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EXIGENCIAS EPISTEMOLÓGICAS Y
METODOLÓGICAS PARA UNA DOCENCIA FUTURA
Esther Díaz

La actividad docente en la
era del control
Adquiere la forma de una
serpiente. Se acomoda a las diferentes superficies del
territorio. Acecha a su presa disimulada en un rincón y
posee la ductilidad de la luz. Se trata de la cámara de
seguridad, una de las más recientes innovaciones del
mobiliario urbano. En sus inicios la cámara fotográfica era
fija, había que amoldarse a ella. No hablar, no moverse y
casi ni respirar para que se produjera el milagro de la
reproducción. El fotografiado tenía que avenirse a la
morfología de la cámara. Pero apareció la imagen movimiento
que no exige inmovilidad para el visor ni para los cuerpos
cuyas imágenes registra. La cámara de seguridad se mueve al
ritmo del objeto capturado. La vigilancia a nivel humano
necesitaba normalizaciones acordes a un capitalismo de
producción, en el que la escuela era un
molde al había que
adaptarse. Esa sociedad disciplinaria, basada en la
vigilancia, se regía por los ideales de la Ilustración,
exigía normalizarse.
Por ejemplo, el alumno debía permanecer inmóvil, no podía
deambular por el aula ni ponerse de pie sin permiso. El aula
lo constreñía a estar dentro de un lugar cerrado como el
agujero de un topo. En la sociedad disciplinaria el salón de
clase operaba como un molde, una especie de encierro, en el
que el docente funcionaba como un topo
que “moldeaba” a los
estudiantes a según las dimensiones docentes de su
clase-cueva.
En cambio en las actuales
sociedades de control la docencia se pone en movimiento, es
múltiple y simultánea. Para cada persona el aprendizaje dura
lo que dura su vida Vivimos aprendiendo. En lo social la
enseñanza continúa para siempre, vivimos enseñando. Nunca
terminamos de formarnos. A partir de mediado del siglo XX
se tiende a lo contrario de los moldes educativos.
Ahora la docencia se modula al ritmo de los acontecimientos,
de las necesidades, de las novedades. Se desplaza de manera
ondulatoria. La educación se desarrolla serpenteando sobre
los multifacéticos cambios tecnológicos, sociales,
culturales, históricos. En las sociedades de control se
impone la modulación en lugar del molde. La formación
docente debería sumergirse en las olas de la realidad y
deslizarse por ellas como un delfín. Actualmente debemos
pensar en un docente delfín que sepa modularse, jugar con
los cambios, aceptar el devenir.
Por un lado, hay que
renovar continuamente los contenidos de estudio y, por otro,
se impone una formación docente a tiempo completo. A
diferencia de la vigilancia moderna que se limitaba a
lugares cerrados: escuela, fábrica, taller, cárcel; el
control contemporáneo se ejerce colocando a las personas en
“vidrieras” y detectándolas incluso a cielo abierto: aulas
con paredes transparentes, cámaras de seguridad, radares,
seguimiento satelital y aplicaciones nanotecnológicas que
amenazan con convertirse en el paroxismo del control. Lo
infinitamente pequeño al servicio de las más extensas redes
de control jamás conocidas, las redes informáticas. Baste
como ejemplo el hecho de que en los países centrales se
están construyendo
gigantescos sistemas de seguridad para controlar
incluso a las redes sociales (Facebook, Google, Hi5, You
Tube, Twitter, entre otras).
El control a nivel
tecnológico produce formas adecuadas a un capitalismo
virtual sostenido por burbujas financieras, donde las
cámaras de seguridad se modulan no para perseguir a
especuladores y corruptos, sino para criminalizar a quienes
se cayeron del sistema (pobres, minorías raciales o
sexuales, iletrados, indocumentados). En función de estas
realidades, todos los pronósticos indican que la docencia es
y seguirá siendo, cada vez más, la rectora de la vida.
Una sociedad moduladora,
como la nuestra, necesita docentes cuyos métodos y recursos
se movilicen al ritmo de los constantes cambios
cognoscitivos y tecnológicos que atraviesan todas las
instancias existenciales.
En la presente reflexión
se ofrecen algunas posibilidades metodológicas no
tradicionales, que pueden operar como categorías de análisis
para abordar la compleja trama de relaciones que nos
presenta una docencia futura. Se parte de la idea de que la
formación docente debería funcionar como acompañante de los
problemas a estudiar y no como molde al que los problemas
deberían ajustarse. La docencia debe capacitarse para
inventar nuevos abordajes y no para repetir fórmulas
gastadas, aunque en esta propuesta no se descartan las
metodologías vigentes. Se aspira a una convivencia
teórico-práctica entre herencia e innovación. Considero que
la formación docente debería funcionar como una caja de
herramientas y no como receta universal; pues ya no se trata
de moldear a los alumnos siguiendo normas preestablecidas,
sino de modular las enseñanzas en función de los cambios
tecnológicos, culturales, económicos y sociales.
Formación docente: ¿caja de
herramientas o formulario de recetas?
Los debates sobre
instrumentalización de técnicas y estrategias, es decir de
métodos docentes, no siempre explicitan los supuestos
epistemológicos sobre los que se sustentan. Sin embargo no
existen métodos sin teorías; aunque paradójicamente cuando
no se explicitan los supuestos de los que surgen los métodos
es cuando más fuertemente los sostiene una teoría. Un marco
teórico interiorizado y escatimado termina por imponer
cierta metodología como natural, legítima y única. Se
produce así un pragmatismo metodológico-docente que responde
a un exceso y a una ausencia. Exceso de instrumentalidad y
ausencia de explicitación conceptual. Abuso en la búsqueda
de eficiencia técnica y carencia de explicitaciones
que avalen teórica y éticamente los diagramas de
investigación. Esta carga de positividad suele venir
acompañada de negación de la incidencia de elementos
subjetivos y sociales en el objeto estudiado. Sin embargo no
existe investigación que no esté atravesada por
subjetividades, deseos y poderes; es decir por valores
éticos y estéticos, además de los cognoscitivos.
Considero que una formación docente
responsable debe tener la flexibilidad teórico-metodológica
suficiente como para modularse según las diferentes y
múltiples circunstancias que se producen en la interacción
docente-alumno-institución-comunidad. No se trata de negar
el pasado sino de re-significarlo. No se trata de leer el
porvenir pero sí de producir diagnósticos a futuro, es decir
pronósticos, que operen como guías para
la vida. Un camino posible para lograr ese empeño es
aplicar una sospecha epistemológica. Poner todo en tela de
juicio, preguntarse por la pertinencia de los métodos
heredados y desconfiar de las fórmulas impuestas, Una buena
manera de comenzar a ejecutar esta sospecha es preguntarse
por el propio discurso docente y estar abierto a nuevas
herramientas de análisis.
Discursos y métodos
modulables
La gramática no es inocente. Es por ello que
resulta fértil para la implementación de métodos idóneos
producir una deconstrucción del
lenguaje científico. Se trata de sospechar acerca de
que el lenguaje refleje lo real. ¿De dónde le provendría al
lenguaje la capacidad de aprehender la realidad?, ¿de la
pulsión inconsciente que lo moviliza?, ¿de su condición
simbólica?, ¿de su componente estético?, pues toda palabra,
aun la científica, es una metáfora para referirse a algo que
no es ella. Una palabra es una creación estética que en la
educación y en la ciencia ha devenido conocimiento. El
conocimiento científico es una metáfora de la realidad. El
lenguaje no tiene posibilidad de replicar la realidad,
simplemente la alude a partir de convenciones. Y, como toda
expresión lingüística es susceptible de ser reducida a sus
elementos constitutivos, el educador
puede analizar la
contextura de los discursos docentes.
Tanto los métodos docentes como los
científicos necesitan del lenguaje para configurarse y
desarrollar sus objetivos. Los métodos y sus discursos
tendrían que perseguir las diferentes manifestaciones de lo
estudiado, modularse en función de ellas. Pero el discurso
metodológico –como cualquier discurso- también se construye
con tropos, con metáforas. Esto es, con figuras retóricas
que refieren a objetos y a relaciones. ¿Acaso los signos no
son figuras, es decir tropos, metáforas o representaciones
mentales codificadas?, ¿acaso no hay una figuración mental
(es decir no material) tanto cuando se califica como cuando
se cuantifica? ¿Qué realidad poseen, más allá de los
acuerdos establecidos, los signos: ‘2’, ‘A=A’, ‘x’, o ‘@’?
¿Se ha analizado suficientemente la retórica de los
formalismos? En la génesis del lenguaje operan fuerzas
estratégicas y estéticas. Pero esas fuerzas no son
privativas del lenguaje poético o político sino
transversales a los diferentes regímenes de discursos.
Los tropos o metáforas suelen estudiarse
como “adornos” del lenguaje, pero ¿son decorativos o
constitutivos?, ¿existe lenguaje que no esté formado por
tropos?, ¿hay algún término que no sea metáfora (o
metonimia, o sinécdoque)? Entre
las palabras con sentido, ¿algunas son legítimas y
otras simulacros?, ¿unas se corresponden con la realidad y
otras son ficciones estéticas? Si las palabras realmente
coincidieran con la realidad existiría un solo idioma y una
sola lógica que lo sustente.
Pensemos ahora en un tipo de lógica
particular: la que sostiene el método docente
“cientificista” o positivista. La función de esa lógica
lineal es categorizar, objetivar y generalizar. Pero, ¿cómo
lo logra? Deduciendo de una observación lo que se considera
esencial de las cosas, totalizando desde una parte, tomando
los efectos por las causas, simplificando lo complejo,
abstrayendo lo concreto. El conocimiento se funda en
inversiones sustitutivas. El conocimiento es una síntesis
humana de una realidad que nos supera. No existe un lenguaje
natural, pero ninguno está tan sujeto a convenciones como el
de la ciencia y, por consiguiente, como el de la docencia.
Encontrar grietas en el discurso lleva al
quiebre de la ilusión de un lenguaje único y objetivo. Lo
cual no quiere decir que el mundo no se pueda explicar de un
modo adecuado. Por supuesto que se puede coincidir en la
explicación de la realidad y si esa coincidencia obtiene
consenso social, es decir poder, pasa a formar parte del
saber, esto es, del dominio docente. También se pueden
contrastar las proposiciones con la experiencia y pueden
coincidir, pero no porque concuerden realmente, sino porque
cumplen con las reglas establecidas para que una
contrastación sea considerada exitosa.
El conocimiento obviamente se expresa
mediante el lenguaje. Pero por debajo de la actividad
conscientemente lingüística está la actividad inconsciente
del lenguaje. Demasiado compleja para ser obra de un
individuo, pero demasiado compacta como para ser obra de una
multitud. Ahí el lenguaje muestra su raigambre relacional e
histórica. La deconstrucción de una herramienta
indispensable del docente -el lenguaje- forma parte de una
propedéutica a los métodos de la enseñanza y el aprendizaje.
Deconstruir el lenguaje puede colaborar a la explicitación
de los supuestos que manejamos como base del conocimiento
que transmitimos en las aulas.
El análisis de un microrganismo por ejemplo
no se puede hacer dejando de lado el consenso científico que
lo determinó como entidad factible de ser estudiada. Pero al
mismo tiempo se debe poner entre paréntesis ese consenso
para pensar nuevos procedimientos de acceso a los problemas.
Pues la realidad siempre es un texto con posibilidades de
ser leído. Una bacteria, una sociedad o una catástrofe
cuando son asumidas por la investigación científica y
divulgados por la actividad docente se convierten en textos.
En consecuencia es válido preguntarse cómo se logra una
lectura fecunda de este texto que es la realidad.
Una respuesta posible es pensar que el
docente que desea ser sólido es similar al juez que desea
ser justo. Si un juez desea ser justo no puede contentarse
con aplicar la ley, debe reinventarla, ejercer
jurisprudencia. No utilizará la ley como si se tratara de un
libreto inmodificable. Debe tomar decisiones en cada
oportunidad. Y así como la justicia no puede reducirse a un
cálculo de sanciones, castigos o recompensas, la formación
docente no puede limitarse a calificar, calcular y replicar
formulas establecidas. Eso sería como echar vino nuevo en
odres viejos. Los contenidos docentes, como las leyes, se
construyen y se interpretan al vaivén del saber y del poder.
Y las estrategias de la práctica de la enseñanza, como el
accionar legal, pueden apelar a métodos que
posibiliten ser repensados desmontando los andamiajes
metodológicos, deconstruyendo supuestos, desarrollando
programas regionales y analizando el uso social que se le
dará a los productos de los conocimientos y habilidades
impartidos. Hay que deconstruir las reglas vigentes para
construir nuevos desafíos para una docencia futura.
¿Método único o pluralismo
metodológico?
Una posibilidad para una docencia futura
sería operar con categorías de análisis arqueológicas y
genealógicas. Los procedimientos arqueológicos indagan sobre
las condiciones simbólicas (ideas, conceptos, palabras) que
posibilitaron el objeto que se está estudiando,
construyendo, transmitiendo. Y analizan asimismo las reglas
de formación de los enunciados y sus efectos de verdad. La
arqueología filosófica, en este caso, trata del saber qué
debe manejar el docente y qué debe reconstruir cada vez con
sus alumnos.
Los métodos genealógicos, por su parte,
analizan las relaciones de poder que inciden en las agendas,
en los planes de estudio, en los programas educativos y en
la relación docente-alumno. Se trata del poder que opera en
todo dispositivos social y la formación docente es un
dispositivo social. Sería deseable que ese poder no se torne
coercitivo, porque los estudiantes resisten aquellos
contenidos docentes desactualizados respecto de la época que
nos ha tocado vivir. Además, la resistencia a los contenidos
que violentan la realidad no solo puede provenir de los
humanos, sino también de las fuerzas naturales.
Como mínimo pero revelador ejemplo se puede
aludir a las fuerzas
que las rosas -como especie botánica- le oponen a las
manipulaciones genéticas que pretenden construir rosas de
color azul (uno de los pocos colores que la naturaleza le
negó a esas flores). Hace varios años que algunos genetistas
ejercen violencia sobre diferentes tipos de rosas
tratando de colonizar sus tonos naturales. Llovieron dólares
para regar esas investigaciones, pero la rosa
resistió, no quiso ser de color azul.
La invasión tecnológica logró por fin una flor de
color entre violeta y lila. No obstante, los
tecnocientíficos presentan esa flor genéticamente
modificada, que les quedó de color violeta liláceo, como “la
rosa azul”. Así pues, ya que no lograron doblegar a la flor
convirtiéndola en azul, doblegaron su nombre denominándola
“azul”, a pesar de que es evidente que no es azul.
Ilya Prigogine diría que esos investigadores
“no escucharon a la naturaleza”. Es también Prigogine quien
considera que se pueden esperar nuevos equilibrios
surgidos de situaciones impredecibles.
Llega a esta conclusión a partir de sus estudios
sobre las estructuras disipativas. Se trata de sistemas
altamente inestables en los que la conducta imprevisible de
un elemento del conjunto puede conducir a una
reestructuración armónica, a un nuevo orden. Estos sistemas
de reintegración de fuerzas se producen en áreas estudiadas
por la física, la química, la informática, la biología y las
ciencias sociales, entre otras.
Las estructuras disipativas abren
posibilidades de nuevas lecturas sobre diferentes campos de
la investigación en docencia y pueden operar como categorías
de análisis que se modulan serpenteando entre los meandros
de su objeto de estudio. Pues en cualquier
proceso es factible enfrentar situaciones que
amenazan con ser caóticas. En un mundo convulsionado por los
cambios, también la cuestión docente-metodológica
ha entrado en crisis. Hemos arribado al fin de las
certidumbres. Sabemos que la naturaleza y el ser humano
distan mucho de ser previsibles. Pero ello no impide
construir teorías e instrumentar prácticas para comprender y
construir conocimientos. Estamos en el umbral de un nuevo
capítulo de la historia de la investigación en
el campo docente.
Modulación rizomática
Otra manera de expandir (en lugar de
reducir) de modular (en vez de moldear) desde la formación
docente es considerar el devenir de lo real como un rizoma.
La concepción heredada en filosofía de la
ciencia concibe al objeto de investigación aislado del resto
de la realidad. Y piensa la
realidad mediante la metáfora de un gran árbol
sostenido por una raíz pivotante, por un principio único,
tales como motor inmóvil, sustancia o Dios.
También hay teorías con metáforas de raíces
dicotómicas, son aquellas que atraviesan la historia de
Occidente, alguna de ellas son la realidad platónica
dividida en mundo de las ideas y mundo de las apariencias; o
el hombre judeocristiano como una duplicidad de cuerpo y
alma, o el sujeto del psicoanálisis como una entidad
escindida, como un sujeto barrado. Dice Lacan “Pienso donde
no soy y soy donde no pienso”. En estas concepciones
dualistas la multiplicidad de lo real es reducida y
simplificada. Se trata de una lógica lineal.
El diagrama de
investigación no lineal, en cambio, construye mapas (no
calcos) de los acontecimientos, asume que todo conocimiento
es una interpretación (como el mapa lo es del territorio).
Una interpretación validada socialmente. Al asumir la
investigación no lineal la metáfora de la realidad puede
asemejarse a un rizoma con su devenir caótico y vinculante.
Un rizoma es un tallo subterráneo que se expande sosteniendo
diferentes plantas unidas por el mismo tallo. A un rizoma se
entra por cualquier parte y si sufre una crisis, un corte,
una agresión, no necesariamente se obtiene la muerte de las
plantas, estas se siguen reproduciendo. La caña de azúcar es
rizomática, así como la gramilla y los helechos, en este
caso se trata de rizomas vegetales. Hay rizomas animales,
como el que forman las ratas cuando huyen en tropel: se
chocan, se caen, se vuelven a levantar, avanzan masivamente,
constituyen multiplicidad si perder su cohesión grupal.. Hay
rizomas urbanísticos, como las favelas y ciertas ciudades de
Holanda, atravesadas por ríos y canales. Hay rizomas
minerales y sobre todo hay rizomas mixtos.
Mi propuesta es que en
lugar de pensar la formación docente sostenida por un
principio único (por ejemplo la ciencia) o por un principio
doble (el humano divido en cuerpo y alma), pensar la
realidad como una multiplicidad, que surge de una fuente
nutricia común. Por ejemplo, el rizoma que circula por
profesores, alumnos, institución, trabajo, sociedad,
política. Cualquier punto del rizoma puede ser conectado con
cualquier otro punto. A diferencia del árbol y la raíz que
siempre fijan un orden preestablecido, el rizoma concatena
eslabones biológicos, políticos, económicos, sexuales,
urbanísticos, intelectuales, artísticos, cognoscitivos.
Entre nosotros, atravesando este salón como una máquina
abstracta, está circulando, en estos momentos, algo del
orden del rizoma.
Los significantes
docentes tradicionales intentaban codificar el mundo
mientras el devenir material de ese mundo no se deja
codificar, más bien captura códigos. La orquídea, por
ejemplo, adquiere forma de avispa hembra atrayendo
a la avispa macho que, al posarse en su superficie se
impregna de polen que esparcirá luego en otras orquídeas
fecundándolas. Parecería que la flor imitó a la avispa, pero
en realidad le capturó el código aumentó su valencia:
devino avispa.
Entre el insecto y la planta circulan intensidades. No se
produce imitación ni semejanza, sino surgimiento
de un rizoma a partir de dos series heterogéneas: la
serie de las avispas y la serie de las orquídeas
inesperadamente acopladas. El paradigma de la realidad como
un gran texto que debe ser leído de manera lineal -siguiendo
una cadena de causas y efectos- se ha desvanecido en favor
de la realidad como hipertexto con varias entradas. Desde
esta perspectiva se puede pensar la docencia como rizoma.
La “militancia” del docente
futuro
Las estrategias aquí
propuestas representan un punto de inflexión desde el que se
pueden intentar abordajes docentes que no piensen solamente
en replicar la excelencia técnica de los métodos educativos
sino también en intervenirlos, cuestionarlos y si fuera
necesario, renovarlos.
Si Copérnico y Galileo
no hubieran revisado los principios aristotélicos, no
habría surgido la ciencia moderna; si Einstein no hubiera
sospechado de la física newtoniana, no habría enunciado la
teoría de la relatividad; si Pasteur no hubiera rechazado el
concepto de generación espontanea no habría logrado técnicas
de inmunización. De manera similar –y salvando las obvias
diferencias- los docentes, ¿no podríamos modular los métodos
pedagógicos vigentes como un
intérprete modula la partitura musical?, ¿o ampliar
nuestra mirada desde lo meramente procedimental y extenderla
a la génesis y el destino comunitarios de nuestra actividad
docente?, ¿o plantear que la condición política de los
discursos y de los métodos se encuentra también en el
dispositivo educativo? Porque si afináramos el análisis ¿no
encontraríamos esa condición
política replegada, acurrucada y acallada
en el corazón mismo de la docencia?
Solo conociendo qué
formación docente tenemos podemos decidir qué tipo de
docencia quisiéramos lograr. En el mundo que se avecina todo
indica que la docencia ya no debería mirar al pasado, sino
resignificarlo; no debería tampoco quedarse en el presente,
debería en cambio construir –con un espíritu libre y gozoso
como el aquí propuesto- un acceso hacia la docencia futura.
Más flexible, más maleable, más creativa y, sobre todo, más
abierta al cambio permanente e inmanente. Una formación
docente, que sin lugar a dudas se está convirtiendo en
permanente, en formación ilimitada de por vida y que, en
función de ello, rechaza los moldes y moviliza modulaciones,
acepta el azar, apuesta a la creatividad y rechaza las
recetas. Rechaza las opresiones y apuesta a la libertad.
Imagino al docente futuro
sumergido en las inestables olas de la realidad deslizándose
con la elegancia de un delfín que –por luminoso- pareciera
adquirir tonalidades plateadas.
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