Esther Díaz

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Esther Díaz: filosofar desde el lugar del otro (por Verónica Boix)

Feminismo, política, arte, tecnología entran en el universo de su análisis. También toma el cuerpo real y virtual. 

Esther Díaz: filosofar desde el lugar del otro

Salida. La filosofía es más linda que la vida porque, como el arte, la mediatiza por medio del pensamiento, sostiene Esther Díaz.

Foto: María Eugenia Cerutti

No hay desafío mayor que pensar la realidad en el momento en que ocurre. Esther Diaz, la doctora en Filosofía, lo sabe y, con más de treinta libros publicados, se dedica a destejer el velo de las verdades aparentes del poder. Desde que venció el mandato familiar para que fuera costurera viene desarrollando una mirada crítica frente a las imposiciones culturales, religiosas y políticas en una obra que borra las fronteras entre la experiencia y la reflexión.

Así en su reciente Problemas filosóficos (Biblos), la investigadora y profesora de posgrado de la Universidad de Buenos Aires y de Lanús, trama una historia a partir de imágenes cotidianas en las que explora conceptos filosóficos para pensar la época póstuma, como llama a este tiempo que sigue a la posmodernidad. Dicho más simple, una performance, los boleros, las nuevas tecnologías o un ascensor le permiten, a esta ensayista extraordinaria, desarrollar sus ideas en acción sobre problemáticas de género, la gubernamentalidad, lo sublime en el arte o la posverdad.

-¿Cuál es tu intención al usar elementos cotidianos y anécdotas para desarrollar conceptos filosóficos complejos?

-La filosofía debería ser como la música, no es necesario haberla estudiado sistemáticamente, ni tener un título para disfrutarla. Trato de hacer un lenguaje entendible para que cualquier persona interesada, tenga formación o no, pueda llegar a ella. En cierto sentido es mi búsqueda por las condiciones existenciales en las que comencé a ser profesora universitaria. Cuanto me recibí en el año 73, comenzaron los problemas en Argentina que nos llevaron a la dictadura cívico militar y a la ocupación de las universidades. Me tuve que ir con el título bajo el brazo a vender tiza en los colegios para mantener a mis hijos. Llegó la democracia con Alfonsín y encontré que iba a tener que dar clases en la UBA a una multitud de gente en el aula magna, la más grande que podía tener. Entonces, tuve que hacer el esfuerzo de ponerme en el lugar de ellos. Encontré que estaban achatados por la realidad, nadie preguntaba ni cuestionaba. Me di cuenta de que se necesitaba otro lenguaje: el del rock. Compré la revista “Pelo”, escuché la radio, fui a Londres y me vestí con onda punk. Me veían entrar a los teóricos supernumerarios, con cuatrocientas personas, y se daban cuenta de que yo manejaba sus códigos. Esto no quiere decir que bajaba mi nivel teórico, solo trataba de incluir ejemplos que a ellos los tocaran. Es lo mismo que hago en mis seminarios y en el libro.

-Al parecer, el cuerpo no solo ocupa un lugar central en la experiencia sino también en la filosofía.

-Siempre estoy tratando de reafirmar la vida. El lugar del ser en la totalidad, lo que hay ahora es el cuerpo. La filosofía durante más de dos mil años, hasta que irrumpe Nietzsche, no solo deja el cuerpo de lado, sino que lo desprestigia a partir de Platón. Entonces, intento rescatar el cuerpo; en el camino de los primeros filósofos, los sofistas que tenían un rescate del placer y de lo que tiene que ver con lo que realmente somos, este ser en el mundo corporal. Intento rescatarlo de lo que no sabemos si somos, ese alma que esta en el mundo de las ideas como pretendía Platón. Pero ganaron los que se llamaron a sí mismos filósofos, bueno, siempre la historia la escriben los vencedores. En ese sentido en el siglo XVII, Espinosa, a pesar de que es un filósofo que pasó a la historia como un racionalista, se hace la siguiente pregunta: durante muchísimos siglos se han estudiado las reglas del alma, las características del alma, la composición del alma, ¿Y acaso, alguien sabe lo que puede un cuerpo? No es que la filosofía nunca se ocupara del cuerpo, se ocupó esporádicamente. Después hubo siglos de teoría y de religiones, las sigue habiendo lamentablemente, que denostan el cuerpo. Foucault invierte una frase de Platon, que después los cristianos la hicieron propia, que decía que el cuerpo es la cárcel del alma. Nuestra alma pura, divina, maravillosa está encerrada en esa cosa espantosa que es el cuerpo. Cuando estudia y desarrolla la época de los suplicios en Vigilar y Castigar, concluye que es el cuerpo el que está esclavo o prisionero del alma, no al revés.

-¿Y qué pasa con el cuerpo en esta época con la preeminencia de la imagen virtual?

-Es algo que tenemos que repensar porque ya no estamos en las puertas, sino que estamos dentro de una nueva época histórica donde eso es una realidad. Hoy en día está clarísimo que la imagen es más importante que la experiencia real y concreta con el cuerpo. Ya no es una cuestión de piel, sino una cuestión de imagen. Más aún, si pensamos específicamente en las prácticas de aprendizaje actual. Te cuento una pequeña anécdota, fui al chino de la vuelta de casa y me enternecí porque había una chinita de 6 años junto a una mesita chiquita para que hiciera sus deberes. Ella miraba en el celular y escribía. Pensé que a la edad de ella yo tenía un ábaco y para ella el celular era un aleph como el de Borges. Esa nenita de 6 años tenía en un pequeño adminículo al lado de su cuaderno todo el mundo. Por supuesto, frente a los problemas reales no es posible solucionarlos solo buscando en internet, hay que recurrir a soluciones propias de la vida. Negarse a la tecnología sería negarse a lo nuevo, yo tampoco me quiero perder el tren de la historia. Pero sí, lo que quisiera, es que esta etapa la insertáramos en la realidad concreta, que no es solamente virtual, son trabajos que cierran, manifestaciones por nuestros derechos. Son cosas concretas que ya no se solucionan en ese mundo mágico que está en ese aleph teléfono.

-¿Cómo pensás que podría lograrse?

-Por ejemplo, para escribir el artículo de estética me fui a Nueva York para ver arte contemporáneo. En el Museo de arte americano Whitney, que va cambiando con las modas estéticas, me subí al primer ascensor que estaba abierto y me llamó la atención la lentitud con la que bajaba. Entonces, miré y me di cuenta de que era una obra de arte en sí mismo. Si hubiera andado a la velocidad habitual, ni me hubiera dado cuenta, pero al ser tan lento me detuve a observar. Es decir, descubrir el arte en los lugares menos pensados es una experiencia que tiene que ver con este modo de ser actual, que yo llamo nómade o época póstuma, que implica que todo pase. Esos minutos que tuve en el ascensor representaron una cadena de reflexiones.

-Más allá de esa nueva época afirmás que todas las culturas siguen estructuradas sobre el machismo.

-No me refiero solo a los varones, también las mujeres realizan el machismo. Para hacerlo facilísimo, es el poder al varón, que algunos creerían ingenuamente desplazado al decir que hay hasta presidentas mujeres. Pero no se refiere solamente al gobierno, el poder atraviesa todas las relaciones sociales, pero por excelencia lo tiene el varón. Por eso se ha decidido que las mujeres tenemos el instinto femenino, esa boludez absoluta, si hay mujeres que matan a sus hijos y otras que no quieren tenerlos. A pesar de que ahora, después de los años 60´, podemos entrar a las universidades, manejar, fumar, nunca nos sacamos de encima, ni aún el día de hoy, el ser las responsables de que haya leche en la heladera. El que tiene el poder lo quiere mantener, la lucha va a ser larga y ardua. Creo que la estamos haciendo al desnaturalizar el machismo que tenemos incorporado en el lenguaje. Por ejemplo, en eso de que te digan abuela en lugar de vieja o anciana, hay machismo. Y por inercia los sometidos y las sometidas seguimos repitiendo las palabras del amo. Fijate vos, cómo personas que están en la más extrema pobreza votan a millonarios para que nos gobiernen porque funcionan con el mismo paternalismo que el patrón de estancia. Yo he sido una mujer golpeada y conozco como es el proceso; me muero de vergüenza de decir que seguí conviviendo un año después de que el tipo me dio una paliza y me destrozó la cara. Fui a la comisaría y se burlaron de mí, no me tomaron la denuncia, mi familia me retiró el saludo porque si mi marido me había pegado por algo sería, ¿te das cuenta? A partir de la sumisión en la que nos han puesto, sin darnos cuenta, seguimos alimentándonos con la voz y las palabras del amo. Por eso Foucault habla de micropolítica, de micromilitancia, son tan finos los hilos con los que nos han tejido para tenernos agarrados, como hace la araña cuando tiene una mosca en su tela, que no nos damos cuenta.

-¿De ahí que “cualquier definición del hombre es una violencia que se ejerce sobre lo distinto”?

-La gramática no es inocente, durante muchísimo tiempo, hasta el siglo XIX se creyó que las cosas tenían que ver con las palabras. Ya después de Nietzsche no podemos ser ingenuos. El libro que lo hace famoso a Foucault, Las palabras y las cosas, es una ironía porque las palabras son una convención. Cuando le ponemos un nombre a algo lo estamos violentando porque los seres per se no tenemos nombre. En última instancia, son solamente palabras y si están sostenidas por el poder del imaginario social o simplemente el poder simbólico entonces se instituyen como verdades. Pero si no existieran palabras, no existirían verdades porque la verdad es del orden de la palabra. Entonces, mi tarea sirve para desnaturalizar esas cosas que no son naturalmente así.

-¿En qué medida pensás que la función de la filosofía es destejer los juegos de poder?

-A esta altura del partido te digo exactamente lo mismo que Foucault, que la filosofía de academia, la que solamente repite a los filósofos sin una postura crítica y sin darse cuenta de la cantidad de imperialismo que hay en mucho de los filósofos como Hegel, al cual respeto como pensador, de alguna manera convalida a quién tiene el poder. Eso es lo que tenemos que destejer. Para hacerlo hay que conocer muy bien, no se puede criticar lo que no se conoce. Los críticos tenemos la obligación de estudiar mucho más que los ortodoxos. En filosofía han sido muy pocos los pensadores que pudieron asumir que soy un yo que está pensando y se está equivocando y que puede volver sobre sus palabras. Puedo rehacerlas y puedo criticarme como puedo criticar a otros. No quiero decir dialéctica, porque la dialéctica cierra todo, en realidad pienso que todo es tensión que no cierra. Todo es del orden de lo trágico no de lo dramático.

-¿Cómo explicarías esa diferencia?

-En la tragedia griega, como modelo, nunca se soluciona nada, o sea, termina todo en tensión, en cambio en el drama, que es un invento moderno, siempre hay una resolución. El paradigma del drama por excelencia son los finales de Hollywood, sobre todo de mitad del siglo pasado, donde el final es una pareja besándose. Ese beso va a durar una eternidad, no se muestra lo que pasa después. En la vida real lo que tenemos son tensiones, no superaciones como decía Hegel y como pensó Marx. Por ejemplo, en la Argentina, eso de salvar la grieta, bueno, es una utopía imposible, si empezamos siendo indios y españoles, después seguimos siendo unitarios o federales, más tarde peronistas o radicales. Y si mirás, en Estados Unidos o el resto del mundo es exactamente igual. La condición humana es la tensión, no la superación.

-¿De qué manera abordás el dolor de esa tensión?

-La vida se me hace soportable, como a un artista en el momento que está haciendo obra, cuando hago filosofía, es un momento de eternidad. Ese es mi modo de mirar la vida y por eso elegí esta profesión. En este momento tengo 78 años y, desde que me levanté, estoy pegada a la computadora. En los últimos dos años, se murieron mis dos hijos pero puedo asegurar que cuando me meto realmente en lo que estoy estudiando o escribiendo de filosofía es como un orgasmo. Es mi forma de vida, todo lo filtro por el concepto. Es lo que me salvó la vida y me la sigue salvando. La filosofía es más linda que la vida porque la filosofía, como el arte en general, mediatiza la vida, por medio del pensamiento ¿Por qué Proust llama al último tomo de su obra El tiempo recuperado? Porque lo recuperó gracias al arte. Bueno, yo recuperó el tiempo gracias a la filosofía.

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