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Es como si el mar hubiera llegado a la conclusión de que no
se lo estaba tomando en serio y la tierra, por su parte,
pensara lo mismo. El planeta se estremeció como si quisiera
salirse de su eje. Se levantó una ola de proporciones
apocalípticas, avanzó sobre una isla y arrasó casas, autos,
trenes, personas. Tan pronto como los primeros
sobrevivientes comenzaron a surgir desde el lodo y las
cenizas se desató otra catástrofe. Las centrales atómicas no
resistieron el embate de las fuerzas naturales y comenzaron
a vomitar radiactividad. Los daños y las muertes son
inconmensurables. Con ese entorno siniestro estoy tratando
de escribir un artículo sobre epistemología y no puedo dejar
de preguntarme si tiene sentido trabajar en algo teórico
mientras -en este mismo momento- una multitud de personas,
si no murieron en la hecatombe, están contaminadas o a punto
de serlo.
Sin embargo sigo escribiendo. Pues considero que lo
ocurrido, mejor dicho lo que continúa ocurriendo en Japón,
no solo debe mover nuestra empatía con las víctimas, sino
también nuestra reflexión sobre la dignidad con la que un
pueblo puede llegar a asumir los desastres, ya sean
naturales como el tsunami y el terremoto ya sean inducidos
por la (i)racionalidad humana como la
catástrofe atómica. Y como esta última proviene de la
ciencia, y la epistemología es pensamiento sobre la ciencia,
entiendo que desde ella hay que asumir el desafío de
elaborar -hoy más que nunca- conceptos sobre la
tecnociencia, sus productos y sus consecuencias
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La epistemología del siglo XX, fundamentalmente en su
versión anglosajona, hunde sus raíces en la tradición
metafísica, aunque la niega y reduce la empresa científica a
sus formulaciones lingüísticas bajo la forma de conceptos,
hipótesis y teorías. El análisis lógico se convierte así en
el eje de la reflexión epistemológica. Pero si pensamos que
el discurso epistemológico se construye en la interacción
con otras prácticas en el marco de un determinado
dispositivo histórico, el juego hegemónico de su saber no es
independiente del juego de las fuerzas sociales de una época
histórica dada.
La tecnocracia hace referencia a esta estructura de poder
que concibe a la sociedad como un conjunto de sistemas
técnicos orientados a través del conocimiento que
proporcionan las diferentes disciplinas científicas. La
responsabilidad en la toma de decisiones recaería entonces
sobre aquellas personas que acreditan competencia en la
identificación de las soluciones óptimas para resolver
conflictos, de un modo eficiente en la práctica y
presuntamente neutral en lo ideológico.
Pero la ciencia no se reduce a un conjunto de proposiciones
verdaderas que se validan de acuerdo a criterios
metodológicos inmutables sino que se desarrolla como una
empresa social con un alto grado de desarrollo
institucional. Así pues al igual que todos los otros ámbitos
de la actividad humana, la tecnociencia resulta atravesada
por valores, intereses y deseos que en modo alguno pueden
ser reducidos a una ascética búsqueda de la verdad. Es por
esto que toda teoría, aún aquellas con un alto grado de
formalización, manifiesta una dimensión práctica
constitutiva. Esto deviene evidente tan pronto como se
descontruye el complejo proceso social de
producción de las teoría, o cuando este proceso
culmina en aplicaciones tecnológica que fabrican centrales
atómicas en un país-isla zamarreado
por terremotos y
tsunamis. Sin considerar, en esta oportunidad, que ese mismo
país ya había sufrido los horrores de Hiroshima, Nagasaki y
los irradiados de Bikini.
La tecnociencia -como toda empresa social- requiere la
formación de un consenso organizado para desplegarse. Surge
entonces la necesidad de avanzar en la comprensión de las
estrategias institucionales que garantizan este consenso.
Estas estrategias se despliegan en un primer momento en el
contexto de educación científico-técnica que, de acuerdo a
pautas más o menos sistemáticas, cumple la función de
transmitir y consolidar los métodos, técnicas y normas que
indican en cada caso cómo se debe practicar la ciencia.
Es necesario recordar que el proceso de reflexión
epistemológica también comienza en el contexto de la
enseñanza. Esto nos enfrenta con una situación paradójica.
Porque por una parte existe una multiplicación de
investigaciones sobre el impacto social negativo de varias
innovaciones tecnológicas, desde las que se evidencian las
limitaciones de la epistemología tradicional por ocuparse
sólo de la historia interna de la ciencia.
Pero, por otra parte,
se advierte que esa posición heredada
que reduce la ciencia
a su historia interna, continúa dominando la organización
curricular vigente y descalifica a quienes abordamos los
estudios sobre la ciencia desde una visión expandida a la
ética y lo político-social.
La constatación de esta paradoja es importante porque pone
de manifiesto el papel reproductor de las instituciones
educativas en relación al modelo todavía dominante en
epistemología. Sin embargo la denuncia de esta función
reproductora del sistema educativo no alcanza para su
superación. Se necesita además el desarrollo de propuestas
alternativas, orientadas hacia la revisión y ampliación de
los proyectos educativos en sus diferentes niveles.
El abordaje teórico de la ciencia debe realizarse desde una
perspectiva interdisciplinaria capaz de aprehender la
compleja y multifacética trama tecnocientífica. La
interacción recíproca que se establece entre discursos y
prácticas en cada dispositivo histórico afirma los efectos
políticos de la ciencia.
Este reconocimiento debe posibilitar la construcción
de un modelo que, aceptando la dimensión política de toda
práctica discursiva, acepte asimismo la tarea de crear un
nuevo marco conceptual para pensar la tecnociencia y
enfrentar sus desafíos. Para ello es preciso tomar distancia
crítica del modelo internalista propio de la concepción
dominante -de herencia anglosajona y patrimonio
reduccionista- y postular estudios epistemológicos que
partan del núcleo duro de la ciencia pero se extiendan a las
relaciones de poder y de deseo en las que se entreteje el
conocimiento científico.
Además, resulta indudable que ya es hora de estimular la
participación comunitaria en aquellas decisiones vinculadas
directamente con los fines de la investigación
tecnocientífica. Y si bien esto amerita un debate no
solamente nacional sino, y fundamentalmente,
internacional, se puede comenzar a imaginar la
consolidación de un modelo integral, pluralista y
multifacético de enseñanza de la epistemología a nivel local
o regional. Esta perspectiva en filosofía de la ciencia
aspira a estudiar la formulación de teorías científicas y
sus validaciones, como lo hace la
epistemología dura, pero en lugar de detenerse ahí aspira a extender
el análisis a las múltiples relaciones de poder de las que
surgen las teorías y sus modos de validación. Este segundo
tipo de elaboración de conceptos responde a una
epistemología ampliada.
El anhelo que subyace en la presente propuesta apunta a
pensar en el muro que intenta separar la ciencia de su
condición social. Pues la misión de la división
purista es ocultar
que la ciencia no sólo es un dispositivo de saber, también
es político. Y así como ciertos grupos iniciáticos de la
antigüedad guardaban sus secretos para aumentar su poder, la
comunidad científica actual procura mantener el suyo
proponiendo el hermetismo disciplinario (a lo Sokal) y
ocultando que los productos de esas teorías se revierten en
las personas, la naturaleza, la sociedad y el medio
ambiente. La actual tragedia de las centrales atómicas
japonesas es dramática prueba de ello.
Ahora bien, cuando se evoca ese obstáculo que procura aislar
a la ciencia de su entorno y se escucha a prestigiosos
científicos y epistemólogos
predicar -incluso desde medios oficiales-
que “la ciencia es inocente y no se la debe
contaminar con sus aplicaciones tecnológicas” parecería que
ninguna reflexión podría superarlo. Sin embargo, aun en
situaciones adversa -o precisamente a causa de ellas-
considero que hay que seguir construyendo una epistemología
militante, porque es justamente desde el pensar que se puede
comenzar a cambiar la
realidad.
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