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ESTHER DÍAZ |
Doctora en filosofía |
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Preparando esa tesis conoció a Martin Heidegger. Ella tenía dieciocho años, él treinta y cinco. Casado, padre de dos niños, estaba terminando el manuscrito de Ser y tiempo, el libro que lo elevaría a la categoría de gran filósofo. Martin y Hannah se enamoraron y sobrellevaron durante cuatro años un amor clandestino. La prestigiosa agudeza del profesor y la inteligente vitalidad de la joven constituyeron la argamasa de ese sentimiento enigmático. Terminó mal, él adhirió al nacionalsocialismo y ella debió exiliarse. El distanciamiento duró veinte años. En 1950 reanudaron la relación y, a pesar de sus discrepancias, continuaron siendo amigos hasta la repentina muerte de Hannah en 1975. Unos meses después murió Heidegger. Él le había dedicado El origen de la obra de arte (1967). Ella inició lo que sería su libro póstumo, La vida del espíritu, con un epígrafe de Heidegger. Arendt fustigó la ideología que él había aceptado, y ella sufrido. Concibió categorías cruciales para la filosofía y para la defensa de los derechos humanos. La vida espiritual y la vida práctica, la intolerancia y el autoritarismo -entre tantos otros temas que abordó con pasión- quedaron historiados y problematizados en sus escritos insoslayables. |