recién en las instancias de aplicación científica. Es decir, cuando los productos científicos ya están siendo utilizados (o circulan) en la sociedad. Instalar la discusión ética en el comienzo mismo de la investigación científica implica entre otras cosas desarrollar una capacidad crítica en un ámbito poco explorado hasta el momento: el de los proyectos y diagramas de investigación. Implica así mismo insertar el debate ético en el inicio (o el a priori histórico) de la actividad científica en lugar de en su casi inmodificable final.

En este trabajo se proponen algunas notas tendientes a contribuir al reconocimiento de la dimensión ética de la ciencia. Si entendemos por ciencia una práctica social compleja que se despliega en distintos contextos institucionales es posible identificar en cada una de ellos una clara estructura normativa. La misma ha sido concebida tradicionalmente imbuida sólo de valores cognitivos. No obstante, si se consideran los distintos elementos que interactúan en la actividad científica es posible detectar también una pluralidad de valores éticos. La normatividad científica implica una axiología.

Se intentará por lo tanto enfatizar la necesidad de relevar estos elementos axiológicos que están presentes en todos los momentos del proceso de producción del conocimiento científico,  desde la investigación básica a la aplicación tecnológica.  Como punto de partida se analizan los ámbitos propios en los que se desarrolla la actividad científica  a partir del reconocimiento de cuatro contextos: de educación, de innovación, de evaluación y de aplicación; según la propuesta del filósofo español Javier Echeverría[i]. Propuesta que asumimos con entusiasmo y cautela al mismo tiempo, rescatando la fecundidad analítico-axiológica de su reflexión, pero esbozando asimismo algunos interrogantes críticos respecto de sus supuestos teóricos.

 

2. CRÍTICA A LOS DOS CONTEXTOS TRADICIONALES

La clasificación dualista del conocimiento científico ha sido profusamente trabajada desde principios del siglo XX. Tanto los integrantes del Circulo de Viena como Karl Popper coincidieron en presuponer dos contextos propios de la actividad científica. Pero fue Hans Reichenbach quien  oficializó dichos contextos denominándolos “de descubrimiento” y “de justificación”. Estableció asimismo que el primero no tiene posibilidad de validación racional, pero sí la tiene el segundo, que se presenta como el objeto privilegiado de análisis de la epistemología[ii].

Sin embargo, mucho antes del siglo XX, la idea de los dos contextos (aunque con otros nombres) había cautivado a los teóricos del conocimiento. Ya en el pensamiento griego ilustrado se diferenciaba el saber como simulacro  (doxa, opinión)  del saber verdadero (episteme, ciencia o conocimiento propiamente dicho). Los modernos contextos de descubrimiento y de justificación son herederos de esta tradición. La doxa (contexto de descubrimiento) no puede ser objeto de validación racional, sino que su justificación debe buscarse en el ámbito de la praxis. Se trata de un saber suficiente para el manejo de situaciones propias de la vida cotidiana, sin pretensiones de necesidad y universalidad. Por el contrario, la episteme, (contexto de justificación) puede fundamentarse racionalmente[iii]. Pero es importante tener en cuenta que esta bipartición de los contextos adolece de más de un reduccionismo. Supone, en primer lugar, que la actividad científica es prioritariamente conocimiento científico. En este caso, se trataría de una reducción de la empresa científica a mero saber consolidado. Tal reducción ignora o niega las prácticas económicas, políticas, sociales y  tecnológicas con las que interactúa el conocimiento científico[iv].

En segundo lugar, se supone que ese conocimiento, para su justificación, no recibe interferencias de ningún ámbito que no sea el puramente metodológico formal. Aquí se reduciría la importancia de la ciencia a su validación lógica, omitiendo la pluralidad de intereses que inciden en la aceptación o el rechazo de las teorías [v].

Y por último, desde esa misma posición reduccionista, se supone que el desarrollo del conocimiento científico está guiado por un único interés: la búsqueda de la verdad. Esta simplificación de la complejidad científica  desestima (no inocentemente)  la multiplicidad de  estrategias sociales  o luchas de poder que se juegan en la implementación de las investigaciones científicas y sus respectivos desarrollos tecnológicos. Niegan, por ejemplo, las decisiones políticas y las expectativas económicas que se juegan tanto en la obtención de un simple cargo de asistente de investigación como en los  desarrollos tecnocientíficos de los megapoderosos organismos multinacionales[vi].

Una de las ideas que alentaba a los empiristas lógicos, los racionalistas críticos y otras corrientes neopositivistas de principio del siglo XX era expulsar la filosofía del campo intelectual, reduciéndola a su mínima expresión. Tan mínima que dejaba de ser filosofía o reflexión sobre la realidad para ser una mera asistente de la ciencia. Pues la filosofía, en esa tarea, tendría que prescindir de los procesos científicos reales y dedicarse sólo a la reconstrucción lógica de las teorías científicas. Dicho en otras palabras, sólo debía analizar el contexto de justificación, no el de descubrimiento, el cual a lo sumo podría ser tratado por la psicología o la sociología. Tampoco la aplicación del conocimiento científico podía ser tema de reflexión filosófica, pues como la tecnología no se puede formalizar tampoco puede  validarse lógicamente[vii].

Resulta paradójico que Ludwig Wittgenstein, quien había inspirado (a pesar suyo) ciertas ideales de formalización radical del lenguaje científico, haya sido quien estableció las condiciones de posibilidad teóricas para pensar  la ciencia como actividad y no como mero conocimiento expresado en un lenguaje formalizable. Es decir, aporta importantes instrumentos conceptuales para revisar la idea de dos contextos científicos sin interrelación efectiva entre ellos.

A pesar de que Wittgenstein deploró la interpretación que los positivistas lógicos hacían de su Tractatus Lógico-Philosophicus, este libro representó uno de los bastiones teóricos de las posturas reduccionistas. No obstante, si el Tractatus podía dar lugar a ciertas ilusiones lingüístico-formales de los epistemólogos anglosajones, la publicación de las Investigaciones Filosóficas puso en total evidencia que Wittgenstein no adhería a los sueños reduccionistas de esos epistemólogos. En las Investigaciones Filosóficas, Wittgenstein analiza el lenguaje a partir de sus distintos usos entre los que se encuentra el uso que la ciencia hace del lenguaje. Porque el lenguaje científico es un juego lingüístico y como tal está necesariamente  relacionado con  la forma de vida con la que interactúa, al igual que cualquier otro juego[viii].

Por consiguiente, es a partir de Wittgenstein y su crítica de la concepción semántica del significado y la verdad[ix], de Nietzsche y su crítica a la modernidad, de Kuhn y su crítica de los ahistoricismos epistemológicos, así como de la epistemología francesa y de los hermenéuticos en general, que hoy resulta indefendible la artificiosa separación entre contexto de descubrimiento y contexto de justificación.

Actualmente existen varias propuestas de ampliación de esos contextos. En la presente reflexión se tiende, sin embargo, a pensar más allá de los contextos propuestos por Echeverría. Se trata de iniciar el camino hacia una epistemología ampliada a la reflexión ética y también a la reflexión político-social, en la cual no sólo se considere el proceso racional de invención de teorías y su posible (y discutible) justificación, sino también su carga axiológica que se manifiesta plenamente cuando enfatizamos la dimensión institucional y social de la ciencia considerada como actividad que se desarrolla en múltiples ámbitos o contextos.

 

3. LOS CUATRO CONTEXTOS DE LA ACTIVIDAD CIENTÍFICA

La ampliación de contextos propuesta por Javier Echeverría no describe los juegos de poder específicos de las distintas prácticas sociales (o formas de vida) que interactúan con los diferentes juegos de lenguaje propios de la actividad científico-tecnológica. Pero al considerar a la praxis científica como transformadora del mundo, Echeverría amplía los límites tradicionales de la reflexión epistemológica. No obstante, no pone el acento en las materialidad de las prácticas, pero sí en los valores éticos que rigen los diferentes contextos en los que se desarrolla la actividad tecnocientífica.

 

3.1. Contexto de educación. El proceso científico, según Echeverría, se inicia en el contexto de educación. Esta instancia no se limita a ser una simple transmisión de conocimiento e información. Es una práctica constitutiva de sujetos, pero de sujetos sujetados a una determinada “verdad”  sostenida por estrategias de poder (aunque el autor no lo dice en estos términos). La educación en general y la formación de tecnocientíficos en particular implica personal, instrumentos e instituciones regidos por criterios de excelencia. La educación es siempre una acción “normalizadora” que modela la subjetividad del científico de acuerdo a un patrón establecido. Pero se supone que potencia también la independencia, la comunicabilidad y la crítica. Y esto es así porque en nuestras comunidades esos conceptos se evalúan de manera positiva. Pertenecen a la esfera de la ética porque surgen de la definición de un conjunto de valores rectores y de objetivos a ser alcanzados según aquello  que se considera “mejor”. No existe intelección científica sin aprendizaje previo y  ese aprendizaje responde al imaginario moral vigente en cada sociedad.[x]

 

3.2. Contexto de innovación. El tradicional contexto de descubrimiento  es denominado por Echeverría  de innovación. Pues considera que todo descubrimiento o invento produce una renovación de la realidad. También  este ámbito es rico en valores tales como la coherencia, la consistencia, la validez, la verosimilitud, la fecundidad y la generalidad. Estos valores, lejos de ser meramente cognitivos, forman parte del núcleo axiológico de la ciencia misma. Una hipótesis es verosímil a condición de que se adecue a la base empírica. Los razonamientos deben ser válidos, de los contrario son relegados a la despectiva condición de las falacias. Los teoremas deben ser generalizables, puesto que ya desde Aristóteles se ha estipulado que no existe ciencia de lo particular y las teorías deben ser coherentes y consistentes. Además, las hipótesis deben ser fecundas, en el sentido de que permitan la generación de nuevos hechos y de nuevas elaboraciones teóricas. La conclusión es evidente por sí misma: la actividad científica, que tradicionalmente se había considerado del orden delser”, en realidad está continuamente mediatizada por eldeber ser”.

En el volumen cultural ocupado por el contexto de innovación, Echeverría distingue entre innovaciones que son descubrimientos y otras que son invenciones, incluyendo en éstas últimas las máquinas, los artefactos y los instrumentos. Considera incluso invenciones a las nuevas notaciones matemáticas o formales en general, así como los programas informáticos.  Extiende su reflexión al campo de la aplicación señalando el éxito con que suelen desarrollarse nuevas investigaciones tecnológicas, cuando están relacionadas con sofisticaciones  bélicas, en detrimento de otros tipo de  investigaciones acerca de “hechos naturales”[xi].

Pero, si bien con fines de análisis se puede diferenciar entre descubrimiento e invención, consideramos que en definitiva todo desarrollo científico es una invención en tanto representa una innovación. Porque aun el presunto descubrimiento, cuando no está avalado por la voluntad de verdad de su época y por los intereses que constituyen los dispositivos de poder vigente, no tiene posibilidad de imponerse. Aristarco, en el siglo III a. C. defendía el sistema heliocéntrico. Sin embargo, para su época, sus proposiciones no representaron innovación alguna. Por otra parte y bajo otras condiciones históricas, Freud inventó el inconsciente, se puede incluso discutir si lo descubrió o lo inventó. Pero es indiscutible que como innovación científica lo inventó, instaurando así un punto de inflexión irreversible respecto del desarrollo de las ciencias sociales.

 

3.3. Contexto de evaluación. Echeverría acepta una instancia de justificación científica, pero amplía el contexto de justificación agregándole la noción de evaluación. Pues ciertamente es tan importante valorar el descubrimiento  de un nuevo hecho  como el invento de una nueva simbolización. Y agrega, “en el caso de los ingenieros y de los inventores, sus diseños y sus planos han de ser valorados en función de su viabilidad, de su aplicabilidad, de su competitividad frente a propuestas alternativas, y en general en función de su utilidad. El progreso de la ciencia no sólo está vinculado al avance del conocimiento humano: la mejora de la actividad científica es otra de las componentes fundamentales del progreso de la tecnociencia”[xii]. Como puede constatarse con esta afirmación, a pesar de ampliar las clasificaciones tradicionales de la ciencia, Echeverría cree en el progreso científico. Su postura axiológica le otorga nuevos aires a la epistemología tradicional, pero sigue adhiriendo a ella.

Aunque, paradójicamente, también adhiere al primer Kuhn, aunque en todo momento trata de tomar distancia de un relativismo al que de ningún modo está dispuesto a plegarse. Sin embargo, admite que los valores que determinan el éxito o el fracaso de una teoría no son solamente los tradicionales, tales como la base empírica,  la capacidad predictiva, la formalización, la “elegancia” en la exposición, la potencialidad heurística,  la resolución de problemas y la simplicidad; sino también la eficacia y la rentabilidad de los proyectos. En función de ello, destaca  que la actividad científica está atravesada por sanciones o juicios morales, que van mucho más allá de las  decisiones de la comunidad científica.

 

3.4. Contexto de aplicación. En este caso, Echeverría apela a un espacio tradicionalmente relegado a la reflexión ética, y que parecía “contaminar” la idealizada búsqueda del conocimiento por el conocimiento mismo que se le solía atribuir a la investigación básica. Se trata de la ciencia aplicada, es decir, de la técnica o tecnología. La conversión del conocimiento científico en productos concretos implica, sin lugar a dudas, una transformación del mundo. Pero la epistemología tradicional encontraba este contexto demasiado teñido de decisiones, que iban más allá de lo formal metodológico, como para considéralo seriamente. No obstante, en la actualidad ya no se puede omitir que la tecnología forma parte del proceso tenocientífico mismo; por una parte, porque para la formación de científicos, para la justificación de hipótesis y para la evaluación de las teorías – obviamente – se necesita tecnología. Y, por otra, porque  la  investigación “básica”, en general,  está condicionada a su posible transferencia tecnológica[xiii].

Los valores principales que rigen el contexto de aplicación son del orden de la rentabilidad económica y de la utilidad social, es decir, de la eficacia. No obstante, cada vez más, desde la práctica tecnocientífica se demandan reflexiones éticas para tratar de salvar lo que, en muchos casos, es insalvable: la instrumentación de tecnologías al servicio de prácticas sociales que entran en conflicto con los valores morales tradicionales.

 

3.5. Interrelación entre los cuatro contextos. Aunque Echeverría presenta los cuatro contextos separados con fines analíticos, destaca asimismo la profunda interacción que se realiza entre ellos. No hay educación para la ciencia sin innovaciones, ni innovaciones sin aplicación, ni educación, innovación o aplicación sin valoraciones en todos y cada uno de los contextos. Pero estos contextos, tal como los elabora Echeverría, aun cuando tienen en cuenta elementos que van mucho más allá de la simple validación formal exigida por la epistemología tradicional, siguen perteneciendo - en un sentido amplio - a la historia interna de la ciencia. Una historia interna cargada de axiología, por cierto, pero vista desde una perspectiva que no duda que la ciencia es el modo por excelencia de conocimiento y que, además, cuenta con elementos idóneos para confrontar su validez universal.

 

4. LAS CONDICIONES HISTÓRICO-AXIOLÓGICAS DE LA CIENCIA 

El aporte axiológico-científico de Echeverría invita a seguir pensando. Sobre todo por provenir de un pensador que toma distancia, aunque con respeto y simpatía, de los relativismos en general. A partir de los análisis de Echeverría se develan  aspectos axiológicos de una actividad científica que, durante mucho tiempo, se consideró neutral desde el punto de vista ético. Pero que, cada vez más, se revela preñada de deber ser. Un deber ser cuya acción normalizadora, tradicionalmente, se ha travestido  con los más sofisticados conceptos teóricos, para lucir meramente cognitiva.

Señalar que la normatividad científica está atravesada por lo axiológico marca una fuerte responsabilidad ética, no sólo a la comunidad científica, sino también a la sociedad en general. Pues la lógica del progreso científico-técnico, al imponerse como eficaz por sí misma, ha enarbolado  el indiscutido principio de que avanzar en el conocimiento siempre es mejor que no hacerlo. De manera tal que se ha convertido en legitimadora de decisiones que van mucho más allá del conocimiento por el conocimiento mismo y que no sólo le compete a los expertos. Pues como lo ha destacado Jürgen Habermas, en  la modernidad tardía, la ciencia y la tecnología se han convertido en ideología, imposibilitando así la actividad contradogmática que la había caracterizado en sus comienzos históricos[xiv].

En la década de 1960, Thomas Kuhn produjo, casi a pesar suyo, una ruptura epistemológica respecto de la visión racional-progresista de la ciencia. Afirmó que si bien la ciencia progresa dentro de los parámetros de la “ciencia normal”, no registra un progreso global y universal. Por un lado, porque en realidad no triunfan las teorías que más se acercan a la verdad (como, entre otros, pretendía Popper), sino las que tienen  “más fuerza”. Y, por otro, porque los paradigmas rectores de cada período de ciencia normal son inconmensurables entre sí.

La conmoción teórica producida por la innovadora tesis del libro de Kuhn, hizo que este epistemólogo pasara el resto de su vida tratando de atemperar las afirmaciones fuertes de su texto capital (La estructura de las revoluciones científicas). Kuhn se desdijo un tanto  de la inconmensurabilidad de los diferentes paradigmas, que lo catapultaron a un relativismo vergonzante, y defendió la concepción de intraducibilidad, que tampoco lo puso a salvo del tan temido relativismo. Su corrección afirma que no existe un lenguaje común y neutro al que puedan ser reducidas dos teorías rivales, sin resto o pérdida. Pero aclara que inconmensurabilidad no implica, necesariamente, incomunicabilidad. No obstante, “lenguajes diferentes imponen al mundo estructuras diferentes”[xv].

Para Echeverría, la clave del relativismo kuhniano estaría en la formulación de las leyes científicas. De ellas depende el significado de los términos científicos y la referencia de esos términos se dilucidan con ayuda de las leyes. Por lo tanto, su relativismo sería “nómico”. La preocupación de Echeverría es dejar en claro  que la incomensurabilidad entre distintas teorías implica incompatibilidad entre leyes científicas y no en concepciones culturales diferentes del mundo. Aunque esto no se corresponde con lo expresado por el propio Kuhn, para quien los  discursos predeterminan la realidad [xvi] Se percibe en Echeverría un esfuerzo por relativizar el relativismo (en este caso, el de Kuhn). Y, desde una postura racionalista, tal esfuerzo es totalmente comprensible. Porque si se considera el tema desde los supuestos racionalistas, el relativista comete la falacia que Otto Apel denomina “autocontradicción performativa”.

La propuesta de una epistemología histórica como la que inicia Kuhn se ha vivido como un “ataque a la razón”. El racionalista alega que, en primer término, si no existiera un criterio universal para juzgar con el mismo parámetro cualquier teoría, no existiría la verdad, ya que no habría con qué confrontarla. Y, en segundo término, el racionalista  argumenta que el relativista rechaza lo universal, pero pretende que su criterio  valga universalmente. He ahí la autocontradicción del relativista.  Es necesario reconocer que, desde ese punto de vista, los racionalistas tienen razón. Pero tienen razón porque parten del supuesto de una autopostulada razón universal regida por criterios ahistóricos.

Si embargo, otra racionalidad es posible. Simplemente se trata de pensar desde otro lugar. No irracional, por cierto, sino racional pero histórico, encarnado, constituido desde las prácticas y los discursos, y no desde idealizaciones cuasi platónicas. Se trata así mismo de rescatar el concepto de verdad, pero no de una verdad intemporal sino consensuada según criterios sociales, culturales, epocales y – fundamentalmente - surgida desde los dispositivos de poder, que también son dispositivos de verdad. Hasta la objetividad es posible, pero no es absoluta ni intemporal. Existen criterios surgidos de las distintas formas de vida, que garantizan la validez de los discursos a partir del plexo de sentidos vigentes en cada comunidad histórica.

Desde este marco teórico, reconsideramos la normatividad propia de la actividad científica. Aceptamos que desde cierto punto de vista, posee un carácter meramente técnico o instrumental (a la manera de un imperativo hipotético). Pero que sólo adquieren pleno sentido en función de los objetivos valiosos que los orientan. Y que estos objetivos valiosos no son  meramente epistémicos, sino que pertenecen también al ámbito de la ética Consideramos, además, que estos objetivos  se construyen en el marco de las diferentes comunidades históricas y no únicamente en el de la comunidad científica. Mejor dicho, que la comunidad científica forma parte asimismo de las diferentes comunidades históricas, en las cuales, sin lugar a dudas, se producen estrategias de poder relacionadas con la circulación de los discursos considerados verdaderos, o que producen efectos de verdad.

Por último, no debería perderse de vista que la ciencia se desarrolla más  rápidamente que la política social, lo cual provoca graves desajustes entre la oferta científico-tecnológica y los valores vigentes en el imaginario social, la legislación positiva y las condiciones concretas de vida de las personas. En lugar de pensar que la ciencia está regida por objetivos y finalidades cognitivas incuestionables que hay que tratar de satisfacer (aunque sea de paso y sin llegar nunca a la meta), nosotros afirmamos que los objetivos de la ciencia surgen a partir de valores previos. Y éstos, a su vez, se gestan en las prácticas sociales o formas de vida de las que surgen (o con las que interactúan) los saberes que, como la ciencia, son considerados verdaderos.

De manera tal que la axiología de la ciencia se convierte en la clave para reflexionar sobre los diversos tipos de praxis científica, incluida aquella que busca aumentar el conocimiento y desarrollar las potencialidades materiales y sociales implícitas en el mismo. Pretendemos una epistemología y una metodología no sólo teórica e instrumental, sino también práctica (en sentido kantiano) y social. Entendemos incluso que este tipo de reflexión no debería realizarse exclusivamente entre expertos. Tal vez sea hora de instalar la discusión ética desde el origen mismo de las investigaciones científicas. Hora de discutir entre expertos, posibles usuarios y comunidad en general la pertinencia ética de llevar adelante proyectos que tocan  (en general) puntos inquietantes de nuestro ser, tales como el milagro de la vida, la incertidumbre de la existencia y el misterio de la muerte. Si esto es así, la reflexión ética, entonces, no debería comenzar a posteriori de la investigación científica, sino en su a priori histórico y continuar durante el desarrollo metodológico y su consumación técnica.

Esther Díaz

 

 


 

[i] Dicha propuesta está desarrollada en Echeverría, J., Filosofía de la ciencia, Madrid, Akal, 1995.

[ii] Reichenbach, H., Experience and Prediction, Chicago, Univ. Of ChicagoPress, q938, pp.6-7.

[iii] En esta reflexión no tenemos en cuenta las teorizaciones actuales sobre las lógicas de descubrimiento, porque aunque se ocupan de ese contexto, en un tiempo desprestigiado por los neopositivistas, lo hacen desde supuestos que siguen siendo metodológico-formales y sin incluir análisis sobre los dispositivos históricos que están a la base de cualquier “descubrimiento” científico. En realidad, esas posturas refuerzan al positivismo, llevandolo a regiones hasta hace poco inexploradas por la compulsión lógica. 

[iv] Cfr. Echeverría, o.c., p.52.

[v] Esto ha sido impugnado desde la epistemología misma por  Thomas Kuhn  en La Estructuras de las revoluciones científicas, que se publicó por primera vez en 1962, y por sus múltiples seguidores;.

[vi] Ya en el siglo XIX, Nietzsche analizó las relaciones de poder que se esconden detrás de los conocimiento que, como la ciencia, logran imponerse socialmente. Actualmente  siguen esta línea crítica varios autores provenientes, fundamentalmente, del pensamiento europeo, y que tienen como antecedente crítico las corrientes hermenéuticas, a partir de Max Weber y Whilen Dilthey, por un lado , y de la Escuela de Frankfur, por otro.

[vii] En épocas recientes se comenzaron a desarrollar filosofías de la técnica, también desde ámbitos racionalistas,  empiristas y absolutamente postivistas, como los trabajos de Mario Bunge. No obstante, desde posiciones críticas al neopositivismo, la reflexión sobre estos temas ya existía proveniente, fundamentalmente, de pensadores de Europa central.

[viii] En este sentido, Wittgenstein avanza en el reconocimiento de la estructura normativa que atraviesa la ciencia, destacando su carácter fundante especialmente en el contexto de justificación (de acuerdo a la tradicional definición de Reichenbach). En Observaciones a los fundamentos de la matemática (Madrid, Alianza, 1985) señala la dimensión institucional de los procedimientos de deducción lógica y matemática, a partir de los cuales se estructura la práctica social de la fundamentación racional del conocimiento.

[ix] Como consecuencia de esta crítica, Wittgenstein nos orienta en dirección a la dimensión pragmática del lenguaje presente en su concepto central de juegos de lenguaje, que define como un entramado entre palabra y acción.

[x] El propio Kuhn se ha referido al contexto de pedagogía como diferenciado del de justificación y del de descubrimiento, cfr. Kuhn, T., La tensión esencial, Madrid, FCE, 1983, p. 352 (citado por Echeverría, J., o.c., p.59).

[xi] “Cuando la investigación científica ha estado vinculada a la actividad militar, lo cual ha sucedido con mucha frecuencia a lo largo de la historia, estas innovaciones han solido resultar mucho más determinantes para el progreso tecnocientífico que el descubrimiento de un nuevo hecho natural”, Echeverría, J., o.c., p.62.

[xii] Echeverría, J., o.c., p.63.

[xiii] Sólo el 10% de la investigación básica, a nivel mundial, se produce sin condicionamientos tecnológicos previos, cfr. Richard, S., Filosofía y sociología de la ciencia, México, Siglo XXI, 1983, pp.111-158.

[xiv] Cfr. Habermas, J., Ciencia y técnica como ideología, Madrid, Tecnos, 1984, pp.87-88.

[xv] Kuhn, T., “Comensurabilidad, comparabilidad y comunicabilidad”, en ¿Qué son las revoluciones científicas? Y otros ensayos, Barcelona, Paidos, 1989.

[xvi] O, dicho con palabras de otro pensador tildado de relativista, “el significado fluye desde las teorías hacia las observaciones”, Feyerabend, P., Ambigüedad y armonía, Barcelo, Paidós, 1998, p.147.

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