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Esther
Díaz,
Las grietas del control. Vida,
vigilancia y caos,
Buenos Aires, Biblos, 2010. |
Prólogo
En el comienzo fue el control
Hace
un par de años estaba abocada al estudio de los
procedimientos de control en diversos ámbitos de la sociedad
y la cultura. Me interesaba acechar las circunstancias que
posibilitaron el pasaje del dispositivo de vigilancia al de
control. Ambos dispositivos se basan en la supervisión
minuciosa de conductas individuales y grupales y, en
general, se utilizan como sinónimos. Pero como categorías de
análisis se diferencian en que la vigilancia se ejerce en
espacios cerrados limitándose a posibilidades humanas
(observación, escucha, acechanza); mientras el control se
expande a cielo abierto e incorpora tecnologías digitales
(cámaras, chips, radares). El control es la exacerbación de
la vigilancia.
Sobre esa argamasa pensaba sostener mi libro. Pero en 2008,
con el estallido de la burbuja financiera, asistí azorada al
desgarro del poder económico que envolvía el mundo y que, en
poco tiempo, recompensó a los especuladores y permitió el
naufragio de gran parte de la población mundial. Cientos de
miles de millones de dólares para el sistema financiero y
nada para quienes perdieron sus trabajos o sus casas, y sólo
unos pocos miles para preservar la agricultura global.
Aunque no necesariamente para producir alimentos, ya que
buena parte de ese capital se invirtió en transgénicos
generadores de combustibles. Frente a este dislate, todo lo
acontecido se podría reducir a un enunciado: hablemos del
descontrol.
Fue en ese momento cuando di un giro de timón. El derrotero
sigue siendo el mismo. Pero de ahí en más comencé a
deconstruir el control tratando de atisbar sus rajaduras,
sus grietas, sus imprecisos bordes. Encontré fisuras
vergonzantes y otras liberadoras. Descontroles destructivos
y otros creativos.
Así pues, el hilo conductor de este
libro es un péndulo que oscila entre el control y el
descontrol. Al ritmo de ese vaivén paseo por cuatro
territorios diferentes. No se trata de
grandes temas
financieros, geopolíticos, bélicos o ecológicos. Son
fenómenos acotados
a lo ciudadano, la técnica, los placeres y el arte en
relación con el pensamiento. Lo que me apasiona de estas
indagaciones es constatar que los estremecimientos que
movilizan los grandes temas atraviesan también las
singularidades, no porque lo micro refleje lo macro sino
porque ambos son atravesados por las mismas intensidades
epocales.
Comienzo recorriendo countries y villas miserias. Establezco
relaciones entre dos galaxias diferentes que se aúnan en su
condición de gueto. Exclusiones, inseguridades, vandalismo,
privilegios de la abundancia, indefensión de la carencia. Me
subo a un tren suburbano y choco con la discriminación
llevada a extremos alarmantes. Escucho las voces de la
farándula y de algunos políticos sobre la inseguridad y
trato de mostrar la falacia de la tolerancia cero.
En segundo lugar, me enfrento a excelencias técnicas
modernas y posmodernas publicitadas como benefactoras de la
humanidad, pero descubro la parodia de la forma de vida
experimental, el sexismo, la segregación y la manipulación
deshumanizante de la ciencia, los cadáveres que respiran en
las salas de terapia intensiva y los híbridos entre
naturaleza y máquina de la biotecnología. Pareciera que
estamos asistiendo a una vuelta de tuerca de la evolución en
la que los seres humanos devenimos cosa, máquina, texto.
Señales para ser leídas en clave poshumana.
Penetro luego en espacios habitados por el deseo y lacerados
por la enfermedad. Navego por el devenir histórico del sida.
El horror, los antídotos, los cócteles de drogas y la
mutación gótica del flagelo que, a treinta años de su
irrupción, se convierte en canto de sirenas para iniciados.
Me asomo al mundo adolescente y contemplo anorexias,
obesidades, embarazos y borracheras. Observo cómo las leyes
biológicas y jurídicas se tornan imperativos morales y
persigo la difusa línea que separa la prevención de la
domesticación, la libertad del riesgo, la inmunización del
veneno.
Finalmente me solazo con sonidos que supieron esquivar los
códigos heredados de los conservatorios. La música del siglo
XX y su apertura creativa surgió casi en la misma época en
que la filosófica nietzscheana rompía los muros de la
academia y liberaba expresiones que no son dramáticas, ni
dialécticas, ni apolíneas, sino trágicas, tensionales y
dionisíacas. Lenguajes musicales y filosóficos que
atraviesan sus propios límites, huérfanos de sentidos más
allá de ellos mismos. Intérpretes que devienen
imperceptibles, filosofías no edificantes y musicalidades
insignificantes.
Autores, alumnos, colegas y amigos que nutrieron este libro,
reciban mi agradecimiento. En especial Mónica Urrestarazu
por su estímulo, sus sugerencias y el cuidado de mi
escritura y a Mario Margulis por su generosidad intelectual
y el apoyo que me brindó para el primer capítulo.
En el comienzo fue el control, en el trayecto el caos. En el
final, la aspiración de que los ojos que ahora le dan vida a
estas páginas las sigan reinventando.
E.
D.
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