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GILLES DELEUZE
Y EL ARTE DE LA FUGA
Esther Díaz
Deleuze,
antes de pintar paisajes se dedicó al arte de los retratos.
Así se refiere a sus libros sobre grandes pensadores desde
los que afianzó su pensar para lograr, finalmente “atreverse
al color”. De modo similar Van Gogh, que en sus inicios
dibujó retratos de
monocorde color terroso, antes de pintar paisajes en los que
los colores se atropellan para mostrarse,
Deleuze escribió monografías antes de inventar
conceptos. Ocasionalmente regresó a los retratos y entre
paisajes y retratos se consolidó su pensamiento. A medida
que el color adquiere el dominio del concepto la
representación pierde sus márgenes, se difumina, puede
incluso desaparecer. En ese punto no importan las figuras,
se impone la obscenidad del color.
Luchas de opuestos, línea de fuga, diagrama, errancia
nómada, inmanencia, rizoma, cuerpo sin órganos, devenir
animal, devenir imperceptible. La filosofía de Deleuze se
puede asimilar a la música no tonal coexistiendo con el
espíritu del barroco: repetición serial, alteración de
formas clásicas, complejidad, multiplicidad, forzamiento de
los límites, densidad y fugas.
Incluso en el campo
de la música contemporánea ¿no hay acaso cierto barroquismo
en composiciones para ser interpretadas por tres pianos,
tres arpas y tres instrumentos de percusión, o para un
violoncelo solo y seis violoncelos?,[i]
¿o en la
introducción de ritmos inusitados y
silencios interminables?, ¿o en obras compuestas a partir de
un sistema de veinticinco tonos?[ii]
Son
manifestaciones de un arte que surge raleando y recargando
sus partículas creativas, producido
entre coaliciones y rupturas que se desliza de manera
serial repitiéndose en sus diferencias.
Refiriéndose al barroquismo en el arte, dice Deleuze que se
trata de un arte infinito en el que todas sus piezas son
máquinas plegadas de modos disímiles y más o menos
desarrollados. Los elementos, en el barroco, son potencias
de ensanchamiento y de estiramiento del mundo. Ni siquiera
basta con hablar de una sucesión de límites o de marcos,
pues todo marco señala una dirección
que coexiste con las
otras y cada forma se une a lo ilimitado en todas sus
direcciones simultáneamente.[iii]
Barroco en su sentido originario connota una perla de forma
irregular, una piedra preciosa que huyó de la forma a la que
estaba destinada. Se descontroló fugándose de
su destino esférico.
La fuga como
forma musical alcanzó su máximo esplendor en el
barroco. Es rigurosamente contrapuntística. Es diálogo entre
voces o instrumentos. En una fuga con varias voces cada una
avanza con un tema y, cuando se silencia, otra interpreta el
tema una quinta más alta y en contrapunto con la anterior,
mientras otras voces se alternan entre ellas. Esta forma es
retomada por la música no tonal. Pero en lugar de obedecer
normas preestablecidas para la entrada de cada voz el
diálogo se produce de manera imprevisible.
La textura del
contrapunto puede conformar la totalidad de una obra,
también puede aparecer como fragmentos o incluso como gestos
de fuga en el interior de una composición. Esos gestos en
filosofía connotan la huida de situaciones agobiantes,
coercitivas, abrumadoras. Considero que la presencia del
contrapunto en la obra de Deleuze es barroca por la
serialización que implica y es “no tonal” por el
indeterminismo con el que se piensan los vericuetos del
deseo. Accedemos así a otro nivel de contrapunto. El
barroco, la música no tonal y la filosofía deleuzeana como
una polifonía vertebrada por secciones fugadas.
En
Mil mesetas un
niño camina de noche. Teme. Las tinieblas que lo rodean
configuran el caos. Todos los peligros pueden esconderse
entre las sombras. De pronto su miedo se apacigua. El niño
tararea. Ha encontrado un ritmo, un principio de orden, una
repetición que imprime cierta regularidad tranquilizadora
frente a lo desconocido que lo acecha, entona un ritornelo.
Deleuze aspira a
encontrar ritornelos musicales para su teoría, a
contar con canciones conceptuales que conformen cada plano
de constitución de un texto. Desarrolla
una teoría de la multiplicidad que no presupone unidad
alguna y en la que parece acercarse a la anhelada forma
musical en filosofía. “Porque también la filosofía, de la
tonadilla al más potente de los cantos, no es otra cosa que
una especie de
Sprechgesang cósmico. El ave de Minerva (para hablar de
manera hegeliana) tiene sus gritos y sus cantos: los
principios, en filosofía, son gritos en torno a los cuales
los conceptos componen canto en el auténtico sentido de la
palabra”.[iv]
Hay
aquí una analogía con la música contemporánea asimilada a
una máquina formada por canto de pájaros; en la que aves de
una misma especie funcionan como personajes
rítmicos, al mismo tiempo que las diversas especies
constituyen paisajes melódicos, estando tales paisajes
poblados de personajes movilizándose en sus territorios y
huyendo de ellos. Deleuze y Guattari proponen como ejemplo
la composición musical
Cronocromía de
Olivier Messiaen, con dieciocho cantos de pájaros, que
forman personajes rítmicos autónomos y, al mismo tiempo,
realizan una conmovedora composición en complejos
contrapuntos con acordes variantes.[v]
Los sonidos se fugan de una territorialidad única y fluyen
en libertad
plural. También los conceptos, cuando son canto.
El
espacio creativo es tanto más rico cuanto más cambiante,
cuando permite la mutación, la migración, la fuga de un
territorio y la reinserción en otros, el contrapunto libre.
Sin embargo, a veces
se exagera operando con una confusión de conceptos o de
sonidos y, en lugar de producir una máquina cósmica, capaz
de un sólido hacer creativo, se construye una interferencia
que borra los sonidos o las ideas. Al apostar a la
complejidad se amplían los horizontes simbólicos, pero un
material exuberante en exceso está demasiado enraizado en
las fuentes del ruido. No crea, copia, no inventa, calca
como el piano preparado de John Cage que, en lugar de
definir un conjunto difuso
por las
operaciones de consolidación que se basan en él, resulta él
mismo un producto difuso.[vi]
No
se debería perder de vista además que en cualquier abordaje
de la realidad siempre se opera desde una perspectiva.
Querer producir mapas que evoquen las multiplicidades de lo
real es auspicioso, pretender calcos puede ser desastroso.
En “El rigor de la ciencia” Borges narra el empeño de todos
los habitantes de un reino por construir un mapa perfecto de
su país. La compulsión representativa los llevó a extender
tanto los límites de ese mapa que finalmente alcanzó las
mismas dimensiones que el reino. En ese momento perdió su
condición de mapa, se convirtió en calco y fue abandonado a
las inclemencias del tiempo, por inservible. Cuando una
creación se confunde con lo que pretende aludir, pierde
sentido. Y el sinsentido no se revierte mediante saturación
de códigos sino mediante un simple gesto, el de la fuga.
[i]
Se trata de dos composiciones de Pierre Boulez:
Sur
incises (1996/1998) y
Messagesquisse (1976/1977),
respectivamente.
[ii]
Características de algunas composiciones de John
Cage.
[iii]
Deleuze, G.,
El
pliegue,
Leibniz y el barroco, Buenos Aires,
Paidós, 2005, pág. 159.
[iv]
Deleuze, G. y Guattari, F.,
Mille
piani, Roma, Biblioteca Biographica,
1987.
[v]
Cfr. Deleuze G., Guattari, F.,
Mil
mesetas, Valencia, Pre-Textos,
2004, pág.
326.
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